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Los comprobantes estéticos de la entrada en lo big easy son abundantes, fal ta una teoría auténtica de la distensión y desempobrecimiento.
Los comprobantes estéticos de la entrada en lo big easy son abundantes, fal ta una teoría auténtica de la distensión y desempobrecimiento.
Sloterdijk - Esferas - v3
En los innumerables dibujos, planos y maquetas de Constant (civil mente: Constant Antón Nieuwenhuys, nacido en 1920) -a quien destaca mos como el analítico y visionario más importante de la segunda cultura ciudadana- para su gran proyecto, obsesivamente seguido, New Babylon
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Constant, New Babylon, laberinto de escaleras.
(196(M97Ó), a los soportes les corresponde un significado francamente histórico-nlosófico: ellos han de acentuar explícita-espacialmente el estra to secundario de la existencia, la vida de deseos creativo-radical, liberada |x>sthistói i( amente, sobre la base totalmente automatizada de los antiguos factores tierra, trabajo, metabolismo. En el nuevo mundo de arriba de la segunda Babilonia -en el nombre1se nota la positivación típicamente pos moderna de la complejidad y de su consecuencia política: ingobemabili- dad- la era del materialismo queda cerrada: los neobabilonios son exis- tencialist kb-fluxus, que viven en un mundo tras el trabajo alienado. Su contacto con la realidad se produce exclusivamente sobre la construcción de entorn >s, atmósferas y espacios móviles. Merodean por losjardines col gantes dr la locura: combatientes, congeniales, codelirantes. Por eso los antiguos catastntienen que ceder ante una nueva descripción «psicogeo- gráfica» del espacio, ante una descripción que ya no se orienta a superfi cies terrestres, solares, fronteras nacionales, sino sólo a las acciones expre sivas de lof habitantes, a sus estados de ánimo, sus obras, sus instalaciones.
A pesar de todas sus concesiones al utopismo, Constant es en primer término un analítico de la «sociedad» poliatmosférica. Su punto de parti da es la irreprimible cualidad generadora de atmósferas de las prácticas
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Vivienda para mujeres no-sedentarias en Tokio, 1989.
humanas de morada. Dado que su utopía, siguiendo las fantasías sociales de la Internacional Situacionista, concibe la nueva «sociedad» como forma de coexistencia de parados felices, en su ciudad el milieu atmosférico de la convivencia, que en todas partes, por lo demás, sólo se considera como subproducto, aparece por primera vez como producto principal. (Guy De- bord, con quien Constant cooperó desde finales de los años cincuenta, había hablado en 1957 de «barrios de estado de ánimo» y «realidades de sentimiento» urbanas53. ) Los neobabilonios son los primeros habitantes de una estructura aphropolítica explícita: creadores de una ciudad que se despliega sobre la tierra como exuberante colonia nómada de artistas so bre zancos y que consiste exclusivamente en receptáculos de atmósferas y entornos individuados reversibles. El contenido de esa ciudad es la histo ria del arte de sus ciudadanos. Por lo que respecta a sus formas de apa riencia, se impone la idea de que Constant previo la estética chatarrera posthistórica de Mad Max.
La aphrópolis neobabilónica -mostrada integralmente en 1974 en el Gemeentemuseum de La Haya- visualiza con el gesto de exponer mode los no-autoritarios (es decir, no pensados para realizarse) una posible for ma urbanística de aquella «plástica social» que Beuys había postulado en
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sus discursos metapolíticos. Mark Wigley constata, a la vista de la intromi sión polémica de los situacionistas en los acontecimientos de mayo de 1968:
La atmósfera se convierte en la base de la actuación política. Lo accesorio, apa rentemente efímero, se moviliza como centinela activo en la lucha concreta. Como punto final fantasmático de tales luchas, New Babylon es una gigantesca jukebox de atmósferas, de la que sólo sabe hacer uso una sociedad completamente revolucio nada54.
El experimento conceptual de Constant sobre la coexistencia de para dos creativos en el espacio de flujo colectivo lleva al resultado de que todo ser humano no sólo es artista, sino, con mayor precisión: artista de insta laciones; y ello debido al hecho de que la emanación espontánea de am- biances o entornos cargados de significado se identifica con la consuma ción de la vida. La irrupción aphropolítica produce el efecto de que los neobabilonios ya no han de permanecer más tiempo b¿yo la coacción de la antigua construcción y antigua atmósfera (un hecho que se discutió en teorías anteriores bajo conceptos como enajenación e independización de objetivaciones del espíritu, entre otros por Georg Simmel, que había ca racterizado el carácter coactivo del hecho de nacer del ser humano dentro de un receptáculo simbólico compacto como «tragedia de la cultura»5"’)» si no que serían libres de comenzar siempre de nuevo con la construcción de su ambiente, sin estar sujetos a sedimentos anteriores. La premisa para ello es la derogación del principio clásico de realidad junto con sus agre gados ontológicos: el primado del pasado y la dictadura de la escasez. Pa ra poder pensar tales cosas Constant hubo de dar crédito abundante al motivo fantástico marxista de la liberación de sus cadenas de las fuerzas productivas, que conduce hasta la supresión de cualquier trabajo enajena do. New Babylon quiere crear un paraíso artificial en forma de unjardín tre pador planetario para mutantes constantemente creativos, que deparen un nuevo significado a la expresión espacio de mundo interior. Un paraí so o un jardín así no sólo ofrece un interior total, en el que todos los es pacios están climatizados, atmosferizados e iluminados artificialmente; la estancia en él significaría lo mismo que el ser-ahí dentro de un rizoma ar quitectónico, que deriva constantemente en forma de meandro e impre visible. Naturalmente, en él tampoco existen ya problemas de energía y
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medio ambiente, dado que se presupone su externalización: un resto ma sivo del pensamiento pre-ecológico, de explotación de la naturaleza, teñi do de humanismo marxista. Existencia tiene aquí el sentido de ser-en-la- instalación, sin sala fija y sin necesidad de patria, en constante movimiento no planeado, generado por el azar.
Este comportamiento a la deriva (derive), que, junto con la confianza en el próximo paso, surge del menosprecio por los grandes planes -el anta gonismo de los situacionistas con el cartesiano Le Corbusier es obligado-, anticipa elementos de la teoría del caos. Pero si el principio del creci miento de esa hiperciudad es la formación rizomática de cadenas, su co nexión con la construcción en serie, con la utilización de módulos y con la estandarización permanece oscura: igual que se desvanece, en general, su relación con la repetición, mimesis e innovación en lo indeterminado; aquí sigue actuando, inhibitorio, el mito de la creatividad permanente. Tanto más claramente se pone de relieve que la unidad de base de la gran forma urbana no ha de ser la habitación o el apartamento, sino una uni dad cuasi-macromolecular, que Constant llama sector.
Hay que reconocer en los modelos monomaníaco-constructivistas de Constant amplias cualidades analíticas, porque, a pesar de sujerga futu rista, han de interpretarse más bien como descripción del statu quo que como proyecto de futuro. Su fuerza consiste en que describen completa mente el modo de ser de la sociedad urbanizada desde su acefalismo, asi- noidía y movilidad. Por eso pueden hacer justicia a la constitución multi- focal y al temple poliatmosférico de la ciudad moderna mejor que cualquier teoría habida hasta ahora. Los comentarios de Constant ponen de relieve el carácter evolutivo y fluyente de la hiperciudad, a cuyo lado se hacen re conocibles las ciudades reales como gigantescas instalaciones inhibitorias, a cuyos componentes se les denomina, con razón, inmuebles. La debilidad del proyecto estriba en que, a pesar de su acentuación de las multiplicida des, no dispone de ningún concepto válido de la ciudad como meta-co lector; por lo que se le escapa el potencial de recogida del espacio urbano, la conexión de lugares de reunión y cooperación con lugares de separa ción e inmunización (literalmente: de la no-participación en las muñera o tareas del colectivo). A nuestro entender, en New Babylon no se encuentra alusión alguna ni a los colectores de la cultura de masas, ni al mundo ha bitual del trabajo; tanto más claramente llama la atención la expansión unilateral de un tipo de espacio que hasta ahora sólo se conocía por los
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Gerald Zugmann, ZAK - Academia del futuro Coop Himmelb(l)au, C-Print.
museos <>entornos artísticos. Una documenta planetaria, movilizada y em plazada a largo tiempo.
A pesar de todas estas debilidades, Snv Babylon posee fuerza descripti va con respecto a las condiciones-/¿/^-5íyfeque desde los años setenta fueron domina] fies en las regiones de bienestar de la Tierra: anticipa un mundo sin vínculos duraderos y puebla sus espacios interiores con seres humanos, para quienes el relajamiento progresivo de los liens sociaux y el cambio del estándar existencial de la economía de la escasez a experimentos con abundantes recursos fueran hechos dados. Lo que en los años cincuenta y
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Pabellón de Holanda en la Expo de Hannover, 2000.
sesenta del siglo XX fue un romanticismo radical de izquierdas de la «vida intensa»56, con el establecimiento de la civilización-life-style se ha converti do en normal para innumerables ciudadanos del Primer Mundo. En tan to New Babylon intentó pensar hasta el final la equiparación entre ciudad y mundo, con ello se consiguió la aproximación mayor alcanzada hasta aho ra entre los tres tipos de realidad insular de la estación espacial, el inver nadero y la esfera humana57; uno se convence de ello en cuanto compara el carácter individualista avanzado de la población neobabilónica, bohe mio-burguesa de artistas, con los programas casi tribales de los primeros equipos-itaw/era 2. En el proyecto de Constant no se ve en la Tierra más que una base del viejo mundo para una estación espacial multicultural (fundada monocivilizatodamente, es verdad, en el lujo expresivo occiden tal). De la vieja naturaleza sólo se mantiene en él tanto cuanto se pueda in corporar a un amplio invernadero. Naturalmente, en una New Babylon rea-
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Blur Building, Elisabetli Diller + Ricardo Scofidio, 2002.
lizada también habría animales y plantas; pero sólo como co-habitantes del interior integral, no como biosfera autónoma o mundo verde externo.
En la contribución holandesa a la Exp^2000 de Hannover pueden re conocerse vestigios del impulso de ConstaiBkm un edificio de varios pisos transparente, más aún, sin fachada, se alojagcomo si se tratara de inquili nos en sus apartamentos, en seis niveles cí^mil metros cuadrados cada uno, una secuencia de biotopos superpuesdl^ia plasmación efectiva del
motto holandés de la Exposición Universal: «Holanda crea espacio». Como forma híbrida entre jardín botánico y gran vivienda, este edificio ingenio samente extravagante, una especie de casa elevada vegetal, ofrece un co mentario acorde con los tiempos a un concepto ampliado del habitar como acomodo de una multiplicidad biotópica en condiciones de alta concentración urbana. Quizá pueda deducirse de esta instalación la tesis de que los discursos sobre la «sociedad multicultural» se mantendrán sin objeto mientras no suija la conciencia de que la auténtica matriz de la mul tiplicidad hay que buscarla en la diversidad de los biotopos. La polibiotó- pica consigue sus materializaciones en la arquitectura avanzada. De ellas puede deducirse que, en el futuro, las «naturalezas» o biomas se encon trarán menos «fuera» que en los grandes invernaderos de una civilización, devenida consciente de sus tareas como anfitriona de complejos biotópicos.
En el siglo XX, la tendencia al alojamiento de naturalezas o biotopos en <onsirut iones urbanas va más allá, en muchas partes, de las formas tradi cionales del «parque ciudadano» o del invernadero. El tema del encapsu-
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Max Peintner, La fuerza de atracción inquebrantable de la naturaleza, 1970-1971, lápiz.
lamiento gana en amplitud hasta tal punto que se aventura a la integral ión de complejos cada vez más grandes, antes paisajísticos o ciudadanos ex ternosTM. La ciudad (y paisaje ciudadano) moderna se convierte cada vez más en una unidad operativa de la tríada, que hemos expuesto antes, de estación espacial, invernadero e isla humana. En el polo urbano de la ten dencia se muestran interiores ampliados como el Ceiling Show de Jon Jer- de, instalado en los años noventa en la Freemont Street de Las Vegas, me diante el que toda una arteria ciudadana se transforma en un nocturno mundo de vivencias de luz y sonido para un público-uwu/ transeúnte; en el polo opuesto hay que enfrentarse con paisajes híbridos a cubierto como los que, en Japón y otras partes, encarnan algunas pistas de esquí indoors y campos de golf bajo techo. Hay que precaverse de considerar tales ejem plos sólo como curiosidades. En ambos casos, la arquitectura contempo ránea ha ido más allá tanto de la idea de la vieja Europa del pabellón con- gregador de seres humanos como de la utopía del gran interior (del tipo del pasaje de Benjamin) y de las formas clásicas de colector. Los nuevos en tornos-vivencia no sólo parodian las viejas concepciones de ciudad y cam po, parecen burlarse también de conceptos modernos como «mundo de
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la vida» y «protección de la naturaleza», cuya ceguera espacial se percibe ahora inmediatamente.
A estos macro-interiores les es inherente por ahora un cierto rasgo frí volo que apenas deja entrever que tales constructos podían significar ejer cicios preliminares para el caso crítico climático. ¿Podría valer también pa ra Europa, en un tiempo no lejano, lo que un comentador frívolo ya afirmó a finales de los años noventa del siglo XX: que el respirar es dema siado importante como para seguir haciéndolo al aire libre? ¿Tienen que prepararse realmente los ciudadanos de siglos venideros, en las naciones ricas, a una despedida de la dula atmosférica? Hoy gustaría escuchar el co mentario, del año 2102, de un colaborador del Ministerio Europeo de la Atmósfera Aérea y Espacial sobre un trabajo, que entonces ya haría mucho tiempo que se habría convertido en mítico, de los arquitectos neoyorqui nos Liz Diller y Ricardo Scofidio: una atmo-arquitectura en Yverdon-les- Bains, a orillas del lago de Ginebra, titulada Blur Building, que se convirtió en el signo distintivo de la Expo 2002 de Suiza, y que la voz del pueblo denominó, sin más, «la nube»TM, dado que -con gran despliegue técnico- invitaba al visitante a un paseo sobre una larga pasarela a través de una es tructura espacial plástica artificial, constituida por agua del lago pulveriza da. A pesar de haber sido tachado por algunos críticos de frívolo y censu rado como derroche, el edificio nebuloso, hecho de polvo de agua, que con el cambio del tiempo se mostraba en los estados de ánimo y colores más diversos, fue saludado por la mayoría de los visitantes de Yverdon co mo una introducción muy ingeniosa en el arte de andar por las nubes (con impermeable, por supuesto). Ciertos visitantes concretos puede que en tendieran, incluso, que allí, bajo aquella forma frágil, se encontraban ante un intento técnicamente ponderado de instalación macroatmosférica; o mejor, dado que nubes transitables, como instalaciones en general, no son experimentables a la manera de un encuentro, que se les invitaba a una in mersión en una escultura climática.
Puede deducirse de la popularidad del objeto que abrió a sus visitantes a una intuición de cuestiones venideras del air desiga y de la técnica climá tica. Estaría bien que el colaborador del Ministerio citado informara sobre cuál es la historia espacial y climática para la que sentó un precedente el experimento de Yverdon cien años antes.
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Capítulo 3
Impulso hacia arriba y mimo* Para una crítica del humor *puro
Tuve suerte: durante mi vida he visto cambiar la conditio humana.
Michel Serres, Hominiscencia
Hubo un tiempo en el que la pobreza fue el [. . . ] factor determinante de todo, evidente mente hoy ya no lo es [. . . ]. Puede que sean serios los problemas de una sociedad que vive en la superabundancia, que no se comprende a sí misma; puede que incluso pongan en peligro su riqueza» Pero seguramente no son tan serios como los de un mundo pobre, en el que los sim ples mandamientos de la necesidad excluyen, efectivamente, el lujo de malas interpretaciones, pero en el qu£ lamentablemente tampoco puede encontrarse solución alguna.
John Kenneth Galbraith, La sociedad opulentaTM'
1 Más allá de la penuria
Puede definirse el conservadurismo como la forma política de la me lancolía. Para el síndrome conservador, que tomó forma en Europa des pués de 1789, quedó como determinante el hecho de que había surgido de la mirada retrospectiva a los bienes, formas de vida y artes irrecuperables de los tiempos preburgueses. Entre sus presupuestos contaba la seguridad de no poder convertirse jamás en la opinión dominante. Adquirió sus to nos elegiacos por la puesta de relieve de la costumbre de contar en la na turaleza humana con las constantes más oscuras. Es conservador quien se niega a dejar de creer que lo bueno y lo noble estén ligados al lugar y a la irrepetibilidad; para lo vulgar bastan, por el contrario, el principio de la mayoría y la repetición mecánica. Una reserva así obliga a quienes no tie
* Verwóhnung. mimo, atención, cuidado, dedicación, regalo, halago, obsequiosidad, confort, bienestar, comodidad. . . En todas estas acepciones aparece esta palabra en este libro, pero siem pre con el referente semántico último del mimo, en general, de la madre al hijo. (N. del T. )
*’ Laune. humor, estado de ánimo, incluso veleidad, antojo, capricho. (N. del T. )
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nen nada que ganar en la historia maníaca de lo nuevo. Este modo de sen tir lo cultivará quien no quiere ser confundido en modo alguno con los usufructuarios de circunstancias venideras. Si en el main-stream optimista se habla de mejora constante de las condiciones de vida, el conservador se pone a cubierto. Suponer lo mejor en el futuro: ¿eso no significa ya buscar en la dirección equivocada? Fluctuando entre resignación y aborreci miento, el conservador contempla al de ánimo progresista en medio de su trajín y espera que actúe la entropía. Según su convicción, el progreso nunca es más que la aceleración de la huida ante lo bueno, que, inalcan zable, queda tras nosotros. Ya Tocqueville describió el tipo del biempen- sado detractor del propio tiempo, preocupado por él, para el que lo malo era inseparable de los éxitos de lo nuevo561.
Quien, como conservador, pretende elevarse al nivel de lo fundamen tal, tendría que continuar desde aquí hasta llegar a generalizaciones an tropológicas; tendría que aprender a asociar la idea de «humanidad» con el adjetivo «incorregible». Si uno se hubiera sometido a ese ejercicio vería pasar por el escenario terreno a los seres humanos de todas las épocas con una escolta, siempre igual de larga, de defectos, necesidades, cargas. En tonces ni siquiera se podría hablar ya de «retorno de lo trágico»: estamos inevitablemente incrustados en ello como en un tejido de primera y se gunda naturaleza. Si los modernos expresan su convicción de que están en camino de optimar su estatus de inmunidad y sus artes de vida, el conser vador adiestrado levanta sus cejas. Nada impresionado por la autopublici- dad de los nuevos tiempos, no está dispuesto a hacer concesión alguna al optimismo. Puede que la historia que está sucediendo signifique un paso adelante, pero nunca un progreso. El gran teatro del mundo es la fiesta eterna de la muerte por la falta de diferencias de calor; quien aplaza ésta aparece como el verdadero retardador.
No es extraño que el sentimiento auténticamente conservador gozara de sus mejores días durante la primera mitad del siglo XIX, en aquella «compleja época de mantenimiento»562, a la que los historiadores han ads crito, con motivo, el título de Era de la Restauración. Eran los decenios, aparentemente tranquilos, del romanticismo burgués, en los que los de fensores de lo sido pudieron entregarse por última vez a la ilusión de que era posible ponerse a seguro frente a la fuerza disolvente del progreso. En ningún otro tiempo resultó tan cercano para tantos mirar con aflicción al pasado y, sin fe en la mejora, al futuro. «Parte de tus reservas, no de tus
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consignas», reza la divisa del escepticismo conservador. La verdad sobre la situación sólo era expresable melancólicamente para sus adeptos: quien no ha vivido antes de la cuestión social no sabe nada de la dulzura de la vi da.
Cuando el conservadurismo adoptó maneras cultas inventó la «ciencia triste» del ser humano y sus condiciones económicas, que desde comien zos del siglo XIX constituye el bajo continuo de todos los discursos de la modernización. Es triste la ciencia que va al fundamento de las condicio nes materiales de la opresión humana. En 1849 Thomas Carlyle acuñó la expresión dismal Science para proporcionar el concepto, mejor, la tonali dad, a lajoven disciplina de la economía política, tal como fue represen tada por los «muy honorables Profesores» Ricardo y Malthus563. La expre sión fue cautivadora mientras la teoría, todavía poco popular, sobre la «riqueza de las naciones» parecía ser, a la vez, la ciencia de los motivos in superables de la precariedad económica, perdurable para siempre, de las grandes «masas». En la ley de Ricardo, llamada más tarde férrea ley del sa lario, éstos fueron formulados clásicamente: el «precio natural del traba
jo», más allá del cual no parecía posible ningún suplemento, sería aquel «precio necesario», que permite a los trabajadores tanto mantener su cla se como reproducirse «sin incremento ni pérdida». Según esta compren sión de las cosas, la «sociedad» administradora al modo liberal-capitalista tenía que permanecer dividida para siempre entre los pocos felices que, como landlords, prestamistas o dueños de fábricas, se aprovechan de los mecanismos creadores de riqueza del intercambio desigual en mercados aparentemente libres, y la mayoría de infelices que, sin esperanza fundada en el cambio de su situación, permanecen encallados en la condición pro letaria o agrario-pauperista. Como «ciencia triste», la economía política es una escuela de la crueldad esclarecida, dado que educa a sus adeptos en la resignación ante las supuestas legaliformidades de la pobreza de masas. La teoría liberal del siglo XIX define a los pobres como aquellos a quienes no se puede ayudar aunque se tuviera la mejor voluntad de hacerlo564.
Observemos que cuando cien años después de Carlyle el ambivalente conservador Adorno volvió a acuñar la expresión «ciencia triste» -creyen do haber invertido originalmente el título de Nietzsche Ciencia alegre [Fróh- licher Wissenschaft]- seguía una visión, cuya tenebrosidad superaba con mu cho los hechos del pauperismo industrial. Lo que importaba al filósofo era aprehender un contexto forzoso, que no sólo zambulle a los muchos infe
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lices en las ofuscaciones dictadas por la penuria, sino que deteriora tam bién desde su base la existencia de los felices actuales y potenciales565. Según el autor, tampoco los más agraciados se libran de la desfiguración del mundo por la abstracción del intercambio; en ella todo estaría «acuña do de modo semejante». La vida misma se deteriora por la sujeción de to das las cosas a la expresión del precio. Considerada desde este ángulo, la temprana Teoría de Frankfurt, prescindiendo de sus impactos utópicos, ofrecía una forma final del conservadurismo esclarecido; se podría decir también: del pesimismo de quienes se han salvado. En ella siguió aún sin eco el acontecimiento elemental del siglo XX, la superación de la pobreza material de masas en el Primer Mundo. Estaba penetrada por la convic ción de que la riqueza económica nunca bastará para disolver el complejo de pobreza ante el que se inclina la especie humana desde el surgimiento de los Estados arcaicos, con sus cáusticos regímenes de nobleza y sacerdo tes. Enseñó, consecuentemente, que todo enriquecimiento de la multitud sólo podía conducir a la miseria en nuevos ropajes, del mismo modo que la ilustración no significa nunca otra cosa bajo el capitalismo que el cam bio de forma del engaño. Si hubo una idea en la antigua Teoría Crítica, que puede llamarse crítica a pesar de estas exageraciones mediocres, se en contraría en el supuesto, por muy insuficientemente que estuviera funda do, de que tras los fenómenos empíricamente deprimentes del homo pauper, se oculta una «naturaleza» polarizada en sentido contrario. A esa reserva se refería la fórmula de Adorno del «recuerdo de la naturaleza en el ser hu mano». Si, a veces, su oscura imagen del mundo podía ser percibida como rodeada de un borde dorado, esto se debía a que el autor dejaba que re sonara en escasos momentos la idea de que en las experiencias dichosas de una niñez mimada iban incluidas disposiciones morales dignas de genera lización, aunque no capaces de generalización en la práctica. En lo que si gue nos ocuparemos de la cuestión de si es posible dar un giro activo a esta insinuación recatadamente romántica. La respuesta es afirmativa. El cami no hacia ella lleva por la comprensión afirmativa del concepto Venvóhnung [mimo, confort, comodidad, bienestar]. Para andarlo es necesario estable cer una teoría del lujo constitutivo, en lugar de una antropología, a la que ya se había llamado la filosófica, quizá algo precipitadamente.
Tras el colapso del socialismo en el grupo de Estados de la Europa oriental en tomo a 1990, entre periodistas y comentadores de la historia
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aconteciente se ha convertido en uso en pocos años, al echar una mirada retrospectiva al «corto» siglo XX pasado, servirse de la fórmula, lanzada en un momento oportuno, de Eric Hobsbawm: época de los extremos. Al ci tarla, se hace profesión implicite de la opinión de que el contenido funda mental de esa época consistió en el duelo de las ideologías totalitarias de tipo étnico-nacionalista y socialista-intemacionalista, y en la exitosa batalla defensiva del capitalismo democrático contra esos dos heterogéneos me llizos sanguinarios. Por eso parecía que el proceso nuclear del siglo era coextensivo con la duración del experimento soviético y que su estela de violencia tendría que acabar a la vez que la cauterización definitiva de ese delirio56. (A la vista de la nueva confrontación surgida entre el mundo ca pitalista del bienestar y las redes del odio simplista sabemos que ese su puesto era precipitado. ) No obstante, el cambio de la ageofextremesno pue de hacerse más plausible de lo que corresponde a una tesis extremamente sumaria como es. Para los historiadores que dirigen su atención no sólo a las cataratas de acontecimientos y a los discursos excitados del siglo XX, si no también a las oleadas a largo plazo de la cultura tanto material como simbólica del oeste, tiene mayor importancia hoy el hecho de que la age of extremes, a pesar tanto de su masacre como de sus sistemas de discurso ex cesivos, por lo que respecta a sus acontecimientos decisivos ha sido en pri mer término una época de procesos constantes.
Pese a recesiones fundamentales, esto sirve, sobre todo, en vistas a la acu mulación y propagación de instrumentos de mejoría de la vida en el Pri mer Mundo. Por la inclusión de las «masas» en la repartición de la rique za, el gran flujo fue dirigido -generalmente bajo la constante presión de la izquierda moderada- a derroteros que siguen siendo válidos: toda una singularidad desde el punto de vista histórico. La tendencia a la mejora y participación de los más pobres en los privilegios hasta entonces de los ri cos se apoyó en los siete continuos efectivos de la modernización: la inves tigación científica incesante, la invención técnica nunca desalentada, el creciente atractivo de la forma de vida empresarial, la expansión constan te de un sistema de salud sobre base de previsión social, la inclusión de un público cada vez más numeroso de clientes en el consumo económico y cultural, así como la consolidación de la inmunidad profesional yjurídica de los individuos mediante un derecho laboral elaborado, sobre todo de las mujeres que ejercen una profesión, y, finalmente, la instauración de un sistema de seguros ampliamente especializado, incluso omnipresente567.
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Los efectos de estas reformas de las condiciones medias de vida durante una serie de decenios se añadieron en las naciones modernas, más allá del rápido cambio de las estructuras de familia y mentalidad, a una brusca pro longación de la esperanza de vida, unida a una caída en picado simultánea de las cuotas de natalidad568; pero, ante todo, condujeron a una amplia ción, históricamente sin par, de los espacios libres en el budget temporal de los individuos.
La sinergia de los factores progresivos creó una situación en la que los individuos son invitados a tomarse en serio de modo inusual. En el indivi dualismo secular, que reviste por dentro la situación de bienestar casi om nipresente, cada uno o cada una, mientras él o ella se sustraiga a la de presión, está condenado a aceptar que él o ella es importante: y ser importante significa poder asentarse como fin absoluto uno mismo, aun que no haya un dios que se interese por los individuos ni hoy ni post mór- tem. El campo social estalla, creando decenas de miles de plataformas pa ra la entrada en escena de ambiciones individualizadas. En la mayoría, tomarse como importante lleva a la decisión de divertirse solo o con otros. Con la elevación de la diversión a un motivo de vida que afecta a todos los estratos sociales se disgrega el fenómeno biopolítico-psicopolítico que an tes se llamó proletariado: la clase trabajadora, anclada en la miseria, para la que la producción de descendientes, proles, señalaba el único horizonte de futuro. La clase trabajadora industrial, divinamente deprimida, desa parece de la escena: aquel sujeto central imaginario del siglo XIX, del que los perdedores de la revolución de los últimos doscientos años, que se ra dicalizaron incesantemente hacia la izquierda, afirmaban lo peor y espe raban lo mejor.
Quien se deje aún impresionar demasiado por lajerga de la militancia y por el romanticismo de la discontinuidad no acierta a reconocer que el acontecimiento fundamental del siglo XX sólo puede interpretarse en la lí nea de un principio de constancia: lo que en perspectiva diacrónica cons tituye el contenido decisivo de esa época es la evasión de la «sociedad» mo derna de las definiciones de realidad de la era de pobreza material y sus compensaciones espirituales; definiciones que, por lo dicho antes, fueron efectivas hasta en las tempranas doctrinas liberales de la economía políti ca, para, en el transcurso del siglo XX, sobre todo desde los años cincuen ta, aflojar, por fin, su zarpada sobre la mentalidad de las poblaciones del Primer Mundo.
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En este contexto, estereotipos tempranos como el de la «sociedad de consumo», el de la «sociedad de vivencia», el de lafun societyy semejantes adquieren un significado de diagnóstico de los tiempos: conceptualmente inermes, pero no sin objeto, estos giros aluden al hecho enorme de que el clima de realidad de la «sociedad» occidental contemporánea -probable mente por primera vez desde la implantación del recuerdo en nuestro es pacio de tradición- ya no viene determinado prioritariamente por los te mas de pobreza y por la psicosemántica de la necesidad, junto con sus superestructuras religiosas y metafísicas, a pesar de los esfuerzos de la In ternacional miserabilista. Sea lo que sea lo que aduzca la alianza de mo dernos abogados defensores de la penuria, psicólogos-conditio-humana, ex presionistas-trauma, aseetas-vanitas y visitantes académicos del país de la pobreza persistente569, con el fin de anunciar objeciones contra el aconte cimiento superabundancia:,ya no puede negarse con motivos suficientes que las irritaciones de la «sociedad» actual las crea, casi sin excepción, su riqueza.
Ya a finales de los años cincuenta, poco después de la primera crista lización del fenómeno en Estados Unidos y en Europa occidental, John Kenneth Galbraith dijo clarividentemente que el gran problema de la «so ciedad de la opulencia» consiste en no lograr arreglárselas ni conceptual ni psíquicamente con su propia novedad, con su emancipación del pri mado de la penuria, por no hablar ya de la interpretación política de la ri queza570. Por consiguiente, no basta con declarar que la affluent society no se entiende por ahora a sí misma; hay que contar con que ella proporcio ne representaciones completamente desfiguradas de su estado inusual, más aún, con que sus intérpretes de tumo rechacen como una macabra imposición todo intento de articular su estatus actual en expresiones neu trales y descriptivas. Quien pretenda hablar a la «sociedad» rica de su ri queza -y de sus implicaciones morales- sólo puede ser un positivista falto de tacto, a quien falta la delicadeza de sentimientos para entender las ten siones que supone el mantenerse aparte dentro del bienestar. Por mucho que la «sociedad» de la opulencia [afluencia] aprendiera a saberse mane
jar virtuosamente con su riqueza rápidamente habitualizada (en este con texto hay que interpretar los derroches prima facie escandalosos del erario público como participación alegre del Estado en la abundancia), en sus autorrepresentaciones ejercitadas se mantiene en las categorías del uni verso-pobreza. La «sociedad opulenta», no convencida de sí misma, utiliza
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para observarse ópticas de penuria nítidamente ajustadas. Toda falta a la norma se registra: quien osara elaborar otras descripciones de ella que los balances de crisis usuales, política y humanistamente correctos, se haría sospechoso de cinismo; quien en innumerables frentes internos no reco noce las precariedades, que claman al cielo, es identificado rápidamente como agente de la desintegración social. Hablar en términos positivos de la riqueza ampliamente diseminada, aunque rigurosamente repartida de mo do desigual, del Primer Mundo: ¿eso no significaría inmediatamente invi tar a apartar la vista de la tragedia ante los portones del lujo? ¿No signifi caría eso cerrar los ojos y oídos ante los residuos de miseria que permanecen obstinadamente en el interior de la zona de bienestar? En el mejor de los casos, a un intérprete que se mostrara impresionado por los hechos de la superabundancia se le diagnosticaría como un ingenuo que se deja seducir por superficies.
Pero ¿y si la represión decisiva de nuestro tiempo se refiriera en verdad al propio bienestar? ¿Si la negación de las comodidades efectivas constitu yera el leitmotiv de todos los discursos públicos en el mundo de la supera bundancia? ¿Si el secreto industrial de la «sociedad» actual consistiera en la actualización permanente de fantasías de penuria para la «amplia clase media»? Esto no tiene por qué significar que la civilización contemporá nea sepa proteger a todos sus miembros de accidentes, enfermedades, in fortunios, pobreza y experiencias de fracaso: esto sería una perspectiva in fantil de la relación entre renta y destino. Los dramas del presente, sin embargo, siguen la mayoría de las veces guiones que ya no pueden remi tirse a la vieja representación «Sufrir bajo la sociedad», ni en su versión de teoría de la explotación ni en su versión de teoría de la alienación.
No obstante, las inercias del pesimismo sociológico y sus predecesores más antiguos siguen actuando prepotentemente: de un pesimismo, cuyas definiciones de realidad hay que comprobarlas, como en otros tiempos, en la lucha por la existencia de una mayoría de domicilios pobres sin espe ranza. Prescindiendo de la gran cesura material, este diagnóstico no ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años: en todo caso, la adminis tración de la escasez aparente se ha solidificado en rutinas corporativas. Nadie para quien no se hayan convertido en una segunda naturaleza los ejercicios de la queja profesionalizada puede llegar ni en la nación, ni en las autonomías, ni en los ayuntamientos a una posición elevada. Para ello, los bien abastecidos han de faenar en las aguas profundas de la «tradición
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de los oprimidos». Sea lo que sea lo que se diga en el espacio público: la mentira de la miseria redacta el texto. Todos los discursos públicos obe decen a la ley de volver a traducir el lujo que ha llegado al poder a lajer ga de la miseria.
A pesar de este concordato de la «sociedad» del confort con la vieja y venerable miseria, se amontonan los indicios de que, mientras tanto, el proceso generador de superabundancia se ha introducido en las estructu ras capilares del conjunto social. Según recientes valoraciones, a partir de los años ochenta, en la República Federal de Alemania se podía clasificar como relativamente pobre algo menos del 10 por ciento de la población, mientras que había que considerar rica en sentido amplio a la mayor par te, aunque la expresión, naturalmente, siguiendo las leyes de juego del
«capitalismo renano», designe la mayoría de las veces condiciones más bien modestas de riqueza571. Aunque el agravamiento de la competencia en los mercados mundiales hiciera crecer el segmento más pobre de la «so ciedad» hasta el 20 por ciento (un valor que podría estar superado ya cla ramente en Estados Unidos, más proclive a la discriminación), todavía se seguiría contando, en el lado mayor de la fracción, con un espacio de bie nestar de amplitud históricamente sin par572.
Por lo que respecta a losjuicios subjetivos de realidad, en la gran ma yoría de la gente divergen dramáticamente, por supuesto, de esas clasifi caciones y cuantificaciones. La diferencia entre bienestar estadístico y fal ta de confort sentida es tan grande como pocas veces antes, incluso allí donde ningún filtro radical de izquierdas enturbia los resultados. En todo Occidente, especialmente en Europa central y occidental, se observa hacia el final del siglo XX una amalgama de saciedad privada yjeremiada públi ca, que refleja una seudosatisfacción depresivo-explosiva al lado de un en foque de la vida a menudo fuertemente depresivo. Este síndrome de si mulaciones de necesidad y fantasías de penuria, identificadas por el feuilleton como «quejas de alto nivel» (se podría hablar de miserabilismo- belcanto, si las voces de los protagonistas fueran mejores), se pondrá de re lieve, sin duda, en una futura historiografía de la cultura como la carac terística fuerte de la cultura presente; de modo parecido a como Simón Schama, en su gran obra sobre el siglo XVII en los Países Bajos, ya habló de una era del Embarrassment of JUchesTM. Entonces hizo su aparición por pri mera vez en el mundo burgués el oxímoron del estilo de vida rico-pobre, suntuoso-humilde, que desde entonces -en las más diversas coyunturas-
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sumerge las conciencias de los acomodados en continuos baños altemos de agrado y desagrado dentro del propio bienestar. A la vista de estos fenó menos resulta natural agudizar activista, mejor, sádicamente, el concepto de satisfacción para el presente, como fue propuesto por Galbraith en un estudio reciente sobre los motivos de la saturación, prevenida frente al la- crimeo, de las «sociedades» occidentales: satisfacción (contentment)es «opo sición altamente motivada al cambio y la reforma»574.
Por muy extendida que esté actualmente la hipocresía de la penuria en la «sociedad» rica, no puede calificársela aún como totalitaria. Existen, por ahora, núcleos de oposición, en los que seres humanos acomodados ha blan abiertamente de su riqueza. Algunos de ellos parecen, incluso, dis puestos a extraer de ella consecuencias morales y atmosféricas: quien no niega su riqueza será capaz más pronto de consumar el giro de los diseños de la existencia del resentimiento del enriquecido a la virtud obsequiosa del rico. Lo que Nietzsche llamó el espíritu libre significa de modo natu ral el espíritu rico: y toda riqueza real se manifiesta por el primado del dar, económica, moral, erótica, culturalmente.
De aquí se siguen analogías sugestivas para el interés teórico por la ri queza como fenómeno y fuente de ethos: también entre los intelectuales teóricos los miserófilos constituyen la mayoría aplastante, mientras que los amigos de la riqueza ejercen la función de excepciones evanescentes. Pero, en la medida en que la ontología tradicional de la seriedad y la penuria en el campo de los sentimientos de vida actuales fue infiltrada tácticamente por las experiencias del bienestar de las «masas» y sus consecuencias climá- tico-existenciales en los ámbitos occidentales sensibles a la teoría y sus part- ners, en muchas regiones del mundo se desarrolla una necesidad de con ceptos que fueran capaces de ayudar a articularse a la conciencia del peso disminuido del mundo.
Quien esperara eso de la filosofía contemporánea se decepcionaría en toda regla. Si la tesis del origen de la filosofía en el asombro poseyó algu na vez un buen fundamento, la singularidad de la gran ruptura con el axioma de la pobreza de las «masas» habría de proporcionar un estímulo sin par a la reflexión. Que de esto no se note prácticamente nada en el ejercicio contemporáneo de la filosofía -excepción hecha, en determina dos aspectos, del ala nietzscheana-, temáticamente nada, estilísticamente todavía menos, demuestra bien que el asunto del asombro se asienta sobre bases débiles; probablemente desde siempre575. A lo sumo, en la contribu
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ción filosófica, ya amarillenta, de 1955 de Herbert Marcuse sobre Sigmund Freud, Estructura pulsional y sociedadTM, se encontraban unas primeras alu siones a la transformación del principio de realidad en dirección a lo que en el argot del tiempo se parafraseaba como una «cultura no-represiva». El punto de vista de las consideraciones de Marcuse residía en la superación de la oposición aparentemente eterna entre principio de realidad y prin cipio de placer en una ordenación de la «sociedad» que estuviera libre de la maldición de la represión de las pulsiones, sí, de cualquier represión en general. Poco hay que descubrir en ese ensayo respecto a un análisis con creto de las condiciones de bienestar contemporáneas, a pesar de que sur gió casi al mismo tiempo que The Affluent Society de Galbraith. La especu lación socio-psicológica de Marcuse roza sólo desde muy lejos el auténtico acontecimiento de la época en el campo psicológico: el relevo del homo pauper -cuya situación motivacional fue descrita bastante adecuadamente por teorías pulsionales- por el ser humano enriquecido, cuya situación hay que interpretar por medio de una teoría de los apetitos, opciones, es tados de ánimo y flujos de deseo’17.
También las contribuciones de sociólogos posteriores han resultado casi completamente estériles en la cuestión crítica; es de suponer que los re presentantes de esa disciplina no podrían admitir públicamente la existen cia de una «sociedad» de la abundancia sin hacerse ellos mismos sospe chosos de ejercer desmoralizadoramente una ciencia perversa, superflua. Dado que las suntuosas ciencias sociales están condenadas a simular utili dad social, pueden hablar de todo menos del lujo que las sostiene y cuyo vértice ciego ellas personifican: también y precisamente en las formas de la sociología militans. Por ello, sería por ahora poco realista esperar de ese lado una satisfacción de la necesidad de interpretación de las condiciones de opulencia. Del mismo modo, tampoco ayuda el recurso al saber político: la derecha no puede ir al fondo de las cosas, porque no le ata ningún interés en ellas; la izquierda no querría hacerlo, aunque pudiera. (Innecesario de cir que ambos lados ofrecen soportes lamentantes, que cantan textos dife rentes para las mismas melodías: el género elegiaco ha emigrado de la mú sica a la autoescenificación de las corporaciones, no sin dejar su huella en el folletín nacional. ) A pesar de que en las literaturas, artes y experimentos de formas de vida del siglo XX se han reunido innumerables testimonios de la gran levitación, en prácticamente ninguna parte se ha llegado a un real ce sistemático y esclarecimiento explícito del fenómeno de la opulencia578.
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Los comprobantes estéticos de la entrada en lo big easy son abundantes, fal ta una teoría auténtica de la distensión y desempobrecimiento.
Parece que el vuelco a la no-penuria es para muchos demasiado am plio, demasiado amorfo y demasiado torrencial para que pudiera ser abor dado por la teoría en una intentio recta. Le es inherente, a la vez, un lado desagradable, como si quien se dirigiera a él abiertamente hubiera de ha cer profesión de mimo por el confort en propia persona. Quien admitie ra estar completamente mimado en ese sentido (¿y quién no lo está en nuestras latitudes? ) ¿no tendría que admitir, a la vez, que ya no entiende nada de lo que para la mayoría de los miembros de la especie humana ha determinado las coordenadas de lo real durante los últimos milenios agro- imperiales? La carencia de carencia parece, mientras tanto, mucho más vergonzosa que la pobreza abierta. La miseria sigue queriendo valer como distintivo característico de la conditio humana, mientras que la riqueza se percibe como corona de espuma sobre la carencia originaria. Riqueza, pues, que en cada instante podía ser reconvertida en la penuria que había antes de ella. Cuando la miseria constituye la base, el bienestar no puede ser nunca otra cosa que un fenómeno de superestructura. Un poderoso romanticismo de la bancarrota sugiere que quien se empobrece vuelve a los fundamentos del hecho de ser humano. Determinados nostálgicos, que sueñan radical-conservadoramente más allá del mundo moderno, añoran una catástrofe purifícadora, una apokatástasis de la miseria de la que pro venimos. Desean la restauración de aquel estado de carencia, en el que pretendidamente se desarrollaron las originarias circunstancias modélicas humanas.
Cuando el miserabilismo se quita la máscara, convoca a filas a los ami gos del ser y declara la guerra al haber de menor cualidad. A pesar de Ve- blen y de otros ensayos tentativos, dentro de la «sociedad» más rica no hay en este momento una teoría convincente de la existencia rica: excluyendo, quizá, las intervenciones inconmensurables de Nietzsche y Deleuze. La mayoría de las veces, a los ricos tampoco se les ocurre nada sobre su situa ción excepto adquirir colecciones de arte, imitando a los príncipes meno res del siglo XVII; también se les ve de vez en cuando hojear libros de fo tografías; y si al lado tienen historiadores del arte dispuestos a servirles como aduladores de corte con la mano extendida, ello corresponde al co nocido modelo de feudalismo provinciano. Con buena razón puede afir marse que la falta de teoría adecuada responde al estado de la cosa misma.
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Si hubo alguna vez un contexto de ofuscación habría que buscarlo en la conjura actual contra la percepción de lo más evidente. De la revolución conservadora de la primera mitad del siglo XX ha surgido una reacción ne cesitada hacia su final: como si se quisiera salvar el alma refugiándose en la miseria y sus medios de reversibilidad. Con ella se anuncia un nuevo ti po de ideología; una ideología modal, que no expresa idea alguna, sino un apuro urgente: se trata de falsificar, yendo hacia atrás, la libertad en nece sidad y la riqueza en pobreza.
La razón de por qué el bloqueo funciona tan bien puede esclarecerse, en principio, mediante referencias socio-psicológicas: quien, en general, lo tiene sensiblemente más fácil se inclinará a apartar la mirada de los pre supuestos que privilegian. ¿No pertenece a la definición de mimo por el bienestar el hecho de que pueda guardar silencio sobre sus propias pre misas? Efectivamente, si topara con sus límites, podría exigirse de quienes se regalan en esa situación de bienestar que recordaran las circunstancias ventajosas, o incluso que meditaran sobre su contenido moral. ¿No es ca racterístico de la vida en el lujo que pueda evitarse el embarazo de inves tigar su origen? Ahora puede dejarse que las dudas eventuales sobre su perpetuación simplemente se las lleve el viento. Como mejor se protege el lujo es negando que sea lujo: siempre quiere presentarse como satisfac ción de la necesidad mínima.
Puede añadirse, ciertamente, que en temas de este tipo siempre hay en juego una dosis de magia de evasión: de lo que no hay que poner en peli gro no puede hablarse con palabras demasiado exactas. Las aversiones ad quiridas añaden lo suyo: en los oídos de miembros innúmeros de genera ciones de transición resuenan las voces de sus padres, que hacen presente a los másjóvenes cuánto mejor lo tienen éstos, en comparación con ellos, que soportaron mayores cargas y pruebas más duras en otro tiempo. Sigue desempeñando un papel ese mecanismo psicológico, que consiste en uti lizar los primeros alivios para abrir las válvulas a sentimientos privados de penuria. En cuanto baja la presión se vacían los depósitos de necesidades pasadas (o se transforman en lugares de culto), prescindiendo conscien temente de la situación general mejorada: un efecto sin el que no podrían entenderse ni el brote de las culturas terapéuticas después de la Segunda Guerra Mundial, ni el florecimiento de los marxismos académicos y otras expresiones de radicalidad suntuosa. El victimismo desbordado de la era de bienestar establecida sólo es interpretable por la ceguera ante la situa
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ción de nuevos liberados de cargas. Basta, efectivamente, subjetivar el con cepto de pobreza para hacer que su contorno se extienda al infinito579. Ta les subjetivaciones presuponen calladamente la riqueza generalizada para negarla en voz alta. La fow culture ha alcanzado en esto los estándares de mimo por el bienestar de la high culture, desde los años cincuenta innu merables nuevos privilegiados pudieron permitirse el «lujo del pesimis mo» que Nietzsche había diagnosticado en otro tiempo en Schopenhauer. El malestar en la cultura se ha transformado en el bienestar en la situación embarazosa.
Ciertamente, los ciudadanos de la época de posguerra en el Occidente en prosperidad hacen examen de conciencia de modo más o menos con fuso sobre el hecho de que gozan de un efecto invernadero del confort, sobre todo si el centro de gravedad de la historia en alerta de su vida cae en el espacio de tiempo entre 1945 y 19905*0. Como confirman observadores más antiguos casi al unísono, en ese lapso de tiempo se fueron imponien do las características de la gran reorientación continuadamente, aunque no sin retrocesos. También durante ese período los símbolos materiales de la no-pobreza casi general pasaron a primer plano. La nueva liaison entre capacidad adquisitiva de las «masas» y frivolidad de las «masas» conduce, en el frente más amplio posible, a un cambio psicosocial de estado de áni mo. Hasta en las capas más bajas de la burguesía media se puede estipular un consumo ostentoso de lujo de moda, mesa y movilidad como carac terística de las formas de vida socioindustriales; el culto al automóvil refle
ja la participación de todos los estratos sociales en técnicas de expansión agresivas, no pocas veces autodestructivas5*1. La fuerte dilatación del tiem po libre afecta al modus vivendi de todas las subculturas y niveles de renta. Son innumerables los que aprovechan sus excedentes en tiempo libre de vigilia para elaborar sus humores, sus talentos, sus enfermedades, su victi- mismo subjetivo y sus metafísicas privadas; tanto quienes viven solos como acompañados invierten cuantos enormes de atención, capacidad dejuicio, saber y savoirfaire en la mejora de sus viviendas y segundas viviendas; la re conversión del impulso a moverse en deporte, música, turismo e innume rables tipos de activismo de diversión alcanza un nivel para el que no hay modelo alguno en la historia de las civilizaciones. Incluso cuando sucede, como en la actualidad, que el Norte adinerado se ve obligado a abandonar el «capullo de los felices decenios de posguerra» -la expresión proviene de Pascal Bruckner- y a acomodarse a turbulencias, el nivel, que pasos atrás ha
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cen descender pasajeramente o durante fases más amplias, queda aún in comparablemente alto desde el punto de vista histórico-social.
Por lo que respecta a la percepción empírica e interpretación moral del gran cambio, habría que escuchar a la mayoría de los seres humanos del segundo tiempo de posguerra como testigos de época. Quien al final de la Segunda Guerra Mundial puso atención como observador de realidades americano-estadounidenses y europeo-occidentales tuvo oportunidad de percibir las derivaciones de la era precedente, marcada aún, predominan temente, por la penuria económica y la precariedad psicosocial, para com pararlas, después, rasgo a rasgo, con las definiciones -en relajamiento- de realidad del período siguiente de crecimiento continuado. Las últimas fa ses de carestía en el mundo occidental sobretensionaron la época de am bas guerras mundiales y los estadios agitados del experimento ruso; con la prohibición en Estados Unidos, los años veinte pusieron en marcha una insurrección tardía y estéril del antiguo sentimiento de seriedad de vida, que se había unido a un gran rechazo del consumo y la distensión. El con tinuo de oscurecimiento pasó en Occidente por la fase de depresión de los años treinta -entonces el Central Park de Nueva York era una favela com puesta de tiendas y barracas, mantenida en vida trabajosamente por el compromiso de instituciones caritativas y comunales- hasta llegar a las se cuelas de miseria de la Segunda Guerra Mundial, incluidos los comienzos de la fase de reconstrucción. Tras la gran crisis de 1930, Franklin D. Roo- sevelt pudo constatar que un tercio de la población de Estados Unidos es taba alimentada y vestida insuficientemente; todavía en 1962, Michael Ha- rrison, en su clásico estudio The Other America. Poverty in the United States*2, estimó en más del 20 por ciento el factor pobreza.
Sobre ese trasfondo se entiende por qué en la primera mitad del siglo XX parecía natural, e incluso quizá era legítimo, ceder a la tentación por inercia y seguir utilizando los lenguajes pesimistas del siglo XIX, junto con sus equivalentes utópicos -casi tan obtusos-, por mucho que éstos se pre sentaran como ciencia de un futuro mejor. Los discursos dominantes des pués de 1918 pueden remitirse, con pocas excepciones, a una alternativa tan superpotente como estéril: o uno se sometía resignadamente a las le yes eternas de la pobreza de masas, que sólo parecían admitir un pequeño número de ganadores en el malvado juego de la competencia, o, con mi litante audacia, uno se soñaba adelante, avanzando hacia un final rico e igualitario de la historia, que estaría cercano en cuanto las fuerzas pro
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ductivas de la «sociedad» cayeran en las manos oportunas. Hundirse en la melancolía conservadora de la parálisis o, con optimismo autohipnótico, dar el salto a la «revolución» (imitando el delirio leninista y avivando la es peranza de una oportunidad próxima): ésta parecía ser la elección que el campo histórico de entonces prescribía a intérpretes suyos que se tenían por realistas. Que con ello se exigía decidir entre dos opciones completa mente sobrepasadas era algo consciente a pocos entonces. También lo que se consideraba vanguardia fue burlado por falsos escenarios. Precisamen te la temprana Escuela de Frankfurt, que se hizo hegemónica desde los años cincuenta en Alemania, y más tarde en Estados Unidos como critical theory, se había enredado entre esos dos polos engañosos; sólo se mostró original por el hecho de proponer una combinación de salto y parálisis con consecuencias que llegan hasta el más reciente pesimismo de gala alemán. Sólo una pequeña minoría de intelectuales era capaz y estaba dis puesta, desde los años veinte, treinta, a salvaguardar, más acá de la utopía, más allá de la desesperanza, la referencia a los hechos económicos, jurídi cos y técnicos contemporáneos, en los que -por acumulación incesante de pasos aislados, apenas perceptibles, inventivos, operativamente eficientes- se hizo efectivo el acontecimiento de la época, la primera ruptura del círculo de miseria para los muchos583.
El lado psicodinámico y mental de esa cesura histórica no se trató en ninguna parte con el pormenor conveniente, por no hablar de las dimen siones conceptuales del acontecimiento: a ningún diagnosticador del mo mento se le ocurrió que en las generaciones presentes se estaba produ ciendo nada menos que el desprendimiento del concepto de realidad de la dogmática inmemorial de lo serio, pesado y necesario; en la que (según las insinuaciones del lógico e intérprete de Hegel, Gotthart Günther) des de siempre se oculta el sedimento de una comprensión tradicional insufi ciente de «ser» en el marco del pensamiento bivalente. En todos los fren tes se seguían escribiendo las novelas negras del positivismo. Tanto en el campamento izquierdo como en el derecho la inteligencia se desplomaba ante lo real como lo dominante, lo grandioso, lo terrible; sólo mínimos círculos estéticos consiguieron substraerse al culto de la realidad y a sus consecuencias paralizantes. Muy pocos se dieron cuenta, con Musil, de que al sentido de la realidad le había salido un rival serio en forma del sen tido de la posibilidad, que hoy alcanza su forma de explicación cristali zando en el reino de lo virtual. ¿Quién hubiera estado dispuesto a admitir
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que estaba en marcha una mutación de la experiencia y concepto de lo real mismo? El mensaje del siglo no encontró pregonero alguno. Tendría que haber rezado: hemos resucitado de lo real; o, menos patético: en ade lante permaneceremos a distancia de lo real.
La operación enriquecimiento es tan amplia, está tan llena de corrien tes en contra y efectos paradójicos, además, tan complicada en ambigüe dades y excepciones, ensombrecida por preguntas tan asediantes por los costes externos (hasta llegar a la sugerencia de que habría una carrera de armamentos de la miseria con el bienestar, imposible de ganar por este úl timo a la larga), que, exceptuando ciertos logros conceptuales, medio siglo después sigue sin poder ser apreciada en su desarrollo total. Tanto más difícil resultaba comprender lo que sucedía entonces, cuando esto mani festaba sus primeros perfiles. Ninguno de los que tras 1945 dirigieron su atención al fenómeno «economía libre de mercado» o comentaron la pe netración de electrodomésticos y combustibles fósiles en el moderno esti lo de vida hubiera sido capaz de juzgar el significado de esos objetos para la redefinición de viejos conceptos fundamentales europeos como «natu raleza», «realidad», «libertad» y «existencia». Por el contrario, apenas habría algún filósofo de ese tiempo que hubiera estado dispuesto a cons tatar que prácticamente todo el vocabulario tradicional de su disciplina co menzaba a volverse histórico con la aparición en el «mundo de la vida» de los teléfonos, motores de combustión interna, aparatos de radar, máquinas calculadoras. Puede que la antigua ecología europea de la escasez fuera perdiendo terreno, pero la creencia en el primado de la necesidad y en el carácter de carga de la existencia seguía manteniendo en pie el Viejo Mun do. El hábito de ser pobre y no tener éxito no cedía en su afán de dominio sobre los estados de ánimo. La riqueza llegó como un ladrón durante la no che584. Los pensamientos de los enriquecidos estaban en otra parte.
Hoy va resultando poco a poco reconocible que la negación de la levi- tación constituye la constante de la historia más reciente de las ideas. Fue ra donde fuera donde el alivio o aligeramiento pretendiera introducirse en la teoría y la moral, la gran mayoría de los pensadores -sobre todo los exégetas de los extremos, tanto de izquierdas como de derechas- se reti raba al terreno de lo «real» con peso, que se oculta bajo las superficies de la vida cotidiana y que ellos no se cansaban de evocar bajo los nombres más duros. Mientras que la descarga o aligeramiento enviaba por doquier sus señales, los realistas extremos se entregaban más desenfrenadamente
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que nunca al culto del pensamiento depresivo. Walter Benjamín se aven turó a la imagen del ángel de la historia, que creía tener a la vista una úni ca catástrofe, que amontona incesantemente ruinas sobre ruinas; con ello creó la imagen-test para los trastornos de vista de un siglo ofuscado por ra dicalismos585.
No puede decirse que sus contemporáneos lo hicieran mejor: se remi tieron a la lucha de razas y a las leyes de la sangre, a la explotación y las lu chas agudizadas de clases, al trauma y producciones inconscientes, al cuer po ignorado y a la agresión necrófila, a la mecanización de la vida y dominio de los aparatos, a la falta de recursos y a la segunda ley de la ter modinámica, a la aceleración del tráfico y globalización de la economía, al azar y acontecimiento no domesticado: pero, sobre todo, a la catástrofe, y una vez y otra a la catástrofe. Esos son los sitiales elevados en los que rei naba, soberanamente recelosa, la conciencia que había desertado a lo real. Ningún lomo de tigre era demasiado ancho como para que los realistas no hubieran querido cabalgar sobre él. Quien se consideraba en algo como pensador tenía que enseñorearse de lo real e inaugurar un discurso triun fante sobre su principio característico. Así como Bacon había enseñado que sólo se domina la naturaleza obedeciéndola, los realistas del siglo XX representaron la doctrina de que sólo se domina lo real sometiéndose a ello. Toda intervención en lo real estaba condenada a destacarse en com petición con otras duras ficciones de realidad. El suprematismo del realis mo se convirtió en el estilo lógico de la época. En la carrera por la puesta en evidencia más explícita de lo real hubieron de surgir las variantes on- tológicas de la pornografía: jamás se ha mirado a la realidad desnuda más profundamente dentro de las entrañas. Lo que se llamaron ideologías ¿qué eran, de hecho, sino ficciones de lo real, embriagadas por su dureza, su frialdad, su obscenidad? Para pasar como faltos de ilusión, los espíritus fuertes se precipitaron en el culto de la diosa cruel Facticidad. A ella le se cundaba una aliada no menos cruel, Decisión (en tanto que se reconoce la esencia de la apariencia en apostar por una única opción y dejar que mueran las alternativas). Con menosprecio indecible miraban los realistas, los diestros, los articulistas de los hechos duros, hacia lo que consideraban la chusma afeminada liberal, que se niega a aprender las lecciones sobre pasadas de la crueldad: si se trata de cepillar tablones de futuro, tanto peor para las virutas. Innumerables intelectuales se entregaron a la convicción de que sólo los grandes empresarios, los gángsters y dictadores han mira
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do al fondo de lo real; únicamente la mimesis del crimen da entrada al pensamiento en la arena histórica. Quien no logra participar en la em presa de la realidad como rufián del horror no ha entendido nada de las reglas de juego del todo.
Pero ¿y si el acontecimiento filosóficamente relevante del siglo XX hu biera consistido en que todas las ficciones de realidad, adictas a la grave dad, fueron debilitadas por un momento explícito de impulso hacia arri ba? ¿Si, en consecuencia, de lo que se tratara fuera de hacer profesión de aligeramiento como de una cesura evangélica? ¿De entender los realismos trágicos como hipnosis por kitsch negro? ¿Si el arrastrarse ante las defini ciones más duras de realidad hubiera sido el signo característico del opor tunismo más fútil -que hoy vuelve a verse actuar en los inspiradores inte lectuales de la realpolitik estadounidense-, como si se hubiera recapacitado mucho tiempo sobre la esencia del crimen, llegando a la conclusión de que sólo él determina el sentido del ser: al comienzo fue el delito? ¿Y si el espíritu libre hubiera de abandonar las estampas devotas de los hechos, a los que supuestamente no hay alternativa, si quiere volver a encontrar el camino a lo abierto? ¿Y si la característica del pensamiento reaccionario consistiera, desde entonces, en su alianza con la fuerza de la gravedad con el fin de negar la antigravitación?
2 La ficción del ser-de-carencias
A la vista de estas cuestiones se entiende sin esfuerzo que en el trans curso del siglo XX hubiera de resultar más difícil mantenerse en los su puestos fundamentales del conservadurismo clásico (en tanto su constitu ción es la de un conservadurismo de la miseria, un catolicismo de la carencia y una negación de la riqueza). En la medida en la que el mensa
je encubierto, y sin embargo omnipresente, de la facilitación de la vida se materializaba en los ánimos de las generaciones siguientes, la interpreta ción del mundo a la luz del prejuicio de la carencia se situó en una posi ción poco plausible. Cuya debilidad sólo podía compensarse con un des pliegue acrecentado de abstracciones pesimistas; y con una reforzada importación de negatividades. En este contexto ideológico se llega a una segunda explotación de la periferia, esta vez en favor del masoquismo del centro. El hábito de importar, barata, miseria como materia prima y de ela-
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horaria en productos admonitores de alto valor para el mercado domésti co es hasta hoy virulento entre los activistas de la indignación586. Con el ñn de no tener que reconocer lo inaudito sucedido en el Primer Mundo, la Internacional Pesimista hace cómputo de la penuria del Tercer Mundo frente a la reciente riqueza de Occidente y deduce un balance negativo; sí, incluso remite originariamente el bienestar del Primer Mundo a la pobre za del Tercero, para hacer que su holgura de vida parezca resultado de la injusticia (tanto económica como políticamente) frente al hemisferio sur. Así consigue que las circunstancias de vida propias, junto con su evidente abundancia y dinámica de mimo o autohalago, no se tematicen por de masiado cargadas de culpa. Siempre se permanece extático frente a la mi seria de los otros; a menudo hasta tal punto que ya no se puede decidir si en ese giro hacia el no-yo y no-aquí se trata de buscar ayuda desde lejos o de hipocresía en casa587. Los representantes de este modo de pensar se comportan como si hubieran descubierto una ley natural desconocida: la de la conservación de la energía miserógena. El espíritu conservador de la miseria, negador del bienestar, ha invertido, sobre todo desde los años se senta, grandes esfuerzos en la desvalorización de la riqueza occidental, en tanto que demostró la insostenibilidad de los métodos que ha habido has ta ahora para su adquisición: el debate internacional sobre los «límites del crecimiento» fue de trascendencia, como es sabido, porque tradujo el pe simismo económico clásico (al que hacen compañía últimamente todos los tipos de fundamentalismo) al lenguaje de la ecología, atrayendo, de ese modo, a unajuventud alternativa.
El esfuerzo más ambicioso del conservadurismo indigente frente al gi ro hacia una civilización del bienestar consistió, sin embargo, en colocar más en lo profundo los fundamentos conceptuales de la ontología de la ca rencia. Esto sólo pudo suceder haciendo de la carencia una especie de esencia negativa. Se trataba de desligarla de los datos económicos con el fin de colocarla, tan profundamente como fuera posible, dentro de la esencia humana, sí, dentro del corazón mismo de la subjetividad: la psique originariamente disociada, expoliada, requerida en exceso. Cuando lo que se pretende esjuzgar la existencia humana bajo el punto de vista de su de terminación como carencia, no puede tratarse de una privación fáctica, ca sual y reversible de una gran mayoría de personas reales de bienes mate riales y simbólicos; lo que importa realmente ha de presentarse ahora como una necesidad apriórica constitucional o biocultural del homo sapiens.
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El recuerdo de esa maniobra ingeniosa, aparentemente lograda en principio, la predatación de la pobreza humana antes de toda manifesta ción histórica y social concreta de carencia de productos, oportunidades y recursos, va unido en los anales de las ciencias de la cultura a la obra de Amold Gehlen, un sabio al que no se ofende si se le considera -antes de Niklas Luhmann- como el más sagaz de los conservadores confesos del siglo XX. De acuerdo con su puesto en la historia reciente de las ideas, Gehlen es un joven hegeliano de derechas, que declaró como tarea per sonal la materialización empírica o antropológica de la filosofía. En el planteamiento de Gehlen se puede ver un camino alemán al pragmatismo; su lema es escepticismo frente al desvanecimiento del «espíritu irreal»; su señal distintiva: menosprecio por la credulidad de los intelectuales en las palabras. Desde el punto de vista tipológico la inteligencia de Gehlen pue de calificarse de jesuítica, dado que debe sus mayores posibilidades a una actitud, casi reformadora, ejercitada ante la solidez del contrincante, de resistencia conservadora. Incluso el título paradójico de conservador de vanguardia, que dieron a Luhmann interlocutores italianos en los años se tenta, puede retransferirse sin esfuerzo a Gehlen, casi una generación ma yor. Cuando se trata de asomarse a los modernizadores más exitosos del síndrome pesimista en el siglo XX, su nombre merece citarse incluso antes del de Freud, Lacan, Adorno y Cari Schmitt.
Se revelará de provecho para lo que sigue examinar detalladamente, y analizar en su coherencia, la operación fundamental del conservadurismo rearmado con métodos gehlenianos: la determinación del homo pauper mediante una antropología profundizada de la carencia. Al hacerlo se mostrará cómo un aparato analítico de gran modernidad fue puesto ex presamente al servicio de ánimos conservadores y compromisos hostiles al aligeramiento de las cosas. Para construir como animal profundamente pobre al ser humano activo, reflexivo, creador de cultura, a pesar de todos sus potenciales creativos, Gehlen recurre a concepciones que en el mo mento de su primera configuración sistémica, los tardíos años treinta, per tenecían a las más avanzadas, y que hasta hoy no han sido comprendidas en todas partes ni desde todos los puntos de vista: comenzando por la ex presión nietzscheana, fecunda sin límites, del ser humano como «animal no determinado», hasta llegar a la tesis onto-antropológica de Scheler de la «patencia del mundo» (un motivo que en la lección de Heidegger, Con ceptos fundamentales de la metafísica, mundo-finitud-soledad, del semestre de
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invierno de 1929-1930, habría de desempeñar un papel sobresaliente). Geh- len, además, introduce en su empresa el concepto de acción de la tradi ción trascendental, y, junto a él, el concepto de riesgo de la filosofía con temporánea de la existencia, el concepto de posición del decisionismo, el concepto de síntoma del psicoanálisis. A ello se añaden una serie de inte lecciones biológicas de incitante novedad, como la concepción de neote- nia -la fijación fenotípica de conformaciones corporales juveniles- de Ju- lius Kollmann o la sensacional tesis de Lodewig (Louis) Bolk, expuesta en 1926, de la retardación primaria de la ontogénesis humana, así como de la retención de características fetales en la morfología adulta del ser huma no58. Si hay en Gehlen algún resto idealista se muestra en un antibiologis- mo escrupulosamente cultivado, que llega hasta la negación de dotaciones instintivas efecdvas en el homo sapiens: una posición exagerada, que se vio obligado a revisar en una fase posterior de su obra.
Todos estos aspectos determinantes se sintetizan en el teorema estraté gicamente central de Gehlen del ser humano como ser-de-carencias [Mán- gelwesen]. Esta expresión no sólo ha de designar las «dotaciones negativas» biológicas del homo sapiens, con todas sus no adaptaciones, no especializa- dones, no desarrollos y así llamados primitivismos589; recuerda también la elevada presión de carga bajo la que, según Gehlen, se inclinaría desde el comienzo este animal, necesitado sobremanera de protección, desligado del medio ambiente, expoliado de instinto, orgánicamente falto de recur sos, sin una guía interior innata. El autor no se cansa de poner de relieve la imposibilidad biológica de este ser vivo con giros siempre nuevos: afec tada por una «falta de medios única», esta criatura, «considerada como ser natural», está «inadaptada sin esperanza»590; es «incapaz para la vida en cualquier esfera de la naturaleza realmente natural y originaria»591; un re sultado de un «parto prematuro normalizado»592; amenazada por «tensio nes interiores virtuales», extremadamente altas593, y dotada de un peligro so potencial de desamparo y autodestrucción. Una vez formulados estos diagnósticos no podía tardar la apelación al patriarca del modo de consi deración antropológico-carencial, Johann Gottfried Herder. Gehlen le re clama abiertamente como su «predecesor» y toma de él una proposición fundamental bimembre sobre el ser humano, que reza: el «carácter de su especie» consiste siempre y por doquier en «vacíos y carencias»594; aunque por su genio lingüístico, así como por su capacidad creativa cultural e ins titucionalmente, el ser humano transforma su expolio originario en un
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privilegio. Después de esto ya pueden seguir el programa y la confesión de principios:
La antropología filosófica no ha dado un paso hacia delante desde Herder y, en esquema, es el mismo modo de ver las cosas que yo quiero desarrollar con los medios de la ciencia moderna. Tampoco necesita dar ningún paso hacia delante, porque eso es la verdad**5.
Se puede mostrar sin mucho esfuerzo que este sugestivo retrato del homo sapiens pauper está impregnado de una ambigüedad, cuya puesta en evidencia disuelve el sentido de toda la construcción, de tal modo que, después de ello, ésta puede ser interpretada igualmente como alegato en favor de lo contrario. Cuando Gehlen, tras las huellas de Herder, habla del homo sapiens como ser de carencias, presupone una historia de debilitación del ser humano o del predecesor del ser humano, que, de acuerdo con sus propios supuestos, ya no puede ser interpretada como mera historia natu ral. Evidentemente, el ser humano pobre y débil del retrato de Gehlen ha de constituir el punto de partida de una gran narración de la carencia pri mordial y de su compensación, igualmente originaria, mediante capacida des culturales. Dentro de este esquema queda completamente oscuro, sin embargo, cómo un ser vivo puede haber llegado por evolución natural a sus carencias iniciales. De una historia natural del antecesor del ser hu mano no puede deducirse una dote tan dramática de expoliaciones. La na turaleza abandonada a sí misma no conoce ninguna transmisión exitosa de inadaptaciones o debilidades mortíferas; en todo caso, especializacio- nes arriesgadas del tipo del plumaje del pavo real o de los cuernos del cier
vo, efectos de los que no puede hablarse en absoluto precisamente en el homo sapiens, que, como Gehlen no se cansa de recalcar, está des-especiali- zado yjuvenilizado del modo más llamativo. Así pues, si el desarrollo bioló gica y culturalmente motivado condujo después a resultados tales como los que se produjeron en el ser humano primitivo, sus propiedades evolutiva mente favorecidas no pueden interpretarse como expolios; al contrario, tendrían que poseer virtudes preponderantemente cualificadoras o, por hablar con Darwin,y¡! /nm-acrecentadoras.
Es absurdo describir la escena primordial de la formación del hombre como aparición de una criatura incapaz para la vida, que -apenas asenta da en el mundo entorno- hubiera de retirarse inmediatamente a la en
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voltura protectora de una coraza cultural protésica para compensar su im posibilidad biológica. El refinamiento de la imagen somática que ofrece el homo sapiens hay que pensarlo, en realidad, como dependiente de una ten dencia estable a largo plazo, que sólo pudo tener éxito sobre la base de un ensamblaje de factores biológicos y culturales. Este tirón de desarrollo só lo puede entenderse como un efecto de incubadora autofortalecedor, que convierte tanto a losjóvenes como a los individuos adultos de la especie en beneficiarios de una tendencia confortante, cerebralizante e infantilizado- ra. Esta se impone sin que por ello fueran menoscabadas a largo plazo y específicamente las oportunidades evolutivas de este ser vivo tan incubado, arriesgado neoténicamente. La historia de éxitos de la symbolic species no podría haber resultado tal como se presenta desde la retrospectiva hoy po sible, si, de acuerdo con su rasgo fundamental, no hubiera conducido a un ensamblsye productivo de refinamientos somáticos y fortalecimientos psi- coneuro-inmunológicos y técnicos596.
Si se invierte en este punto la serie de condiciones del ser-y-devenir-así del ser humano, reconociendo el acierto evolutivo de las morfologías hu manas, los indicios para la evaluación antropológica muestran eo ipso una tendencia opuesta. El ser humano no acude a la cultura y a sus institucio nes para transformarse de un ser biológicamente imposible en una criatu ra de algún modo apta aún para la vida; más bien procede de las circuns tancias de su generación y educación de tal modo que se aprovecha de su privilegio singular de incubadora hasta en sus más íntimas dotes somáticas, en su capacidad cerebral, su sexualidad, sus estructuras inmunes, su des nudez. Su fortaleza se expresa en el privilegio de su elevada fragilidad. En otras palabras, el homo sapiens no es un ser de carencias que compensa su pobreza con cultura, sino un ser de lujo, que por sus competencias proto- culturales estaba suficientemente asegurado para sobrevivir frente a todos los peligros y a prosperar ocasionalmente. En ello hay que admitir que los sapientes tuvieron que limitarse la mayoría de las veces, por motivos com prensibles, a la realización de una pequeña parte, más bien robusta, de su potencial cultural, para, llegada la ocasión, aventurarse en desarrollos de lujo típicamente específicos.
El homo sapiens es un ser intermedio basalmente mimado, polimórfica- mente suntuoso, capaz de superaciones múltiples, en cuya formación han colaborado fuerzas conformadoras genéticas y técnico-simbólicas. Su diag nóstico biomorfológico remite a una larga historia de refinamiento auto-
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plástico. Sus oportunidades de ser mimado vienen, por herencia, de lejos. A la vez, sigue pertrechado de una tenacidad completamente animal, más aún, dotado de una capacidad de perseverar hasta el final bajo las cir cunstancias más miserables. Describir las características provenientes de todo ello como «dotación con carencias» es una idea que sólo se le ocurre a un intérprete cuando se propone suministrar informes del homo pauper mismo -dogmáticamente presupuesto- en las condiciones más tempranas, a pesar de que desde las categorías del propio aparato teórico se insinua ran ya valoraciones contrarias. Por ello, la entente cordiale de Gehlen con el pastor de Weimar, Herder, es más que un azar de la historia de las ideas. Su idea común del ser humano como ser de carencias satisface la nueva necesidad del pesimismo burgués de reemplazar el dogma -devenido in vendible entre los cultos- del pecado original por la tesis, mucho más atractiva, de la carencia original.
Como más plausiblemente puede fundamentarse la inversión de los in dicios establecidos por Gehlen es con sus propios medios conceptuales. Que el homo sapiens no puede ser un ser de carencias, sino que desde el prin cipio encama una formación de lujo, es comprensible en toda forma en cuanto se someten a un análisis más cercano los dos conceptos más impor tantes del sistema de Gehlen: por una parte, la idea de patencia del mun do*, con la que el autor se introdujo en el horizonte de la filosofía de su tiempo; por otra, la categoría de descarga**, que representa, sin duda, la con tribución más fructífera de Gehlen a la antropología tanto filosófica como empírica: en ella se reconoce una de las pocas configuraciones conceptua les realmente originales de las ciencias de la cultura del siglo XX. Dado que ambos conceptos fueron puestos en la conexión más estrecha por el propio Gehlen, pueden discutirse aquí legítimamente en un derrotero común.
Desde su patencia de mundo se desarrolla en el ser humano -siguien do el supuesto fundamental de Gehlen- una complicación existencial, pa-
‘ Weltoffenheit patencia de mundo o del mundo, es decir, apertura del mundo al hombre y del hombre al mundo, el mundo se manifiesta al ser humano, el mundo es algo manifiesto para el ser humano, que percibe su apertura o patencia. (N. del T. )
* Entlastung. descarga de peso, de la sobrecarga estructural del ser humano, alivio de ten siones por el lujo de vivencias, etc. Recuerda, en un contexto transferido, al aligeramiento [Erleichterung] general del que se viene hablando en estas páginas como señal característica del ser humano en la modernidad. (N. del T. )
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ra la que no hay ejemplo alguno biológico: dado que vive, experimenta y reflexiona más que ningún animal, el ser humano es una criatura a la que se le exige demasiado no sólo ocasionalmente, sino que está sobrecargada estructuralmente. Su constitución fundamental, desde el lado sensible, se llama inundación de estímulos y, por el pragmático, presión de riesgo. Ya que el ser humano no trae consigo ninguna acoplación innata al entorno, al menos no para la totalidad de las circunstancias, que siempre tiene que arreglárselas en medio de compromisos autoestablecidos con el entorno, su ser-en-el-mundo tiene el carácter del estar-inmerso en un «campo de sorpresas»597. «A la luz de esta consideración, la patencia del mundo es fun damentalmente una carga»mH. Con ello se dice -aunque no lo exprese el autor- que el rasgo fundamental de la vivencia del mundo y del compor tamiento con él del homo sapiens consiste en una superabundancia de im presiones perceptivas, así como de posibilidades de experiencia y acción, y en absoluto en una expoliación y pobreza precedentes. Por su naturale za subespecializada, múltiplemente adaptable o «abierta» se produce, por una parte, una receptividad excesivamente impresionable, por otra, un es pectro extremadamente amplio de opciones de acción, que alcanza desde el término medio trivial hasta las improbabilidades del arte, la ascesis, la orgía y el crimen. Si pudiera existir en seres de ese tipo algo así como un temprano aditamento de sensación de carencia residiría en el embarazo ante la propia riqueza: una problemática que para la razón de la vida dia ria se expresa por el cliché «tortura de la elección», imbarazzo della sceltay semejantes; con mayor ambición teórica, lo mismo puede captarse en fi guras como «reducción de complejidad». El ser humano está «cargado» por su plasticidad en el sentido, por ejemplo, en que los millonarios han de inclinarse ante la necesidad de tener que administrar su riqueza.
Estas observaciones son reforzadas por las explicaciones de Gehlen con respecto a la categoría innovadora descarga: una expresión que articula el aspecto más importante de una economía general de la existencia. Si se puede decir que el ser-ahí es, efectivamente, en principio, un ser-cargado paradójico -y, como se ha dicho, por la riqueza del extatismo sensórico y pragmático del ser humano-, la tarea de los mecanismos descargantes es reducir la tensión primaria por la riqueza; comenzando con la configura ción modélica de la percepción y con la automatización de decursos de ac ción, hasta llegar a la normalización de expectativas de futuro mediante ri tuales y a la exclusión de imprevistos por rutinas técnicas. ¡Simplifícate, ser
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humano, hazte calculable! Gehlen supone, realistamente, que la vida, tan to somática, psíquica como socialmente, sigue la inclinación a instalarse en condiciones de funcionamiento de una bien temperada banalidad; condi ciones que se describen, psicológicamente, como habituaciones y, antro- pológico-culturalmente, como instituciones. Descarga es, según ello, un mecanismo de ahorro: constituye un procedimiento para echar el cerrojo a la tentación de autodesgaste. Su efecto capital surge de la inmunización contra la inmediatez, sea la del gasto excesivo de energía en el obrar es pontáneo, sea la de la inundación de percepciones arriesgadamente des automatizadas. Implanta, en cierto modo, un primer sistema de inmuni dad pragmático, que defiende contra las infecciones de la psique por un exceso de estímulos no asimilables e impide el gasto de energías psíquicas en aperturas extáticas al campo de acción y de percepción.
En un perfil así del concepto resulta claro que descarga no tiene nada que ver con administración de carencias: es competente para la gestión de una riqueza, que exige economía doméstica y sagacidad inversora. Sólo porque el elemento del ser humano es el demasiado, se hacen necesarias simplificaciones, restricciones y habituaciones, que detengan el derroche a bajo nivel, con el fin de tener a disposición las energías ahorradas para empresas superiores, más ambiciosas simbólicamente. En ese proceso de graduación se percibe el motivo del excedente tanto primaria como se cundariamente. Después de que Gehlen haya hecho lo suyo -casi con éxi to- para declarar pobre al ser humano ya al nivel elemental, vuelve a anun ciarse en su exposición de la economía psíquica más desarrollada del homo sapiens la riqueza negada del comienzo; sí, después de que fuera modela do por los mecanismos de descarga civilizatorios, en forma de potenciales de acción economizados, que sólo a niveles más altos impulsan verdadera mente a su realización. Pero, al igual que sucede en el caso de la primera riqueza, que surge de la patencia del mundo, Gehlen logra describir tam bién la segunda como carga y factor negativo. La palabra clave psicoeco- nómica para la segunda riqueza se llama liberación, que también conlleva un problema de inversión: se entiende por sí mismo que para el antropó logo estricto sólo valdrán asientos serios. Este procedimiento se explica en el ejemplo de la vida contemplativa de los carismáticos, que son sostenidos por las «sociedades» que los rodean, o en el modo de ser de los artistas, cu ya fluctuación entre maestría y licencias anárquicas presupone la toleran cia por parte del mundo que comparten. Ambos tipos de existencia libe
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rada han de ilustrar que todo depende de conectar la abundancia de energía conseguida por descarga con regulaciones ascéticas, sean las de la clausura monacal, sean las del atelier, de todos modos, el antropólogo con templa con preocupación y repugnancia la des-regulación de las existen cias de artistas en las subculturas anarquistas del siglo XX. Gehlen teme que si el anarquismo artístico hiciera escuela en general se arruinaría en poco tiempo la reproducción simbólica de la «sociedad» en sus institucio nes. Como el gran inquisidor de Dostoievski, el antropólogo está conven cido de que la libertad representa una exigencia excesiva, para la que só lo están preparados los menos. Para todos los demás, que no son capaces de la ascesis de las élites auténticas, se impone una heteronomía conse cuentemente organizada. Decididamente convencional, Gehlen apuesta por la disciplina con respecto a los muchos59.
Así, también con la mirada puesta en la dinámica humana de descar ga aparece claro que no se puede hablar de una problemática originaría de carencia; lo que realmente demanda interpretación y explicación es la absorción de las energías excedentes y su desvío a procesos más ambicio sos. Gehlen permanece fiel a su impulso pesimista también en el peldaño superior: del mismo modo que ha interpretado como carga originaria la patencia de mundo del ser de lujo que es el ser humano, explica también como cargas de segundo orden las energías ahorradas y liberadas, que están a disposición para lo superior y más amplio. Para éstas formula la sos pechosa recomendación de gastarlas al servicio de formas objetivas; aun que se tratara de rituales mágicos, por muy cuestionables que puedan ser sus éxitos empíricos. Mejor servir a una forma vacía, mientras tenga la fuerza de imponerse, que perderse en la libertad de la amorfía y en la fal ta de compromiso del mero experimento. Esto no lo podía decir más cla ro ningún miembro de la congregación de fe romana. Evidentemente, no es, pues, un ser de carencias originado por la evolución el que preo cupa al antropólogo; se trata del ser de lujo que es el ser humano, cuyo mimo constitutivo y protuberancia caprichosa le resultan inquietantes al máximo.
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3 Ligereza y aburrimiento
Si nuestros humores son los modelos de nuestrasfilosofías, dígame entonces, Edwin, ¿en
cuál se vierte la verdad?
Friedrich Schiller, El paseo bajo los tilos
Devolviendo al contexto de su tiempo la paradójica construcción de Gehlen del ser humano pobre, aparece una conexión sensible con el mo vimiento epocal del aligeramiento de la vida en la affluent society: un movi miento que, en otro matiz (y sobre el trasfondo de los modernos sistemas de solidaridad), habría que definir como transición a una primera red exi tosa de constructos de inmunidad altamente individualizados. No puede tratarse de un mero azar el hecho de que las expresiones centrales del con servadurismo modernizado, descarga y liberación, sean más aptas que cualquier otra para conceptualizar los reflejos subjetivos de la gran levita- ción. Son, efectivamente, su tiempo captado en pensamientos.
