a negativa de la
globalizacio?
Hans-Ulrich-Gumbrecht
mica que golpeo?
al mundo
en 2008. Los derivados son, en teori? a, instrumen- tos que producen beneficios independientemente del arti? culo o negocio de referencia que represen- ten. Estamos ante la clase de desvinculacio? n que entran? a un riesgo de implosio? n econo? mica en si- tuaciones en las que surge la necesidad colectiva de cobrar en derivados.
Aqui? tampoco voy a entrar en una cri? tica apo- cali? ptica de la globalizacio? n como culpable de este reciente desastre financiero de dimensiones pla- netarias, aunque so? lo sea para evitar caer en un optimismo infundado respecto a la posibilidad de controlar procesos de este tipo. La globalizacio? n y sus consecuencias pueden muy bien ser parte de una etapa especi? fica de la evolucio? n de la humani- dad en la que la cultura y la tecnologi? a han reem- plazado a la biologi? a como fuente de energi? a que impulsa cualquier clase de cambio. Pero, aunque no seamos capaces de cambiarlos, hemos visto co? mo los efectos de la globalizacio? n provocan determi- nadas reacciones, que en ocasiones son fruto de la inercia, y, con ellas, la impresio? n de que las di- na? micas de la globalizacio? n han dejado de estar en sincroni? a con las necesidades ba? sicas y los li? mites del ser humano. Necesitamos recuperar el cuerpo humano como dimensio? n ba? sica de la existencia in- dividual; necesitamos reclamar lugares especi? ficos, regiones concretas y el planeta Tierra como esferas del hogar al que pertenecemos; necesitamos estar arropados por contextos histo? ricos coherentes (aun- que hayan sido creados artificialmente); anhelamos lenguajes que sean producto de lugares especi? fi- cos que llamamos nuestros, y necesitamos dotar a nuestra existencia de una orientacio? n y un propo? sito mediante el ejercicio de la autorreflexio? n.
Esta relacio? n de situaciones y necesidades que, en el sentido ma? s literal de la expresio? n, nos pro- porcionan un lugar en la Tierra y nos vinculan a ella, recuerda a la cuaterna (das Geviert) de Heidegger, motivo central en la u? ltima etapa de su pensamiento filoso? fico. Los cuatro elementos que enmarcan nues- tra existencia individual segu? n Heidegger (la Tierra, el cielo, los dioses y los mortales, e? stos u? ltimos tanto en el sentido de nuestros semejantes como en el de nuestra mortalidad) se antojan ma? s sime? tricos, y tambie? n ma? s mitolo? gicos, que la antropologi? a que hemos extrai? do de nuestras propias reflexiones sobre la globalizacio? n y sus efectos. Pero ambas relaciones son muy similares, por no decir sino? nimas, en cuanto describen, en palabras de Heidegger, habitar como
<<la manera que tienen los mortales de estar en la Tierra>>, y en cuanto implican tambie? n la intuicio? n de que <<la caracteri? stica ba? sica de habitar es proteger, preservar>>. Ma? s cercano incluso a las conclusiones a las que hemos llegado esta? el trabajo del italianista
y filo? sofo Robert Harrison, quien, en tres libros dife- rentes que conforman un u? nico y complejo discurso argumental, estudia los bosques, los lugares de en- terramiento y los jardines para elaborar lo que me gustari? a llamar un nuevo ecologismo existencial.
El prefacio del magni? fico libro de Hannah Arendt La condicio? n humana, de 1958, resuena con las poderosas reacciones que el lanzamiento del Sputnik, el primer sate? lite artificial, habi? a des- atado tan so? lo un an? o antes. Arendt estaba en desacuerdo con la opinio? n, proclamada a menudo por aquel entonces, de que el Sputnik habi? a sido
<<el primer paso hacia la huida del hombre de la ca? rcel de la Tierra>>. Estaba en desacuerdo porque crei? a que la identidad cosmolo? gica de la existen- cia humana depende del hecho de que la natura- leza misma de la cultura y sus estratos de trabajo, esfuerzo y accio? n esta? n ligados a la vida, lo que
para ella equivali? a a que todos se sustentaban en nuestra conexio? n biolo? gica con la Tierra. Esta par- ticipacio? n de la existencia humana en dos dimen- siones distintas, pero inseparables, que Arendt llamaba (cultura) artificial y (vida) natural explica por que? el nacimiento y la muerte de los seres hu- manos, la natalidad y la mortalidad, por usar sus mismas palabras, deben ser diferentes del na- cimiento y la muerte de cualquier otro ser vivo. Si llega? ramos a romper por completo nuestros vi? nculos con la Tierra, perderi? amos esa identidad y, con ella, la capacidad de trabajar, esforzarnos y actuar.
Recientes descubrimientos han venido a con- firmar las previsiones y preocupaciones de Arendt. Con una diferencia, claro: lo que pone en peligro la naturaleza existencial de habitar no son los viajes espaciales, sino las comunicaciones electro? nicas, principal soste? n y consecuencia de la globalizacio? n.
BIBLIOGRAFI? A
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HANS EIJKELBOOM
?
? Una antropologi?
a negativa de la globalizacio?
en 2008. Los derivados son, en teori? a, instrumen- tos que producen beneficios independientemente del arti? culo o negocio de referencia que represen- ten. Estamos ante la clase de desvinculacio? n que entran? a un riesgo de implosio? n econo? mica en si- tuaciones en las que surge la necesidad colectiva de cobrar en derivados.
Aqui? tampoco voy a entrar en una cri? tica apo- cali? ptica de la globalizacio? n como culpable de este reciente desastre financiero de dimensiones pla- netarias, aunque so? lo sea para evitar caer en un optimismo infundado respecto a la posibilidad de controlar procesos de este tipo. La globalizacio? n y sus consecuencias pueden muy bien ser parte de una etapa especi? fica de la evolucio? n de la humani- dad en la que la cultura y la tecnologi? a han reem- plazado a la biologi? a como fuente de energi? a que impulsa cualquier clase de cambio. Pero, aunque no seamos capaces de cambiarlos, hemos visto co? mo los efectos de la globalizacio? n provocan determi- nadas reacciones, que en ocasiones son fruto de la inercia, y, con ellas, la impresio? n de que las di- na? micas de la globalizacio? n han dejado de estar en sincroni? a con las necesidades ba? sicas y los li? mites del ser humano. Necesitamos recuperar el cuerpo humano como dimensio? n ba? sica de la existencia in- dividual; necesitamos reclamar lugares especi? ficos, regiones concretas y el planeta Tierra como esferas del hogar al que pertenecemos; necesitamos estar arropados por contextos histo? ricos coherentes (aun- que hayan sido creados artificialmente); anhelamos lenguajes que sean producto de lugares especi? fi- cos que llamamos nuestros, y necesitamos dotar a nuestra existencia de una orientacio? n y un propo? sito mediante el ejercicio de la autorreflexio? n.
Esta relacio? n de situaciones y necesidades que, en el sentido ma? s literal de la expresio? n, nos pro- porcionan un lugar en la Tierra y nos vinculan a ella, recuerda a la cuaterna (das Geviert) de Heidegger, motivo central en la u? ltima etapa de su pensamiento filoso? fico. Los cuatro elementos que enmarcan nues- tra existencia individual segu? n Heidegger (la Tierra, el cielo, los dioses y los mortales, e? stos u? ltimos tanto en el sentido de nuestros semejantes como en el de nuestra mortalidad) se antojan ma? s sime? tricos, y tambie? n ma? s mitolo? gicos, que la antropologi? a que hemos extrai? do de nuestras propias reflexiones sobre la globalizacio? n y sus efectos. Pero ambas relaciones son muy similares, por no decir sino? nimas, en cuanto describen, en palabras de Heidegger, habitar como
<<la manera que tienen los mortales de estar en la Tierra>>, y en cuanto implican tambie? n la intuicio? n de que <<la caracteri? stica ba? sica de habitar es proteger, preservar>>. Ma? s cercano incluso a las conclusiones a las que hemos llegado esta? el trabajo del italianista
y filo? sofo Robert Harrison, quien, en tres libros dife- rentes que conforman un u? nico y complejo discurso argumental, estudia los bosques, los lugares de en- terramiento y los jardines para elaborar lo que me gustari? a llamar un nuevo ecologismo existencial.
El prefacio del magni? fico libro de Hannah Arendt La condicio? n humana, de 1958, resuena con las poderosas reacciones que el lanzamiento del Sputnik, el primer sate? lite artificial, habi? a des- atado tan so? lo un an? o antes. Arendt estaba en desacuerdo con la opinio? n, proclamada a menudo por aquel entonces, de que el Sputnik habi? a sido
<<el primer paso hacia la huida del hombre de la ca? rcel de la Tierra>>. Estaba en desacuerdo porque crei? a que la identidad cosmolo? gica de la existen- cia humana depende del hecho de que la natura- leza misma de la cultura y sus estratos de trabajo, esfuerzo y accio? n esta? n ligados a la vida, lo que
para ella equivali? a a que todos se sustentaban en nuestra conexio? n biolo? gica con la Tierra. Esta par- ticipacio? n de la existencia humana en dos dimen- siones distintas, pero inseparables, que Arendt llamaba (cultura) artificial y (vida) natural explica por que? el nacimiento y la muerte de los seres hu- manos, la natalidad y la mortalidad, por usar sus mismas palabras, deben ser diferentes del na- cimiento y la muerte de cualquier otro ser vivo. Si llega? ramos a romper por completo nuestros vi? nculos con la Tierra, perderi? amos esa identidad y, con ella, la capacidad de trabajar, esforzarnos y actuar.
Recientes descubrimientos han venido a con- firmar las previsiones y preocupaciones de Arendt. Con una diferencia, claro: lo que pone en peligro la naturaleza existencial de habitar no son los viajes espaciales, sino las comunicaciones electro? nicas, principal soste? n y consecuencia de la globalizacio? n.
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HANS EIJKELBOOM
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? Una antropologi?
a negativa de la globalizacio?