enza que se apo- dera del
descendiente
a la vista de la posibilidad pasada para cuya realizacio?
Adorno-Theodor-Minima-Moralia
n.
La sociedad continu?
a red u-
ciendo la ent rega femenina a la condicio? n de sacrificio de la que libero? a las mujeres. Ningu? n hombre que hiciera proposiciones a una infeliz muchacha dejari? a de reconocer en la oposicio? n de e? sta - a menos que se halle embrutecido-e, el mudo momento de su derecho a la u? nica prerrogativa que concede la sociedad patriarcal a la mujer, la cual, una vez persuadida tras el breve triunfo del <<no>> debe automa? ticamente cargar con las consecuencias. Ella sabe que, desde los ori? genes, por ser la que consiente es al mismo riem. po la engan? ada. Y si a causa de ello se repliega en si? misma, tanto ma? s se engan? ara? . Esto es 10 que encierra el consejo a la novicia
que Wedekind pone en boca de la madama de un burdel: <<So? lo
hay un camino en este mundo para ser feliz, y es hacerlo todo
porque los dema? s sean lo ma? s felices posible. ? El placer propio
tiene como condicio? n un rebajarse sin li? mites, situacio? n de la que
las mujeres, por su temor arcaico, son tan poco duen? as como los
hombres en su presuncio? n. No so? lo la posibilidad objetiva, tamo
bie? n la capacidad subjetiva de felicidad pertenece primariamente a la libertad.
dado, de e? ste con la doncella, de la misma con el ioven caballero, de tal caballero con 111 dama soltera, de e? sta con el hombrc casado y as! hasta Cerrar el corro con las relaciones del conde con la meretriz. Escrita en 1897, su intencio? n era la de mostrar la igualdad de los hombres baio el impulso sexual. [N. del T. ]
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? ? ? 56
ArboJ genea16gico. -Entre Ibsen y S/ruwwdpeur " existe la ma? s profunda afinidad. Esta es del mismo ge? nero que el inva- riable parecido de las instanta? neas de todos los caracteres que llc- nan todos los a? lbumes del siglo 'xIX . ? No es Zappel-Philipp **, por el que pueden pasar los espectros, un verdadero drama fami- liar? ? No describen los versos . y la madre miraba callada I a cada lado de la mesa>> . . . . los aires de la esposa del banquero Bork- man? ? A que? puede atribuirse que Suppen-Kaspar ** acabe con- sumido sino a los pecados de su padre y a la memoria heredada de la culpa? A Priedericb ** el furioso le hace tomar el doctor Stockmann, el enemigo del pueblo, que para aleccionarle le da al perro su salchicha, la amarga pero curativa medicina. Pau/in- chen ** jugando con los f o? sforo s es la fotografi? a coloreada de la pequen? a HiLJe Wangel de la e? poca en que su madrastra, la dama del mar, la dejo? sola en casa, y el pequen? o Robert . . . . vo- landa ma? s alto que la torre de la iglesia a causa del vendaval, su creador en persona. ? Y que? otra cosa desea Hans Guck-in-die- Luft ** sino ver el sol? ? Quie? n lo atrajo al agua sino la <<Ratten- mamsell>> de El pequen? o Eyoll, de la misma estirpe que el sas- tre ** con su tijera? Pero el severo poeta hace lo mismo que der grosse Nikollls **; sumerge las estampas infantiles de la moderni- dad en su gran tintero, las ennegrece con sus faltas y las saca agita? ndose como marionetas, y de ese modo abre su propio pro- ceso .
57
Excaoacia? n. - En cuanto se pronuncia un nombre como el de Ibsen, inrnediatamenje se levantan voces tacha? ndole a e? l y a sus personajes de anticuados y superados. Son las mismas que hace sesenta an? os se escandalizaban del elemento modernista disgrega-
* F. scnuee. A"di~Freede,31. (N. d~lT. )
** Personajes del popular libro infantil de Hcoinrich Hoffmann (1798- 1874), cada uno de 105 cuales encarna, en una breve historia versificada, las faltas del comportamiento infantil, y sufrco unas consecuencias con cuya dureza no encontramos hoy otra ejemplaridad que la de la e? poca. Entre dichos pcr- sonajes, Struwwrlpcter, que da titulo al libro, representa al nin? o desarre- glado , Zappd ? Philipp al revoltoso, Suppc,,-Kaspay al que se niega a comer y 1fil"s-Cuck-i,,-di~. Luft . 1distrafdoe desatento. [N. del r. l
dar e inmoralmente atrevido de Nora y de Espectros. Ibsen, el burgue? s encarnizado, libero? su encarnizamiento sobre la sociedad de cuyos principios mismos recibio? su inflexibilidad y sus ideales. Represento? . a los diputados de la mayori? a compacta, que abuchea- ba al enemIgo del pueblo, en un pate? tico pero grani? tico monumen- to, y e? stos no se sienten todavi? a adulados. De ahi? que sigan es. tanda a la orden del di? a. Donde las gentes razonables son una? ni- mes en . calificar la conducta de los no razonables puede sospe-
c~arsc: siempre un no logrado arrumbamiento, algunas dolorosas clca~rlces'. Tal ocurre con el tema de la mujer. Es cierto que con la disoluci o? n de la economi? a competitiva liberal-masculina con la parti. cipacio? n . de las mujeres en el empleo pu? blico - q ue ? 'as hace tan independientes como los hombres dependientes- con el en- canto de la familia y el ablandamiento de los tebu? es 'sexuales el problema ya no . es, en la superficie, tan <<agudo>>. Pero la persis- tencia de la SOCIedad tradicional al mismo tiempo ha torcido la
emancipacio? n de la mujer . Nada es tan sintoma? tico de la decaden- cia del movimiento obrero como que el propio obrero no tome n? ta de e? l. En el consentimiento a las mujeres de todas las acti- vi? dades controladas posibles se esconde la permanencia en su des- human. i~acio? n. . En la gran empresa siguen siendo lo que fueron en la familia; objetos. No hay que pensar 5610 en su sombri? a joma. da laboral. ~ en su vida en el seno de la profesio? n, que establece unas condiciones de trabajo de tipo dome? stico cerrado en medio de las otras absurdas de la industria, sino tambie? n en ellas mis. mas. Do? cilmente, sin ningu? n impulso en contra, reflejan la domi-
nacio? n y se identifican con ella. En lugar de solucionar el proble- ma de la mujer, la sociedad masculina ha extendido de tal manera su principio, que las vi? ctimas no son ya en absoluto capaces de
hacerse euest~o? n d e la ~uestio? n misma. En la med id a en que se l~ conced~ cierta cuanna de bienes mercantiles aceptan con una? - n~me entuslaSm? su suerte, dejan el pensamiento para los hombres, d:f? ? m? ? n todo tipo de reflexio? n que choque con el ideal de femi- nidad propagado por la industria cultural y se abandonan de grado y por entero a la esclavitud, en la que ven la realizacio? n de su sexo. Los defectos resultantes, que son el precio que han
de pagar, y en ? rimer te? rmino la estulticia neuro? tica, contribuyen a la permanencia de la situacio? n. Ya en la e? poca de Ibsen la ma- yorfa de las mujeres que representaban algo en la burguesi? a esta- ban prontas a arremeter contra la hermana histe? rica que en su lu- gar opta~a por el desesperado intento de escapar de la prisio? n de la SOCiedad que tan severamente les oponi? a a todas ellas sus
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? cuatro paredes. Pero sus nietas se reira? n indulgentemente de la histe? rica sin sentirse afectadas y la entregara? n a la asistencia so- cial para ser sometida a un bene? fico tratamiento. La histe? rica, que deseaba lo maravilloso, es ahora relevada por la loca furiosamente
activa, que de ningu? n modo espera el triunfo del infortunio. Pero quiza? eso sea lo que ocurre siempre con toda caducidad. Esta no es consecuencia de la mera distancia temporal, sino del juicio de la historia. Su expresio? n en las cosas es la vergu?
enza que se apo- dera del descendiente a la vista de la posibilidad pasada para cuya realizacio? n llego? larde. Lo consumado puede olvidarse y a la vez conservarse en el presente. Anticuado so? lo lo es lo que fracaso? , la promesa rota de algo nuevo. No en vano se llaman <<modernas>> las mujeres de Ibsen. El odio a lo moderno y el odio a lo anticuado son lo mismo.
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LJ verdad sobre Hedda Gabler. - E I esteticismc del siglo XIX no puede entenderse histo? ricamente desde si? mismo, sino u? nica- mente en relacio? n con la realidad que lo sostuvo: los conflictos sociales. En la base de la amoralidad esta? la mala conciencia. La cri? tica no hizo sino confrontar la sociedad burguesa, as? en lo eco- no? mico como en lo moral, con sus propias normas. En cambio al estrato dominante, cuidando de no caer sencillamente en la mentira apologe? tica y su impotencia al modo de los poetas coro resanes y los novelistas conservadores, no le quedo? otro recurso que el rechazo del principio por el que se regi? a la sociedad, esto es, su propia moral. Pero la nueva posicio? n que ocupo? el pensa- miento burgue? s radical bajo la presio? n del que empezaba a abrirse paso no se agoto? en la mera sustitucio? n de la apariencia ideole? - ca por una verdad proclamada con la furia de la autodestruccio? n, en permanente irritabilidad y dispuesta a la capitulacio? n. La re- belio? n de lo bello contra lo bueno en e! sentido burgue? s fue una rebelio? n contra la bondad. La bondad misma es la deformacio? n de lo bueno. Al separar el principio moral del principio social y tras- ladarlo a la conciencia privada lo limita en un doble sentido. Renuncia a hacer realidad la situacio? n de humana dignidad que se afirma en el principio moral. En cada uno de sus actos hay inscrito algo de consoladora resignacio? n: tiende a la mitigacio? n, no a la curacio? n, y la conciencia de la Incurabi? lldad termina pac- tando con aque? lla. De ese modo la bondad es limitada tambie? n
en si? misma. Su falta esta? en la familiaridad. Aparenta relaciones directas entre los hombres y anula la distancia so? lo mediante la cual puede el individuo protegerse de la manipulacio? n de lo gene- ral. Precisamente en el contacto ma? s estrecho es donde ma? s dolo- rosamente experimenta la diferencia no superada. La condicio? n de ajeno es el u? nico anti? doto de la enajenacio? n. La efi? mera ima- gen de armoni? a con que se deleita la bondad no hace ma? s que resaltar tanto ma? s cruelmente en lo inconciliable e! sufrimiento que imprudentemente niega. El atentado al buen gusto y al res- peto -del que ninguna actitud bondadosa se libra - consuma la nivelacio? n a que se opone la impotente utopi? a de lo bello. Asi? resulto? ser desde los comienzos de la sociedad industrializada la decisio? n por 10 malo no s610 anuncio de la barbarie, sino tambie? n ma? scara de lo bueno. Su nobleza se troco? en maldad al atraerse todo el odio y todo el resentimiento del orden establecido que in-
culcaba a sus subordinados el bien forzoso a fin de poder conti- nuar siendo malo impunemente. Cuando Hedda Gabler mcniflca a su ti? a julle, persona infundida hasta la me? dula de buenos senti- mientos; cuando intencionadamente le dice que el espantoso som- brero que se ha puesto para honrar a la hija del general debe ser el de la sirvienta, la insatisfecha no desahoga sa? dicamente su odio al viscoso matrimonio en la indefensa, sino que ofende a lo mejor,
objeto de su aspiracio? n, porque en lo mejor reconoce el agravio de lo bueno. De manera inconsciente y absurda ella defiende, frente a la vieja que adora a sus demen? edos sobrinos, lo absoluto. ~~ vi? cti"! a es Hedda Gabler, y no Julle. Lo bello, que cual idea fija domina a Hedda, se halla enfrentado a la moral ya antes de ridiculizarla. Pues lo bello se cierra a toda forma de lo general imponiendo de manera absoluta lo diferencial de la mera existen. cia, el azar que permitio? lograrse a una cosa y a la otra no. En lo bello lo particular y opaco se afirma como norma, como lo u? nico general, porque la normal generalidad se ha tornado demasiado transparente. Deeste modo reclama la igualdad de todo lo que no ~ libre. Pero de! mismo modo se hace tambie? n culpable al negar Juntamente con lo general la posibilidad de ir ma? s alla? de aquella mera existencia cuya opacidad no hace ma? s que reflejar la falsedad de la mala generalidad. Deesta suerte lo bello representa lo injus- ro frente a lo justo, y sin embargo lo hace justamente. En lo
bello el inciert o futuro sacrifica su vi? ctima al Moloch del presente: como en su imperio no puede haber nada por si? bueno, e? l mismo se hace malo para, en su derrota, hacer culpable al juez. La vindi- cacio? n de lo bello frente a lo bueno es la forma secularizada que
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? ? adquiere en la burguesi? a la obcecacio? n del he? roe de tragedia. En la inmanencia de la sociedad sc halla obturada la conciencia de su esencia negativa, y la negacio? n abstracta es lo u? nico que le queda a la verdad. La antimoral, al rechazar lo inmoral que hay en la moral - la rcpresio? n--, al mismo tiempo hace exclusivamente suyo su ma? s i? ntimo motivo: que junto con la limitacio? n desaparee- ca tambie? n la violencia. Por eso los motivos de la inflexible auto- cri? tica burguesa coinciden de hecho con los materialistas, que son los que hacen a aque? llos conscientes de si mismos.
59
Desde que lo vi. - EI cara? cter femenino y el ideal de feminidad conforme al cual se halla modelado, son productos de la sociedad masculina. La imagen de la naturaleza no deforme brota primaria- mente de la deformacio? n como su anti? tesis. Dondequiera que tal naturaleza pretende ser humana, la sociedad masculina aplica con plena soberani? a en las mujeres su propio correctivo, mostra? ndose con su restriccio? n como un maestro riguroso. El cara? cter femenino es una copia del <<positivo>> de la dominacio? n . Asi? resulta tan mala como e? ste. 1. 0 que dentro del sistema? tico enmascaramiento bur- gue? s se denomina en general naturaleza, es simplemente la cicatriz que deja la mutilacio? n producida por la sociedad. Si es cierto el teorema psicoanali? tico segu? n el cual las mujeres viven su cons- titucio? n psi? quica como la consecuencia de una castracio? n , e? stas tie- nen en su neurosis una vislumbre de la verdad. La que cuando sangra experimenta el hecho como una herida, sabe ma? s de si mis- ma que la que se siente como una flor porque a su marido asi? le conviene. La mentira no esta? solamente en decir que la naturaleza se afirma donde se la sufre y acata; lo que en la civilizacio? n se entiende por naturaleza es sustancialmente lo ma? s alejado de toda naturaleza, el puro convertirse uno mismo en objeto. Aquella es- pecie de feminidad basada en el instinto constituye en todos los casos el ideal por el que cada mujer debe violentamente ---con violencia masculina- esforzarse: las mujercitas resultan ser horn- brecitos. No hay ma? s que observar, bajo el efecto de los celos, co? mo tales mujeres femeninas disponen de su feminidad , co? mo la acentu? an segu? n su conveniencia haciendo que sus ojos brillen y poniendo en juego su temperamento para saber cua? n poca rela- cio? n hay en ello con un inconsciente resguardado y no estropeado
por el intelecto. Su integridad y pureza es justamente obra del yo, de la censura, del intelecto, y es por eso por lo que la mujer se adapta con tan pocos conflictos al principio de realidad del orden racional. Las naturalezas femeninas son, sin excepcio? n, conformis- tas. Que la insistencia de Nietzsche se detuviera aqui? y tomase el modelo de la naturaleza femenina, sin examen y sin experiencia, de la civilizacio? n cristiana --dc la que tan funda mentalmen te des- confiaba- , es lo que acabo? subordinando el esfuerzo de su pensa- miento a la sociedad burguesa. Cayo? en la trampa de decir <<la mujer>> cuando hablaba de las mujeres. De ahi? el pe? rfido consejo de no olvidar el la? tigo: la propia mujer es ya el efecto del la? tigo. La liberacio? n de la naturaleza consiste en eliminar su autoposi- cio? n. La glorificacio? n del cara? cter femenino trae consigo la humi- llacio? n de todas las que lo poseen.
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RehabiJilaci6n de la moraJ. -EI amoralismo con el que Nieta- sehe embistio? contra la vieja falsedad tampoco escapa al veredicto de la historia. Con la disolucio? n de la religio?
ciendo la ent rega femenina a la condicio? n de sacrificio de la que libero? a las mujeres. Ningu? n hombre que hiciera proposiciones a una infeliz muchacha dejari? a de reconocer en la oposicio? n de e? sta - a menos que se halle embrutecido-e, el mudo momento de su derecho a la u? nica prerrogativa que concede la sociedad patriarcal a la mujer, la cual, una vez persuadida tras el breve triunfo del <<no>> debe automa? ticamente cargar con las consecuencias. Ella sabe que, desde los ori? genes, por ser la que consiente es al mismo riem. po la engan? ada. Y si a causa de ello se repliega en si? misma, tanto ma? s se engan? ara? . Esto es 10 que encierra el consejo a la novicia
que Wedekind pone en boca de la madama de un burdel: <<So? lo
hay un camino en este mundo para ser feliz, y es hacerlo todo
porque los dema? s sean lo ma? s felices posible. ? El placer propio
tiene como condicio? n un rebajarse sin li? mites, situacio? n de la que
las mujeres, por su temor arcaico, son tan poco duen? as como los
hombres en su presuncio? n. No so? lo la posibilidad objetiva, tamo
bie? n la capacidad subjetiva de felicidad pertenece primariamente a la libertad.
dado, de e? ste con la doncella, de la misma con el ioven caballero, de tal caballero con 111 dama soltera, de e? sta con el hombrc casado y as! hasta Cerrar el corro con las relaciones del conde con la meretriz. Escrita en 1897, su intencio? n era la de mostrar la igualdad de los hombres baio el impulso sexual. [N. del T. ]
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ArboJ genea16gico. -Entre Ibsen y S/ruwwdpeur " existe la ma? s profunda afinidad. Esta es del mismo ge? nero que el inva- riable parecido de las instanta? neas de todos los caracteres que llc- nan todos los a? lbumes del siglo 'xIX . ? No es Zappel-Philipp **, por el que pueden pasar los espectros, un verdadero drama fami- liar? ? No describen los versos . y la madre miraba callada I a cada lado de la mesa>> . . . . los aires de la esposa del banquero Bork- man? ? A que? puede atribuirse que Suppen-Kaspar ** acabe con- sumido sino a los pecados de su padre y a la memoria heredada de la culpa? A Priedericb ** el furioso le hace tomar el doctor Stockmann, el enemigo del pueblo, que para aleccionarle le da al perro su salchicha, la amarga pero curativa medicina. Pau/in- chen ** jugando con los f o? sforo s es la fotografi? a coloreada de la pequen? a HiLJe Wangel de la e? poca en que su madrastra, la dama del mar, la dejo? sola en casa, y el pequen? o Robert . . . . vo- landa ma? s alto que la torre de la iglesia a causa del vendaval, su creador en persona. ? Y que? otra cosa desea Hans Guck-in-die- Luft ** sino ver el sol? ? Quie? n lo atrajo al agua sino la <<Ratten- mamsell>> de El pequen? o Eyoll, de la misma estirpe que el sas- tre ** con su tijera? Pero el severo poeta hace lo mismo que der grosse Nikollls **; sumerge las estampas infantiles de la moderni- dad en su gran tintero, las ennegrece con sus faltas y las saca agita? ndose como marionetas, y de ese modo abre su propio pro- ceso .
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Excaoacia? n. - En cuanto se pronuncia un nombre como el de Ibsen, inrnediatamenje se levantan voces tacha? ndole a e? l y a sus personajes de anticuados y superados. Son las mismas que hace sesenta an? os se escandalizaban del elemento modernista disgrega-
* F. scnuee. A"di~Freede,31. (N. d~lT. )
** Personajes del popular libro infantil de Hcoinrich Hoffmann (1798- 1874), cada uno de 105 cuales encarna, en una breve historia versificada, las faltas del comportamiento infantil, y sufrco unas consecuencias con cuya dureza no encontramos hoy otra ejemplaridad que la de la e? poca. Entre dichos pcr- sonajes, Struwwrlpcter, que da titulo al libro, representa al nin? o desarre- glado , Zappd ? Philipp al revoltoso, Suppc,,-Kaspay al que se niega a comer y 1fil"s-Cuck-i,,-di~. Luft . 1distrafdoe desatento. [N. del r. l
dar e inmoralmente atrevido de Nora y de Espectros. Ibsen, el burgue? s encarnizado, libero? su encarnizamiento sobre la sociedad de cuyos principios mismos recibio? su inflexibilidad y sus ideales. Represento? . a los diputados de la mayori? a compacta, que abuchea- ba al enemIgo del pueblo, en un pate? tico pero grani? tico monumen- to, y e? stos no se sienten todavi? a adulados. De ahi? que sigan es. tanda a la orden del di? a. Donde las gentes razonables son una? ni- mes en . calificar la conducta de los no razonables puede sospe-
c~arsc: siempre un no logrado arrumbamiento, algunas dolorosas clca~rlces'. Tal ocurre con el tema de la mujer. Es cierto que con la disoluci o? n de la economi? a competitiva liberal-masculina con la parti. cipacio? n . de las mujeres en el empleo pu? blico - q ue ? 'as hace tan independientes como los hombres dependientes- con el en- canto de la familia y el ablandamiento de los tebu? es 'sexuales el problema ya no . es, en la superficie, tan <<agudo>>. Pero la persis- tencia de la SOCIedad tradicional al mismo tiempo ha torcido la
emancipacio? n de la mujer . Nada es tan sintoma? tico de la decaden- cia del movimiento obrero como que el propio obrero no tome n? ta de e? l. En el consentimiento a las mujeres de todas las acti- vi? dades controladas posibles se esconde la permanencia en su des- human. i~acio? n. . En la gran empresa siguen siendo lo que fueron en la familia; objetos. No hay que pensar 5610 en su sombri? a joma. da laboral. ~ en su vida en el seno de la profesio? n, que establece unas condiciones de trabajo de tipo dome? stico cerrado en medio de las otras absurdas de la industria, sino tambie? n en ellas mis. mas. Do? cilmente, sin ningu? n impulso en contra, reflejan la domi-
nacio? n y se identifican con ella. En lugar de solucionar el proble- ma de la mujer, la sociedad masculina ha extendido de tal manera su principio, que las vi? ctimas no son ya en absoluto capaces de
hacerse euest~o? n d e la ~uestio? n misma. En la med id a en que se l~ conced~ cierta cuanna de bienes mercantiles aceptan con una? - n~me entuslaSm? su suerte, dejan el pensamiento para los hombres, d:f? ? m? ? n todo tipo de reflexio? n que choque con el ideal de femi- nidad propagado por la industria cultural y se abandonan de grado y por entero a la esclavitud, en la que ven la realizacio? n de su sexo. Los defectos resultantes, que son el precio que han
de pagar, y en ? rimer te? rmino la estulticia neuro? tica, contribuyen a la permanencia de la situacio? n. Ya en la e? poca de Ibsen la ma- yorfa de las mujeres que representaban algo en la burguesi? a esta- ban prontas a arremeter contra la hermana histe? rica que en su lu- gar opta~a por el desesperado intento de escapar de la prisio? n de la SOCiedad que tan severamente les oponi? a a todas ellas sus
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? cuatro paredes. Pero sus nietas se reira? n indulgentemente de la histe? rica sin sentirse afectadas y la entregara? n a la asistencia so- cial para ser sometida a un bene? fico tratamiento. La histe? rica, que deseaba lo maravilloso, es ahora relevada por la loca furiosamente
activa, que de ningu? n modo espera el triunfo del infortunio. Pero quiza? eso sea lo que ocurre siempre con toda caducidad. Esta no es consecuencia de la mera distancia temporal, sino del juicio de la historia. Su expresio? n en las cosas es la vergu?
enza que se apo- dera del descendiente a la vista de la posibilidad pasada para cuya realizacio? n llego? larde. Lo consumado puede olvidarse y a la vez conservarse en el presente. Anticuado so? lo lo es lo que fracaso? , la promesa rota de algo nuevo. No en vano se llaman <<modernas>> las mujeres de Ibsen. El odio a lo moderno y el odio a lo anticuado son lo mismo.
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LJ verdad sobre Hedda Gabler. - E I esteticismc del siglo XIX no puede entenderse histo? ricamente desde si? mismo, sino u? nica- mente en relacio? n con la realidad que lo sostuvo: los conflictos sociales. En la base de la amoralidad esta? la mala conciencia. La cri? tica no hizo sino confrontar la sociedad burguesa, as? en lo eco- no? mico como en lo moral, con sus propias normas. En cambio al estrato dominante, cuidando de no caer sencillamente en la mentira apologe? tica y su impotencia al modo de los poetas coro resanes y los novelistas conservadores, no le quedo? otro recurso que el rechazo del principio por el que se regi? a la sociedad, esto es, su propia moral. Pero la nueva posicio? n que ocupo? el pensa- miento burgue? s radical bajo la presio? n del que empezaba a abrirse paso no se agoto? en la mera sustitucio? n de la apariencia ideole? - ca por una verdad proclamada con la furia de la autodestruccio? n, en permanente irritabilidad y dispuesta a la capitulacio? n. La re- belio? n de lo bello contra lo bueno en e! sentido burgue? s fue una rebelio? n contra la bondad. La bondad misma es la deformacio? n de lo bueno. Al separar el principio moral del principio social y tras- ladarlo a la conciencia privada lo limita en un doble sentido. Renuncia a hacer realidad la situacio? n de humana dignidad que se afirma en el principio moral. En cada uno de sus actos hay inscrito algo de consoladora resignacio? n: tiende a la mitigacio? n, no a la curacio? n, y la conciencia de la Incurabi? lldad termina pac- tando con aque? lla. De ese modo la bondad es limitada tambie? n
en si? misma. Su falta esta? en la familiaridad. Aparenta relaciones directas entre los hombres y anula la distancia so? lo mediante la cual puede el individuo protegerse de la manipulacio? n de lo gene- ral. Precisamente en el contacto ma? s estrecho es donde ma? s dolo- rosamente experimenta la diferencia no superada. La condicio? n de ajeno es el u? nico anti? doto de la enajenacio? n. La efi? mera ima- gen de armoni? a con que se deleita la bondad no hace ma? s que resaltar tanto ma? s cruelmente en lo inconciliable e! sufrimiento que imprudentemente niega. El atentado al buen gusto y al res- peto -del que ninguna actitud bondadosa se libra - consuma la nivelacio? n a que se opone la impotente utopi? a de lo bello. Asi? resulto? ser desde los comienzos de la sociedad industrializada la decisio? n por 10 malo no s610 anuncio de la barbarie, sino tambie? n ma? scara de lo bueno. Su nobleza se troco? en maldad al atraerse todo el odio y todo el resentimiento del orden establecido que in-
culcaba a sus subordinados el bien forzoso a fin de poder conti- nuar siendo malo impunemente. Cuando Hedda Gabler mcniflca a su ti? a julle, persona infundida hasta la me? dula de buenos senti- mientos; cuando intencionadamente le dice que el espantoso som- brero que se ha puesto para honrar a la hija del general debe ser el de la sirvienta, la insatisfecha no desahoga sa? dicamente su odio al viscoso matrimonio en la indefensa, sino que ofende a lo mejor,
objeto de su aspiracio? n, porque en lo mejor reconoce el agravio de lo bueno. De manera inconsciente y absurda ella defiende, frente a la vieja que adora a sus demen? edos sobrinos, lo absoluto. ~~ vi? cti"! a es Hedda Gabler, y no Julle. Lo bello, que cual idea fija domina a Hedda, se halla enfrentado a la moral ya antes de ridiculizarla. Pues lo bello se cierra a toda forma de lo general imponiendo de manera absoluta lo diferencial de la mera existen. cia, el azar que permitio? lograrse a una cosa y a la otra no. En lo bello lo particular y opaco se afirma como norma, como lo u? nico general, porque la normal generalidad se ha tornado demasiado transparente. Deeste modo reclama la igualdad de todo lo que no ~ libre. Pero de! mismo modo se hace tambie? n culpable al negar Juntamente con lo general la posibilidad de ir ma? s alla? de aquella mera existencia cuya opacidad no hace ma? s que reflejar la falsedad de la mala generalidad. Deesta suerte lo bello representa lo injus- ro frente a lo justo, y sin embargo lo hace justamente. En lo
bello el inciert o futuro sacrifica su vi? ctima al Moloch del presente: como en su imperio no puede haber nada por si? bueno, e? l mismo se hace malo para, en su derrota, hacer culpable al juez. La vindi- cacio? n de lo bello frente a lo bueno es la forma secularizada que
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? ? adquiere en la burguesi? a la obcecacio? n del he? roe de tragedia. En la inmanencia de la sociedad sc halla obturada la conciencia de su esencia negativa, y la negacio? n abstracta es lo u? nico que le queda a la verdad. La antimoral, al rechazar lo inmoral que hay en la moral - la rcpresio? n--, al mismo tiempo hace exclusivamente suyo su ma? s i? ntimo motivo: que junto con la limitacio? n desaparee- ca tambie? n la violencia. Por eso los motivos de la inflexible auto- cri? tica burguesa coinciden de hecho con los materialistas, que son los que hacen a aque? llos conscientes de si mismos.
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Desde que lo vi. - EI cara? cter femenino y el ideal de feminidad conforme al cual se halla modelado, son productos de la sociedad masculina. La imagen de la naturaleza no deforme brota primaria- mente de la deformacio? n como su anti? tesis. Dondequiera que tal naturaleza pretende ser humana, la sociedad masculina aplica con plena soberani? a en las mujeres su propio correctivo, mostra? ndose con su restriccio? n como un maestro riguroso. El cara? cter femenino es una copia del <<positivo>> de la dominacio? n . Asi? resulta tan mala como e? ste. 1. 0 que dentro del sistema? tico enmascaramiento bur- gue? s se denomina en general naturaleza, es simplemente la cicatriz que deja la mutilacio? n producida por la sociedad. Si es cierto el teorema psicoanali? tico segu? n el cual las mujeres viven su cons- titucio? n psi? quica como la consecuencia de una castracio? n , e? stas tie- nen en su neurosis una vislumbre de la verdad. La que cuando sangra experimenta el hecho como una herida, sabe ma? s de si mis- ma que la que se siente como una flor porque a su marido asi? le conviene. La mentira no esta? solamente en decir que la naturaleza se afirma donde se la sufre y acata; lo que en la civilizacio? n se entiende por naturaleza es sustancialmente lo ma? s alejado de toda naturaleza, el puro convertirse uno mismo en objeto. Aquella es- pecie de feminidad basada en el instinto constituye en todos los casos el ideal por el que cada mujer debe violentamente ---con violencia masculina- esforzarse: las mujercitas resultan ser horn- brecitos. No hay ma? s que observar, bajo el efecto de los celos, co? mo tales mujeres femeninas disponen de su feminidad , co? mo la acentu? an segu? n su conveniencia haciendo que sus ojos brillen y poniendo en juego su temperamento para saber cua? n poca rela- cio? n hay en ello con un inconsciente resguardado y no estropeado
por el intelecto. Su integridad y pureza es justamente obra del yo, de la censura, del intelecto, y es por eso por lo que la mujer se adapta con tan pocos conflictos al principio de realidad del orden racional. Las naturalezas femeninas son, sin excepcio? n, conformis- tas. Que la insistencia de Nietzsche se detuviera aqui? y tomase el modelo de la naturaleza femenina, sin examen y sin experiencia, de la civilizacio? n cristiana --dc la que tan funda mentalmen te des- confiaba- , es lo que acabo? subordinando el esfuerzo de su pensa- miento a la sociedad burguesa. Cayo? en la trampa de decir <<la mujer>> cuando hablaba de las mujeres. De ahi? el pe? rfido consejo de no olvidar el la? tigo: la propia mujer es ya el efecto del la? tigo. La liberacio? n de la naturaleza consiste en eliminar su autoposi- cio? n. La glorificacio? n del cara? cter femenino trae consigo la humi- llacio? n de todas las que lo poseen.
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RehabiJilaci6n de la moraJ. -EI amoralismo con el que Nieta- sehe embistio? contra la vieja falsedad tampoco escapa al veredicto de la historia. Con la disolucio? n de la religio?