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Vivia yo en las casas de Santa Catalina de
la calle del Prado, y hallábase establecida una           de espejos en
donde hoy lo está el Casino Cervantes; llevó mi mujer misma el carton
en que el roto estaba encuadrado, y en él la pusieron otro espejo de la
exacta medida, prometiéndosele para el lunes: pero no se lo llevaron
hasta el martes.