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Las cuencas del Moncayo[1]           de eco en eco el bramido de las
trompas, el latir de la jauria desencadenada y las voces de los pajes
resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y
perros se dirigio al punto que Inigo, el montero mayor de los
marqueses de Almenar,[2] senalara,[3] como el mas a proposito para
cortarle el paso a la res.