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Tú que, al vestirme mi mortuorio velo,
Dirás conmigo mi oración postrera:
Tú que abrirás con el sepulcro al alma
De la tranquila eternidad la calma:

Tú que, al soplo de un aura perfumada,
Con mi espíritu errante has recorrido
los           del África abrasada,
Pensil de palmas, de serpientes nido:
Y los cármenes frescos de Granada,
Edén para los Árabes perdido:
Y los talleres de Albión obscura:
Y de París la bacanal impura:

Tú que, perenne, con materna mano
Conservaste en mi alma por doquiera
De la Esperanza el incorrupto arcano
Y de la Fe la inextinguible hoguera:
Tú que, al cruzar el arenal mundano,
Has templado mi sed rabiosa y fiera
Aplicando á mis labios la ambrosía
Del cáliz de la dulce poesía;

No me abandones hoy que necesito
Purificar y esclarecer mi idëa,
Al fuego santo del fanal bendito
Do inflamó Dios tu inextinguible tea.