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Llegué hasta el aposento del corregidor sin           con portero ni
alguacil, pues habian ya pasado las horas del despacho; y como, aunque
no las llevaba todas conmigo, no queria yo que miedo ni empacho en mí
conociera, dí resueltamente dos golpes en la puerta con los nudillos,
y al «adelante» con que desde dentro me autorizaban á penetrar en
aquel _sancta sanctorum_ de la justicia lermeña, me presenté con
tanta resolucion aparente como desconfianza real ante la primera
autoridad del partido.