n el impedir el
conocimiento
de los sufrimientos que provoca,
y del evangelio de la alegria de vivir II la instalacio?
y del evangelio de la alegria de vivir II la instalacio?
Adorno-Theodor-Minima-Moralia
a de las veces simplemente representa elesquema del mismo infortunio en otra forma.
37
Aquende el principio del placer. -Los rasgos represivos de Freud nada tienen que ver con aquella falta de indulgencia que sen? alan los ha? biles negociantes que son los revisionistas de la teo- ri? a sexual estricta. La indulgencia profesional finge por motivos de provecho proximidad y naturalidad donde nadie sabe dc na- die. Engan? a a su vi? ctima al afirmar en su debilidad el curso del mundo que la hizo como es, y su injusticia con ella es tanta como su renuncia a la verdad. Si Freud carecio? de tal indulgencia, por lo menos formari? a ahora parte de la sociedad de los cri? ticos de la economi? a poli? tica, que es mejor que la de Tagore o Werfel. Lo fatal radica ma? s bien en que e? l siguio? de un modo materialista, y contra la ideologi? a burguesa, la accio? n consciente hasta el fondo inconsciente de los impulsos, pero adhirie? ndose a la vez al menos- precio burgue? s del instinto, producto e? ste de aquellas racionaliza- ciones que e? l desarmo? . El se pliega expresamente, en palabras de sus lecciones, <<a la estimacio? n general. . . , que coloca los objetivos sociales por encima de los sexuales, en el fondo egoi? stas>>. Como especialista de la psicologi? a acepta en bloque, sin ana? lisis, la con- traposicio? n de social a egoi? sta. Tan poco capaz es de reconocer en ella la obra de la sociedad represiva como la huella de los fatales mecanismos que e? l mismo analizo? . 0 , mejor dicho, vacila falto de teori? a y ajusta? ndose al prejuicio entre negar la renuncia al ins- tinto como represio? n contraria a la realidad o alabarla como subli- macio? n estimulante de la cultu ra. En esta contradiccio? n asoma de
modo objetivo algo de la doble faz de Jano de la cultura misma, y ningu? n elogio de la sana sensualidad es capaz de suavizarla. Re- sultado de la cual sera? , sin embargo, en Freud la desvalorizacio? n del elemento cri? tico para los objetivos del ana? lisis. La inaclarada d aridad de Freud sigue el juego a la desilusio? n burguesa. Como posterior enemigo de la hipocresi? a se situ? a ambiguamente entre la voluntad de una total emancipacio? n del oprimido y la apologi? a de la total opresio? n. La razo? n es para e? l mera superestructura, no tanto debido, como le reprocha la filosofi? a oficial, a su psicolo- gismo, el cual penetra bastante profundamente en la verdad del momento histo? rico, como a causa de su rechazo de la finalidad
lejana al significado y carente de razo? n en la que el medio que es la razo? n podri? a mostrarse racional: el placer. Tan pronto como e? ste es desden? osameme colocado entre las artiman? as para la con. servaci e? n de la especie y, por asi? decirlo, disuelto en la astuta ra- zo? n sin nombrar el momento que trasciende el ci? rculo de la cadu. ci? ded natural, la ratio queda degrada a racionalizacio? n. La verdad es entregada a la relatividad y los hombres al poder. So? lo quien pudiera encerrar la utopi? a en el ciego placer soma? tico, que carece de intencio? n a la par que satisface la intencio? n u? ltima, seri? a capaz de una idea de la verdad que se mantuviera inalterada. Pero en la obra de Freud se reproduce i? ni? nrenci? onedameme la doble hos- tilidad hacia el espi? ritu y hacia el placer, cuya comu? n rai? z pudo conocerse precisamente gracias a los medios que aporto? el psico- ana? lisis. El pasaje de <<Zukunnft einer Illuslon>>, en el que, con
la poco digna sabiduri? a de un viejo escarmentado, escribe aquella frase, propia de un commis voyagt'ur, sobre el cielo: que lo dejamos para los a? ngeles y los gorriones, forma pareja con aquel pa? rrafo de sus lecciones donde condena espantado las pra? cticas per- versas del gran mundo. Aquellos a los que en igual medida se in- dispone contra el placer y el cielo son los que mejor cumpli ra? n lue- go con su papel de objetos: lo que de vaci? o y mecanizado tan a menudo se observa en los perfectamente analizados, no es so? lo efecto de su enfermedad, sino tambie? n de su curacio? n, la cual des- truye lo que libera. El feno? meno de la transferencia, tan estimado en la terapia, cuya provocacio? n no en vano constituye la crux de la labor de ana? lisis, la situacio? n artificial en la que el sujeto volun- taria y penosamente realiza aquella anulacio? n de si? mismo que antes se produci? a de manera involuntaria y feliz en el abandono, es ya el esquema del comportamiento reflejo que, como una mar-
cha tras el gui? a, liquida junto con el espi? ritu tambie? n a los analis- tas infieles a e? l.
38
Invitacio? n al vals. -El psicoana? lisis suele ufanarse de devolver a los hombres su capacidad de goce cuando e? sta ha sido perturbada por el enfermamiento de neurosis. Como si la simple expresio? n capacidad de goce no bastara ya, si es que la hay, para disminuirla notablemente. Como si una felicidad producto de la especulacio? n sobre la felicidad no fuera justo lo contrario de la felicidad: una
58
59
? ? ? ? ? ? ? penetracio? n forzada de los comportamientos i. nstitucionalmen! e p~a- nificados en el a? mbito cada vez ma? s encogido de la expenenca. Que? situacio? n no habra? alcanzado la conciencia imperante para que la decidida proclamacio? n de la vida disipada y la alegria acompa- n? ada de champagne, antes reservadas a los adictos a las operetas hu? ngaras, se haya elevado con brutal seriedad a ma? xima de la vida adecuada. La felicidad decretada tiene adema? s este otro aspecto: para poder repartirla, el neuro? tico con su felicidad devuelta d~be tambie? n renunciar a la u? ltima parti? cula de razo? n que la represio? n
y la regresio? n le hubieran dejado y, en honor del psicoanalist~, entusiasmarse sin discriminacio? n con las peli? culas, con las comr- das, caras pero malas, en los restaurantes franceses, con ~I drink ma? s reputado y con el sexo dosificado. La frase de Schi? ller <<la
vida es sin embargo bella>>, que siempre fue papiermache? , se . h~ convertido en mera idiotez desde que es pregonada en complici- dad con la propaganda omnipresente a cuya lumbre tambie? n el psicoana? lisis aporto? su len? a a despecho de sus otra~ p? s! ~ilidades mejores. Dado que la gente tiene cada vez menos inhibiciones, o no demasiadas sin estar por ello ni una pizca ma? s sanas, un me? ro- do cata? rtico cuya norma no fuese la perfecta adaptacio? n y el e? xito
econo? mico tendri? a que ir encaminado a despertar en los hombres la conciencia de la infelicidad, de la general y de la propia e irre- mediable derivada de la primera, y a quitarles las falsas satisfac- ciones en virtud de las cuales se mantiene en ellos con vida el orden aborrecible que externamente da la apariencia de no tener- los en su poder. So? lo con el hasti? o del falsogoce, ~on. 1a avers~o? ? a lo que se ofrece y con la sensacio? n de la insuficiencia de fclici? - dad, incluso donde todavi? a existe alguna -para no hablar de don- de se consigue con el esfuerzo de una oposicio? n, que se supone
patolo? gica, a sus subrogados impuestos-c-, se tendri? a una idea de lo que se podri? a experimentar. La exhortacio? n a la happiness, en la que coinciden el cienti? fico entusiasta que es el director del sa- natorio y el nervioso jefe publicitario de la industria del pla~~r, tiene todos los rasgos del padre temible que brama contra los hIJOS por no bajar jubilosos las escaleras cuando, malhumorado, vu~ve del trabajo a casa. Es caracteri? stico del mecanismo de la domina- cio?
n el impedir el conocimiento de los sufrimientos que provoca,
y del evangelio de la alegria de vivir II la instalacio? n de mataderos humanos hay un camino recto, aunque este? n e? stos, como en Polo- nia, tan apartados que cada uno de sus habitantes puede c:'nven- cerse de no oi? r los gritos de dolor , T al es el esquema de la Imper- turbada capacidad de goce. El psicoana? lisis puede confirmarle con
aires de triunfo al que llama a las cosas por su nombre que pa- dece de complejo de Edipo.
39
El Yo es el Ello. - Es habitual poner en conexio? n el desarrollo de la psicologi? a con el ascenso del individuo burgue? s asi? en la antigu? edad como desde el Renacimiento. Ello no deberi? a pasar por alto el momento contrario que la psicologi? a tiene en comu? n con la clase burguesa y que hoy va camino de la exclusividad: la opresio? n y la disolucio? n del individuo a cuyo servicio estaba la reversio? n del conocimiento en el sujeto del mismo. Si toda psico- logi? a desde Prota? goras ha exaltado al hombre con la idea de que e? ste es la medida de todas las cosas, con ello lo ha convertido tambie? n desde el principio en objeto, en materia de ana? lisis, y una vez colocado al lado de las cosas, lo ha rendido a su nulidad. La negacio? n de la verdad objetiva mediante el recurso al su- jeto incluye su propia negacio? n: ninguna medida es ya medida de todas las cosas; e? sta cae en la contingencia y se convierte en no verdad. Pero esto remite al proceso real de la vida en la socie- dad. El principio de la dominacio? n humana, que evoluciono? hacia un principio absoluto, ha vuelto asi? su punta contra el hombre como objeto absoluto, y la psicologi? a ha colaborado en ello afi- lando dicha punta. El yo, su idea rectora y su objeto a priori, ha aparecido siempre bajo su mirada como algo a la vez no exis- tente. Mientras la psicologi? a pudo apoyarse en el hecho de que el sujeto en la sociedad del intercambio no es tal sujeto, sino en realidad su objeto, pudo proporcionarle a e? sta las armas para ha- cer tanto ma? s de e? l un objeto y mantener su sumisio? n. El frac- cionamiento del hombre en sus capacidades es una proyecci o? n de la divisio? n del trabajo sobre sus presuntos sujetos inseparable del intere? s por procurarles el mayor provecho para poder manipular- los. La psicote? cnica no es ninguna forma degenerativa de la psi- cologi? a, sino su principio inmanente. Hume, cuya obra da fe en cada frase de un humanismo real a la vez que arrincona al yo en- tre los prejuicios, expresa en semejante contradiccio? n la esencia de la psicologi? a como tal. Y aun tiene a la verdad de su parte en tanto que 10 que e? l pone como yo es, en efecto, mero prejuicio, la hipo? stasis ideolo? gica de los centros abstractos de la dominacio? n,
60
61
? ? cuya cri? tica exige la demolicio? n de la ideologi? a de la <<personali- dad>>. Ma? s tal demolicio? n hace tambie? n a sus residuos tanto ma? s dominables. En el psicoana? lisis ello se vuelve i? lagrame. Este se hace cargo de la personalidad como mentira de la vida, como la racionalizacio? n ma? xima que reu? ne las innumerables racionaliza- ciones en cuya virtud el individuo lleva a efecto su renuncia a los
impulsos ajusta? ndose al principio de realidad. Mas al propio tiem- po, en esa misma evaluacio? n le confirma al individuo su no-ser. Le enajena de si mismo, denuncia junto con su unidad su auto- nomi? a y lo somete asi? por completo al mecanismo de la raciona- lizacio? n, a la adaptacio? n. La denodada cri? tica del yo en uno mis- mo conduce a la exigencia de capitulacio? n de! de los dema? s. Al final, la sabiduri? a de los psicoanalistas se identifica con la que el inconsciente fascista de las revistas sensacionalistas les atribuye, con la te? cnica de un rackel especial para atraer a los hombres atormentados y desamparados, manejarlos y explotarlos. La suges- tio? n y la hipnosis, que repudia por apo? crifas como al ilusionista de feria en su barraca, se insinu? an en su grandioso sistema como en la superproduccio? n cinematogra? fica el viejo ci? netoscopi? o . El que ayuda porque sabe, se convierte en e! que rebaja alotro des- de el privilegio de su sapiencia. De la cri? tica de la conciencia burguesa so? lo queda el encogimiento de hombros con que todos los me? dicos manifiestan su secreta certidumbre de la muerte. En la psicologfe, en el fraude abismal de lo puramente interior, que no en vano tiene que ver con las <<properties>> de los hombres, se refleja lo que la organizacio? n de la sociedad burguesa desde siem- pre hizo con la propiedad exterior. La desarrollo? como un resul- tado del intercambio social, pero con una cla? usula objetiva de re- tencio? n que cada burgue? s daba por sobreentendida. De este modo, el individuo recibe la investidura de la clase, y los que la otorgan esta? n dispuestos a retira? rsela en cuanto la propiedad general pue? da resultar peligrosa a su propio principio, que es precisamente e! de la retencio? n. La psicologi? a repite con las cualidades lo acon- tecido con la propiedad. Expropia al individuo al concederle su clase de felicidad.
40
Hablar siempre, pensar nunca. - D csde que con la ayuda del
cine. las soap operas y el horney la psicologi? a profunda penetra 62
en los u? ltimos rincones, la cultura organizada corta a los hombres el acceso a la u? ltima posibilidad de la experiencia de si? mismos. El esclarecimiento ya facilitado transforma no so? lo la reflexio? n esponta? nea, sino tambie? n la visio? n anali? tica, cuya fuerza es igual a la energi? a y el sufrimiento con que se alcanza, en productos de masas, y los dolorosos secretos de la historia individual, que el me? todo ortodoxo se inclina ya a reducir a fo? rmulas, en vulgares convenciones. La disolucio? n de las racionalizaciones se torna ella misma una racionalizacio? n. En lugar de tomar sobre si? la labor
de aurognosis, los adoctrinados adquieren la capacidad de subsu. mir todos los conflictos bajo conceptos como complejo de infe- rioridad, dependencia materna, extroversio? n e introversio? n, que en el fondo son poco menos que inu? tiles. El horror al abismo del yo es eliminado mediante la conciencia de que no se trata ma? s que de una artritis o de sinus troubles, De ese modo pierden los conflictos su aspecto amenazador. Son aceptados; pero en modo alguno dominados, sino encajados en la superficie de la vida nor- mada como gajes inevitables de la misma. Slmultaneenre son ab- sorbidos como un mal universal por el mecanismo de la inmediata identificacio? n del individuo con la instancia social, mecanismo que
desde hace tiempo ha definido las conductas presuntamente ncr- males. En el lugar de la catar sis, cuya excelencia es de todos mo- dos dudosa, aparece la procurad o? n del placer de ser hasta en la propia debilidad un exponente de la mayori? a y asi? conseguir no tant? , como antan? o los internados en los sanatorios, el prestigio del Interesante caso patolo? gico como, justamente en virtud de los defectos que se padecen, acreditar la pertenencia a esa mayoria y concentrar en si? el poder y la magnitud de lo colectivo. El narci- s. is~? , que con ~a ~ecadencia del yo queda privado de su objeto Hbi? dinal, es sustituido por el placer masoquista de no ser ma? s un
yo, y la generacio? n en ascenso vela por su ausencia de yo ma? s celosamente que por ninguno de sus bienes, como si fuese una posesio? n comu? n duradera. El imperio de la cosificacio? n y de la norma se expande asi? hasta abarcar su extrema contradiccio? n: lo supuestamente anormal y cao? tico. Lo inconmensurable se vuelve de ese modo conmensurable, y el individuo apenas es ya capaz de acto alguno que no sea susceptible de figurar como ejemplo de e? sta o aquella constelacio? n pu? blicamente reconocida. Esta identi- cacio? n exteriormente aceptada y en cierto modo efectuada ma? s alla? de la dina? mica propia acaba eliminando, junto con la genuina conciencia del propio acto, el acto mismo. Este se torna una reac- cio? n provocable y revocable de a? tomos estereotipados a esti? mulos
63
? ? estereotipados. Por otra parte, la convencionalizacie? ri del psico- ana? lisis lleva a efecto su particular castracio? n: los motivos sexua- les, en parte negados, en parte aprobados, se vuelven completa- mente inofensivos, mas tambie? n completamente fu? tiles. Junto con la angustia que producen se desvanece igualmente el placer que pueden producir. De este modo, el propio psicoana? lisis resulta ser una vi? ctima de la sustitucio? n del Super-Yo recibido por la acepta- cio?
37
Aquende el principio del placer. -Los rasgos represivos de Freud nada tienen que ver con aquella falta de indulgencia que sen? alan los ha? biles negociantes que son los revisionistas de la teo- ri? a sexual estricta. La indulgencia profesional finge por motivos de provecho proximidad y naturalidad donde nadie sabe dc na- die. Engan? a a su vi? ctima al afirmar en su debilidad el curso del mundo que la hizo como es, y su injusticia con ella es tanta como su renuncia a la verdad. Si Freud carecio? de tal indulgencia, por lo menos formari? a ahora parte de la sociedad de los cri? ticos de la economi? a poli? tica, que es mejor que la de Tagore o Werfel. Lo fatal radica ma? s bien en que e? l siguio? de un modo materialista, y contra la ideologi? a burguesa, la accio? n consciente hasta el fondo inconsciente de los impulsos, pero adhirie? ndose a la vez al menos- precio burgue? s del instinto, producto e? ste de aquellas racionaliza- ciones que e? l desarmo? . El se pliega expresamente, en palabras de sus lecciones, <<a la estimacio? n general. . . , que coloca los objetivos sociales por encima de los sexuales, en el fondo egoi? stas>>. Como especialista de la psicologi? a acepta en bloque, sin ana? lisis, la con- traposicio? n de social a egoi? sta. Tan poco capaz es de reconocer en ella la obra de la sociedad represiva como la huella de los fatales mecanismos que e? l mismo analizo? . 0 , mejor dicho, vacila falto de teori? a y ajusta? ndose al prejuicio entre negar la renuncia al ins- tinto como represio? n contraria a la realidad o alabarla como subli- macio? n estimulante de la cultu ra. En esta contradiccio? n asoma de
modo objetivo algo de la doble faz de Jano de la cultura misma, y ningu? n elogio de la sana sensualidad es capaz de suavizarla. Re- sultado de la cual sera? , sin embargo, en Freud la desvalorizacio? n del elemento cri? tico para los objetivos del ana? lisis. La inaclarada d aridad de Freud sigue el juego a la desilusio? n burguesa. Como posterior enemigo de la hipocresi? a se situ? a ambiguamente entre la voluntad de una total emancipacio? n del oprimido y la apologi? a de la total opresio? n. La razo? n es para e? l mera superestructura, no tanto debido, como le reprocha la filosofi? a oficial, a su psicolo- gismo, el cual penetra bastante profundamente en la verdad del momento histo? rico, como a causa de su rechazo de la finalidad
lejana al significado y carente de razo? n en la que el medio que es la razo? n podri? a mostrarse racional: el placer. Tan pronto como e? ste es desden? osameme colocado entre las artiman? as para la con. servaci e? n de la especie y, por asi? decirlo, disuelto en la astuta ra- zo? n sin nombrar el momento que trasciende el ci? rculo de la cadu. ci? ded natural, la ratio queda degrada a racionalizacio? n. La verdad es entregada a la relatividad y los hombres al poder. So? lo quien pudiera encerrar la utopi? a en el ciego placer soma? tico, que carece de intencio? n a la par que satisface la intencio? n u? ltima, seri? a capaz de una idea de la verdad que se mantuviera inalterada. Pero en la obra de Freud se reproduce i? ni? nrenci? onedameme la doble hos- tilidad hacia el espi? ritu y hacia el placer, cuya comu? n rai? z pudo conocerse precisamente gracias a los medios que aporto? el psico- ana? lisis. El pasaje de <<Zukunnft einer Illuslon>>, en el que, con
la poco digna sabiduri? a de un viejo escarmentado, escribe aquella frase, propia de un commis voyagt'ur, sobre el cielo: que lo dejamos para los a? ngeles y los gorriones, forma pareja con aquel pa? rrafo de sus lecciones donde condena espantado las pra? cticas per- versas del gran mundo. Aquellos a los que en igual medida se in- dispone contra el placer y el cielo son los que mejor cumpli ra? n lue- go con su papel de objetos: lo que de vaci? o y mecanizado tan a menudo se observa en los perfectamente analizados, no es so? lo efecto de su enfermedad, sino tambie? n de su curacio? n, la cual des- truye lo que libera. El feno? meno de la transferencia, tan estimado en la terapia, cuya provocacio? n no en vano constituye la crux de la labor de ana? lisis, la situacio? n artificial en la que el sujeto volun- taria y penosamente realiza aquella anulacio? n de si? mismo que antes se produci? a de manera involuntaria y feliz en el abandono, es ya el esquema del comportamiento reflejo que, como una mar-
cha tras el gui? a, liquida junto con el espi? ritu tambie? n a los analis- tas infieles a e? l.
38
Invitacio? n al vals. -El psicoana? lisis suele ufanarse de devolver a los hombres su capacidad de goce cuando e? sta ha sido perturbada por el enfermamiento de neurosis. Como si la simple expresio? n capacidad de goce no bastara ya, si es que la hay, para disminuirla notablemente. Como si una felicidad producto de la especulacio? n sobre la felicidad no fuera justo lo contrario de la felicidad: una
58
59
? ? ? ? ? ? ? penetracio? n forzada de los comportamientos i. nstitucionalmen! e p~a- nificados en el a? mbito cada vez ma? s encogido de la expenenca. Que? situacio? n no habra? alcanzado la conciencia imperante para que la decidida proclamacio? n de la vida disipada y la alegria acompa- n? ada de champagne, antes reservadas a los adictos a las operetas hu? ngaras, se haya elevado con brutal seriedad a ma? xima de la vida adecuada. La felicidad decretada tiene adema? s este otro aspecto: para poder repartirla, el neuro? tico con su felicidad devuelta d~be tambie? n renunciar a la u? ltima parti? cula de razo? n que la represio? n
y la regresio? n le hubieran dejado y, en honor del psicoanalist~, entusiasmarse sin discriminacio? n con las peli? culas, con las comr- das, caras pero malas, en los restaurantes franceses, con ~I drink ma? s reputado y con el sexo dosificado. La frase de Schi? ller <<la
vida es sin embargo bella>>, que siempre fue papiermache? , se . h~ convertido en mera idiotez desde que es pregonada en complici- dad con la propaganda omnipresente a cuya lumbre tambie? n el psicoana? lisis aporto? su len? a a despecho de sus otra~ p? s! ~ilidades mejores. Dado que la gente tiene cada vez menos inhibiciones, o no demasiadas sin estar por ello ni una pizca ma? s sanas, un me? ro- do cata? rtico cuya norma no fuese la perfecta adaptacio? n y el e? xito
econo? mico tendri? a que ir encaminado a despertar en los hombres la conciencia de la infelicidad, de la general y de la propia e irre- mediable derivada de la primera, y a quitarles las falsas satisfac- ciones en virtud de las cuales se mantiene en ellos con vida el orden aborrecible que externamente da la apariencia de no tener- los en su poder. So? lo con el hasti? o del falsogoce, ~on. 1a avers~o? ? a lo que se ofrece y con la sensacio? n de la insuficiencia de fclici? - dad, incluso donde todavi? a existe alguna -para no hablar de don- de se consigue con el esfuerzo de una oposicio? n, que se supone
patolo? gica, a sus subrogados impuestos-c-, se tendri? a una idea de lo que se podri? a experimentar. La exhortacio? n a la happiness, en la que coinciden el cienti? fico entusiasta que es el director del sa- natorio y el nervioso jefe publicitario de la industria del pla~~r, tiene todos los rasgos del padre temible que brama contra los hIJOS por no bajar jubilosos las escaleras cuando, malhumorado, vu~ve del trabajo a casa. Es caracteri? stico del mecanismo de la domina- cio?
n el impedir el conocimiento de los sufrimientos que provoca,
y del evangelio de la alegria de vivir II la instalacio? n de mataderos humanos hay un camino recto, aunque este? n e? stos, como en Polo- nia, tan apartados que cada uno de sus habitantes puede c:'nven- cerse de no oi? r los gritos de dolor , T al es el esquema de la Imper- turbada capacidad de goce. El psicoana? lisis puede confirmarle con
aires de triunfo al que llama a las cosas por su nombre que pa- dece de complejo de Edipo.
39
El Yo es el Ello. - Es habitual poner en conexio? n el desarrollo de la psicologi? a con el ascenso del individuo burgue? s asi? en la antigu? edad como desde el Renacimiento. Ello no deberi? a pasar por alto el momento contrario que la psicologi? a tiene en comu? n con la clase burguesa y que hoy va camino de la exclusividad: la opresio? n y la disolucio? n del individuo a cuyo servicio estaba la reversio? n del conocimiento en el sujeto del mismo. Si toda psico- logi? a desde Prota? goras ha exaltado al hombre con la idea de que e? ste es la medida de todas las cosas, con ello lo ha convertido tambie? n desde el principio en objeto, en materia de ana? lisis, y una vez colocado al lado de las cosas, lo ha rendido a su nulidad. La negacio? n de la verdad objetiva mediante el recurso al su- jeto incluye su propia negacio? n: ninguna medida es ya medida de todas las cosas; e? sta cae en la contingencia y se convierte en no verdad. Pero esto remite al proceso real de la vida en la socie- dad. El principio de la dominacio? n humana, que evoluciono? hacia un principio absoluto, ha vuelto asi? su punta contra el hombre como objeto absoluto, y la psicologi? a ha colaborado en ello afi- lando dicha punta. El yo, su idea rectora y su objeto a priori, ha aparecido siempre bajo su mirada como algo a la vez no exis- tente. Mientras la psicologi? a pudo apoyarse en el hecho de que el sujeto en la sociedad del intercambio no es tal sujeto, sino en realidad su objeto, pudo proporcionarle a e? sta las armas para ha- cer tanto ma? s de e? l un objeto y mantener su sumisio? n. El frac- cionamiento del hombre en sus capacidades es una proyecci o? n de la divisio? n del trabajo sobre sus presuntos sujetos inseparable del intere? s por procurarles el mayor provecho para poder manipular- los. La psicote? cnica no es ninguna forma degenerativa de la psi- cologi? a, sino su principio inmanente. Hume, cuya obra da fe en cada frase de un humanismo real a la vez que arrincona al yo en- tre los prejuicios, expresa en semejante contradiccio? n la esencia de la psicologi? a como tal. Y aun tiene a la verdad de su parte en tanto que 10 que e? l pone como yo es, en efecto, mero prejuicio, la hipo? stasis ideolo? gica de los centros abstractos de la dominacio? n,
60
61
? ? cuya cri? tica exige la demolicio? n de la ideologi? a de la <<personali- dad>>. Ma? s tal demolicio? n hace tambie? n a sus residuos tanto ma? s dominables. En el psicoana? lisis ello se vuelve i? lagrame. Este se hace cargo de la personalidad como mentira de la vida, como la racionalizacio? n ma? xima que reu? ne las innumerables racionaliza- ciones en cuya virtud el individuo lleva a efecto su renuncia a los
impulsos ajusta? ndose al principio de realidad. Mas al propio tiem- po, en esa misma evaluacio? n le confirma al individuo su no-ser. Le enajena de si mismo, denuncia junto con su unidad su auto- nomi? a y lo somete asi? por completo al mecanismo de la raciona- lizacio? n, a la adaptacio? n. La denodada cri? tica del yo en uno mis- mo conduce a la exigencia de capitulacio? n de! de los dema? s. Al final, la sabiduri? a de los psicoanalistas se identifica con la que el inconsciente fascista de las revistas sensacionalistas les atribuye, con la te? cnica de un rackel especial para atraer a los hombres atormentados y desamparados, manejarlos y explotarlos. La suges- tio? n y la hipnosis, que repudia por apo? crifas como al ilusionista de feria en su barraca, se insinu? an en su grandioso sistema como en la superproduccio? n cinematogra? fica el viejo ci? netoscopi? o . El que ayuda porque sabe, se convierte en e! que rebaja alotro des- de el privilegio de su sapiencia. De la cri? tica de la conciencia burguesa so? lo queda el encogimiento de hombros con que todos los me? dicos manifiestan su secreta certidumbre de la muerte. En la psicologfe, en el fraude abismal de lo puramente interior, que no en vano tiene que ver con las <<properties>> de los hombres, se refleja lo que la organizacio? n de la sociedad burguesa desde siem- pre hizo con la propiedad exterior. La desarrollo? como un resul- tado del intercambio social, pero con una cla? usula objetiva de re- tencio? n que cada burgue? s daba por sobreentendida. De este modo, el individuo recibe la investidura de la clase, y los que la otorgan esta? n dispuestos a retira? rsela en cuanto la propiedad general pue? da resultar peligrosa a su propio principio, que es precisamente e! de la retencio? n. La psicologi? a repite con las cualidades lo acon- tecido con la propiedad. Expropia al individuo al concederle su clase de felicidad.
40
Hablar siempre, pensar nunca. - D csde que con la ayuda del
cine. las soap operas y el horney la psicologi? a profunda penetra 62
en los u? ltimos rincones, la cultura organizada corta a los hombres el acceso a la u? ltima posibilidad de la experiencia de si? mismos. El esclarecimiento ya facilitado transforma no so? lo la reflexio? n esponta? nea, sino tambie? n la visio? n anali? tica, cuya fuerza es igual a la energi? a y el sufrimiento con que se alcanza, en productos de masas, y los dolorosos secretos de la historia individual, que el me? todo ortodoxo se inclina ya a reducir a fo? rmulas, en vulgares convenciones. La disolucio? n de las racionalizaciones se torna ella misma una racionalizacio? n. En lugar de tomar sobre si? la labor
de aurognosis, los adoctrinados adquieren la capacidad de subsu. mir todos los conflictos bajo conceptos como complejo de infe- rioridad, dependencia materna, extroversio? n e introversio? n, que en el fondo son poco menos que inu? tiles. El horror al abismo del yo es eliminado mediante la conciencia de que no se trata ma? s que de una artritis o de sinus troubles, De ese modo pierden los conflictos su aspecto amenazador. Son aceptados; pero en modo alguno dominados, sino encajados en la superficie de la vida nor- mada como gajes inevitables de la misma. Slmultaneenre son ab- sorbidos como un mal universal por el mecanismo de la inmediata identificacio? n del individuo con la instancia social, mecanismo que
desde hace tiempo ha definido las conductas presuntamente ncr- males. En el lugar de la catar sis, cuya excelencia es de todos mo- dos dudosa, aparece la procurad o? n del placer de ser hasta en la propia debilidad un exponente de la mayori? a y asi? conseguir no tant? , como antan? o los internados en los sanatorios, el prestigio del Interesante caso patolo? gico como, justamente en virtud de los defectos que se padecen, acreditar la pertenencia a esa mayoria y concentrar en si? el poder y la magnitud de lo colectivo. El narci- s. is~? , que con ~a ~ecadencia del yo queda privado de su objeto Hbi? dinal, es sustituido por el placer masoquista de no ser ma? s un
yo, y la generacio? n en ascenso vela por su ausencia de yo ma? s celosamente que por ninguno de sus bienes, como si fuese una posesio? n comu? n duradera. El imperio de la cosificacio? n y de la norma se expande asi? hasta abarcar su extrema contradiccio? n: lo supuestamente anormal y cao? tico. Lo inconmensurable se vuelve de ese modo conmensurable, y el individuo apenas es ya capaz de acto alguno que no sea susceptible de figurar como ejemplo de e? sta o aquella constelacio? n pu? blicamente reconocida. Esta identi- cacio? n exteriormente aceptada y en cierto modo efectuada ma? s alla? de la dina? mica propia acaba eliminando, junto con la genuina conciencia del propio acto, el acto mismo. Este se torna una reac- cio? n provocable y revocable de a? tomos estereotipados a esti? mulos
63
? ? estereotipados. Por otra parte, la convencionalizacie? ri del psico- ana? lisis lleva a efecto su particular castracio? n: los motivos sexua- les, en parte negados, en parte aprobados, se vuelven completa- mente inofensivos, mas tambie? n completamente fu? tiles. Junto con la angustia que producen se desvanece igualmente el placer que pueden producir. De este modo, el propio psicoana? lisis resulta ser una vi? ctima de la sustitucio? n del Super-Yo recibido por la acepta- cio?