n de esta
sabiduri?
Adorno-Theodor-Minima-Moralia
ritu, ma?
ximo encumbramien- to de la conciencia burguesa, llevari?
a teleolo?
gicamente impli?
cita su ma?
xima degradacio?
n.
La transicio?
n a la existencia, siempre <<posi- tiva>> y base para una justificacio?
n del mundo, supone la tesis de la positivided del espi?
ritu, su captabilidad y la transposicio?
n de 10 absoluto al feno?
meno.
Que el mundo entero de las oosas tenga que ser, en cuanto <<producto>>, espi?
ritu o bien haya de ser algo de cosa y algo de espi?
ritu.
resulta indiferente, y el espi?
ritu del
mundo (WeltgeisO se convierte en espi? ritu supremo, en a? ngel guardia? n de lo existente, de lo despojado de espi? ritu. De ello vl- ven los ocultistas: su mi? stica es el enfa", terrible del momento mi? stico en Hegel. Llevan la especulacio? n a una fraudulenta banca- rrota. Al presentar el ser determinado como espi? ritu, someten al espi? ritu objetivado a la prueba de la existencia, la cual tiene que dar resultado negativo. No hay ningu? n espi? ritu.
246
247
152
y los co? micos. convertir la palabra ma? s modesta en la ma? s pode- rosa. Posteriormente se fue constituyendo, frente a la pbi? i? osopbi? a perenne , en me? todo perenne de la cri? tica, en asilo de todos los pensamientos de los oprimidos, incluso de lo que nunca llega- ron a pensar. Mas en cuanto medio de obtener la razo? n fue tambie? n desde el principio un medio de dominacio? n, te? cnica for- mal de la apologi? a indiferente al contenido y al servicio de los que podi? an pagar: la posibilidad de dar siempre con e? xito la vuel-
ta al asador elevada a principio. Por eso su verdad o falsedad no esta? en el me? todo en si? , sino en su intencio? n dentro del proceso histo? rico. La divisio? n de la escuela hegeliana en un ala derecha y otra izquierda hunde sus rai? ces en el doble sentido de la . teori? a no menos que en la situacio? n poli? tica del Vormarz. Diale? ctica no 10 es so? lo la teori? a marxiana, que quiere convertir al proletariado como sujeto absoluto de la historia en el sujeto primario de
Se
mal usa. - La
previene contra el
en la sofistica como un proceder de la discusio? n encaminado a conmover las afirmaciones dogma? ticas y, al modo de los abogados
d iale? ct ica
I UVO
su o rigen
? ? ? la sociedad y hacer realidad la autodeterminacio? n consciente de la humanidad. sino tambie? n la agudeza que Gustavo Dore? puso en boca de un representante parlamentario del anci? en re? gime: que sin Luis XVI nunca se habri? a llegado a la Revolucio? n y que, por tanto. a e? l hay que agradecerle la proclamacio? n de los derechos del hombre. La filosofi? a negativa. la disolucio? n universal. disuelve siempre a la vez lo dislovcntc mismo. Pero la nueva forma en la que pretende superar a ambos, lo disolvente y lo disuelto, jama? s podra? aparecer en estado puro en la sociedad antago? nica. Mientras la dominacio? n se reproduzca. la vieja cualidad saldra? de nuevo a la luz con toda crudeza en la disolucio? n de lo disolvente: tomado en su sentido radical, no hay en ella ningu? n salto. So? lo e? ste seri? a el acontecimiento capaz de trascenderla. Como la determinacio? n diale? ctica de la nueva cualidad se ve en cada caso remitida al poder de la tendencia objetiva, que transmite el hechizo de la dominacio? n, siempre que con el trabajo del concepto alcanza la negacio? n de la negacio? n se halla tambie? n casi inevitablemente
forzada a subsistir en el pensamiento el viejo mal por lo dls. tinto inexistente. La profundidad con que se sume en la objerivi- dad la logra al precio de participar de la mentira de que la obje- tividad es ya la verdad. Al limitarse estrictamente a extrapolar la situacio? n libre de privilegios de lo que debe al proceso el privilegio de ser, se rinde a la restauracio? n. Esto lo registra la existencia pri- vada, a la que Hegel le reprocho? su nulidad. La mera subjetividad que se empen? a en la pureza de su propio principio se enreda en en- rinomies. Sucumbe a su deformidad, a la hipocresi? a y al mal a me- nos que se objetive en la sociedad y el Estado. La moral, la autono- mi? a basada en la pura cert eza de si? mismo y hasta la conciencia mo. ral son mera apariencia. Si Olio real moral no existe. . (Pbenomeno- /ogie, ed. Lasson, p. 397), en la Filosofi? a del Derecho estara? consecuente ment e el matri monio por encima de la conciencia mo- ral, por encima incluso de su eminencia, que Hegel calificara? con ironi? a roma? ntica de <<vanidad subjetiva>> en el doble sentido. Este motivo de la diale? ctica. que opera en todos los estratos del sis- tema, es a la vez verdadero y falso. Verdadero porque desvela lo particular como apariencia necesaria, como la falsa consciencia de lo separado de ser si? mismo y no un momento del todo; y esta falsa consciencia hace que se desvanezca por la fuerza del todo. Falso porque el motivo de la objetivacio? n, la . . exteriorizacio? n. .
(Enta? usserung], es degradado a pretexto justamente para la auto- afirmacio? n burguesa del sujeto, a mera racionalizacio? n, toda vez que la objetividad, que opone el pensamiento a la mala subjetivi.
248
dad. no es libre y queda siempre a la zaga del trabajo cri? tico del sujeto. La palabra exteriorizacio? n, que espera de la obediencia de la voluntad privada la liberacio? n de la arbitrariedad privada, justa- mente al afirmar insistentemente lo exterior como lo que institu- cionalmente se opone al sujeto reconoce, pese a todos los votos por la reconciliacio? n, la perenne lrrccondli? ubllidad de sujeto y ob- jeto, que por otra parte constituye el tema de la cri? tica diale? ctica. El acto de la autoexteriorizacio? n desemboca en la renuncia, que Goethe caracterizaba como salvacio? n, y, por ende. en la justifica- cio? n del status quo tanto hoy como ayer. De la evidencia, por ejemplo, de la mutilacio? n de las mujeres por la sociedad patriar. cal y de la imposibilidad de eliminar la deformacio? n antropolo? gica sin hacerlo con sus supuestos. el diale? ctico irremisiblemente desilu- sionado podri? a deducir el punto de vista del amo de la casa y ha. cer el juego a la perpetuacio? n de la relacio? n patriarcal. No le fal- tari? an razones plausibles, como la de la imposibilidad de unas
relaciones esencialmente diferentes bajo las actuales condiciones, ni tampoco la actitud humanitaria hacia los oprimidos que deben pagar el precio de la falsa emancipacio? n, pero todo lo verdadero se convertiri? a en ideologi? a en manos del intere? s masculino. El diale? ctico no desconoce la infelicidad y el abandono de los que envejecen sin casarse, como tampoco lo criminal de la separacio? n. Pero dando de un modo antirroma? ntko la primaci? a al matrimonio objetivado frente a la pasio? n efi? mera no superada en la vida en co- mu? n, se convierte en abogado de los que mantienen el matrimonio a costa del afecto, de los que aman aquello por lo que esta? n casados. esto es, la abstracta relacio? n de posesio? n. La u? ltima con- clusio?
n de esta sabiduri? a seda la de que esto a las personas no les importa tanto mientras se acomoden a la constelacio? n dada o ha- gan lo posible por conseguirlo. Para protegerse de semejantes ten- taciones, la diale? ctica esclarecida necesita recelar constantemente de ese elemento apologe? tico y restaurador que, sin embargo, deter-
mina una parte de lo opuesto a la ingenuidad. La amenazante re- gresio? n de la reflexio? n a lo irreflexivo se delata en la superioridad con que dispone a su antojo del proceder diale? ctico como si ella fuera aquel saber inmediato acerca de la totalidad que el principio de la diale? ctica precisamente excluye. Se recurre a la perspectiva de la totalidad para inmpedirle al adversario todo juicio negativo derer- minado con un <<no queda decir esto>> y a la vez interrumpir violentamente el movimiento del concepto, suspender el proceso diale? ctico insistiendo en la fuerza impositiva e insuperable de los
hechos. El infortunio se desliza en el thema probandum: se utiliza 249
? ? la diale? ctica en lugar de perderse en ella. Entonces el pensar sobera namente diale? ctico retrocede al estadio pred iale? ctico : la tranquila consideracio? n de que cada cosa tiene dos caras.
153
Para terminar. -El u? nico modo que au? n le queda a la filosofi? a de responsabilizarse a la vista de la desesperacio? n es intentar ver las cosas tal como aparecen desde la perspectiva de la redencio? n. El conocimiento no tiene otra luz iluminadora del mundo que la que arroja la idea de la redencio? n: todo lo dema? s se agota en reconstrucciones y se reduce a mera te? cnica. Es preciso fijar pers- pectivas en las que el mundo aparezca trastrocado, enajenado, mostrando sus grietas y desgarros, menesteroso y deforme en el grado en que aparece bajo la luz mesia? nica. Situa rse en tales perspectivas sin arbitrariedad ni violencia, desde el contacto con los objetos, so? lo le es dado al pensamie nto. Y es la cosa ma? s sencilla, porque la situacio? n misma incita perentoriamen- te a tal conocimiento, ma? s au? n, porque la negatividad consuma- da, cuando se la tiene a la vista sin recortes, compone la ima- gen invertida de 10 contrario a ella. Pero esta posicio? n representa tambie? n 10 absolutamente imposible, puesto que presupone una ubicacio? n fuera del ci? rculo ma? gico de la existencia, aunque so? lo sea en un grado mi? nimo, cuando todo conocimiento posible, para que adquiera validez no so? lo hay que extraerlo primariamente de lo que es, sino que tambie? n, y por lo mismo, esta? afectado por la deformacio? n y la precariedad mismas de las que intenta salir. Cuanto ma? s afanosamente se hermetiza el pensamiento a su ser condicio nado en aras de 10 incondicionado es cuando ma? s incons- ciente y, por ende, fatalmente sucumbe al mundo. Hasta su propia imposibilidad debe asumirla en aras de la posibilidad. Pero frente a la exigencia que de ese modo se impone, la pregunta por la realidad o irrealidad de la redencio? n misma resulta poco menos que indiferente.
i? NDICE
250
251
f>DVERTENCIA DEL TRADUCTOR
7 9
17 18 19 21 21 23 24 25 26 27 28 29 29 31
. 32 32 35
35 37 38
D EDICATOlU A . .
Para Maree! Proust . . .
Banco pu? blico
Pez en el agua . . . . . .
Ultima claridad
<<Hace? is bien, sen? or doctor>> Anti? tesis . Tbey, the people . Si? te llaman los chicos malos . Sobre todo una cosa, hijo mio . Separados unidos . . . . . .
Mesa y cama
Inter pares . . . . Proteccio? n, ayuda y consejo
Le bourgeois revcnant
Le nouvel avare . ,.
Sobre la diale? ctica del tacto Propiedad reservada
Asilo para desamparados . No llamar . .
Struwwelpe ter
.
PRIMERA PARTE 1944
. . . . .
. . .
.
. .
. . .
.
.
. .
.
? ? ? No se admiten cambios Tirar al nin? o con el agua Plurale tantum Toughbaby. . .
No hay que pensar en ellos
,. .
.
.
. .
, . . . .
39 41 42 43 44 45 45 46 46 48 49 . 50
. 51 54 55 56 58 59 61 62 64 66 67 68 69 71
72
73 76 77
83 86 86 87 88
. 90 90 92 94 95 96
Breves disquisiciones . .
Muerte de la inmortalidad . . , Moral y estilo
Gazuza.
Me? lange
Exceso por exceso .
Hombres que te miran
Gente corriente . . . . . .
Opinio? n de diletante . Pseudo? menos
Segunda cosecha
Desviacio? n
Mamut . .
Fria albergue
Cena de gala
Subasta
Entre las montan? as
Intellcctus sacrificium intellectus
97
98 100 101 101 102 104 104
. 105 107 108 112
114 116 117 118 120 121 122 124 126 128 129 130 132 133 134 135 136 138 140 141 143 145 146 148 150 152 156
161 162
English spoken
On parle irancais . ,
Paysage
Frutillas
Pro domo nostro
Gato por liebre
Los salvajes no son mejores Lejos del fuego Hans-Guck-i? n-die-l. ui t
Vuelta a la cultura . . ,
La salud para la muerte . Aquende el principio del placer Invitacio? n al vals . .
El Yo es el Ello
.
,
. .
.
.
,- Hablar siempre, pensar nunca -=Dentro y fuera . .
-c-Libertad de pensamiento . . . . . , . . ,
. . . . . . . . . . . .
Diagno? stico
Gra nde y pequen? o
A dos pasos . . Vicepresidente . .
mundo (WeltgeisO se convierte en espi? ritu supremo, en a? ngel guardia? n de lo existente, de lo despojado de espi? ritu. De ello vl- ven los ocultistas: su mi? stica es el enfa", terrible del momento mi? stico en Hegel. Llevan la especulacio? n a una fraudulenta banca- rrota. Al presentar el ser determinado como espi? ritu, someten al espi? ritu objetivado a la prueba de la existencia, la cual tiene que dar resultado negativo. No hay ningu? n espi? ritu.
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y los co? micos. convertir la palabra ma? s modesta en la ma? s pode- rosa. Posteriormente se fue constituyendo, frente a la pbi? i? osopbi? a perenne , en me? todo perenne de la cri? tica, en asilo de todos los pensamientos de los oprimidos, incluso de lo que nunca llega- ron a pensar. Mas en cuanto medio de obtener la razo? n fue tambie? n desde el principio un medio de dominacio? n, te? cnica for- mal de la apologi? a indiferente al contenido y al servicio de los que podi? an pagar: la posibilidad de dar siempre con e? xito la vuel-
ta al asador elevada a principio. Por eso su verdad o falsedad no esta? en el me? todo en si? , sino en su intencio? n dentro del proceso histo? rico. La divisio? n de la escuela hegeliana en un ala derecha y otra izquierda hunde sus rai? ces en el doble sentido de la . teori? a no menos que en la situacio? n poli? tica del Vormarz. Diale? ctica no 10 es so? lo la teori? a marxiana, que quiere convertir al proletariado como sujeto absoluto de la historia en el sujeto primario de
Se
mal usa. - La
previene contra el
en la sofistica como un proceder de la discusio? n encaminado a conmover las afirmaciones dogma? ticas y, al modo de los abogados
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I UVO
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? ? ? la sociedad y hacer realidad la autodeterminacio? n consciente de la humanidad. sino tambie? n la agudeza que Gustavo Dore? puso en boca de un representante parlamentario del anci? en re? gime: que sin Luis XVI nunca se habri? a llegado a la Revolucio? n y que, por tanto. a e? l hay que agradecerle la proclamacio? n de los derechos del hombre. La filosofi? a negativa. la disolucio? n universal. disuelve siempre a la vez lo dislovcntc mismo. Pero la nueva forma en la que pretende superar a ambos, lo disolvente y lo disuelto, jama? s podra? aparecer en estado puro en la sociedad antago? nica. Mientras la dominacio? n se reproduzca. la vieja cualidad saldra? de nuevo a la luz con toda crudeza en la disolucio? n de lo disolvente: tomado en su sentido radical, no hay en ella ningu? n salto. So? lo e? ste seri? a el acontecimiento capaz de trascenderla. Como la determinacio? n diale? ctica de la nueva cualidad se ve en cada caso remitida al poder de la tendencia objetiva, que transmite el hechizo de la dominacio? n, siempre que con el trabajo del concepto alcanza la negacio? n de la negacio? n se halla tambie? n casi inevitablemente
forzada a subsistir en el pensamiento el viejo mal por lo dls. tinto inexistente. La profundidad con que se sume en la objerivi- dad la logra al precio de participar de la mentira de que la obje- tividad es ya la verdad. Al limitarse estrictamente a extrapolar la situacio? n libre de privilegios de lo que debe al proceso el privilegio de ser, se rinde a la restauracio? n. Esto lo registra la existencia pri- vada, a la que Hegel le reprocho? su nulidad. La mera subjetividad que se empen? a en la pureza de su propio principio se enreda en en- rinomies. Sucumbe a su deformidad, a la hipocresi? a y al mal a me- nos que se objetive en la sociedad y el Estado. La moral, la autono- mi? a basada en la pura cert eza de si? mismo y hasta la conciencia mo. ral son mera apariencia. Si Olio real moral no existe. . (Pbenomeno- /ogie, ed. Lasson, p. 397), en la Filosofi? a del Derecho estara? consecuente ment e el matri monio por encima de la conciencia mo- ral, por encima incluso de su eminencia, que Hegel calificara? con ironi? a roma? ntica de <<vanidad subjetiva>> en el doble sentido. Este motivo de la diale? ctica. que opera en todos los estratos del sis- tema, es a la vez verdadero y falso. Verdadero porque desvela lo particular como apariencia necesaria, como la falsa consciencia de lo separado de ser si? mismo y no un momento del todo; y esta falsa consciencia hace que se desvanezca por la fuerza del todo. Falso porque el motivo de la objetivacio? n, la . . exteriorizacio? n. .
(Enta? usserung], es degradado a pretexto justamente para la auto- afirmacio? n burguesa del sujeto, a mera racionalizacio? n, toda vez que la objetividad, que opone el pensamiento a la mala subjetivi.
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dad. no es libre y queda siempre a la zaga del trabajo cri? tico del sujeto. La palabra exteriorizacio? n, que espera de la obediencia de la voluntad privada la liberacio? n de la arbitrariedad privada, justa- mente al afirmar insistentemente lo exterior como lo que institu- cionalmente se opone al sujeto reconoce, pese a todos los votos por la reconciliacio? n, la perenne lrrccondli? ubllidad de sujeto y ob- jeto, que por otra parte constituye el tema de la cri? tica diale? ctica. El acto de la autoexteriorizacio? n desemboca en la renuncia, que Goethe caracterizaba como salvacio? n, y, por ende. en la justifica- cio? n del status quo tanto hoy como ayer. De la evidencia, por ejemplo, de la mutilacio? n de las mujeres por la sociedad patriar. cal y de la imposibilidad de eliminar la deformacio? n antropolo? gica sin hacerlo con sus supuestos. el diale? ctico irremisiblemente desilu- sionado podri? a deducir el punto de vista del amo de la casa y ha. cer el juego a la perpetuacio? n de la relacio? n patriarcal. No le fal- tari? an razones plausibles, como la de la imposibilidad de unas
relaciones esencialmente diferentes bajo las actuales condiciones, ni tampoco la actitud humanitaria hacia los oprimidos que deben pagar el precio de la falsa emancipacio? n, pero todo lo verdadero se convertiri? a en ideologi? a en manos del intere? s masculino. El diale? ctico no desconoce la infelicidad y el abandono de los que envejecen sin casarse, como tampoco lo criminal de la separacio? n. Pero dando de un modo antirroma? ntko la primaci? a al matrimonio objetivado frente a la pasio? n efi? mera no superada en la vida en co- mu? n, se convierte en abogado de los que mantienen el matrimonio a costa del afecto, de los que aman aquello por lo que esta? n casados. esto es, la abstracta relacio? n de posesio? n. La u? ltima con- clusio?
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mina una parte de lo opuesto a la ingenuidad. La amenazante re- gresio? n de la reflexio? n a lo irreflexivo se delata en la superioridad con que dispone a su antojo del proceder diale? ctico como si ella fuera aquel saber inmediato acerca de la totalidad que el principio de la diale? ctica precisamente excluye. Se recurre a la perspectiva de la totalidad para inmpedirle al adversario todo juicio negativo derer- minado con un <<no queda decir esto>> y a la vez interrumpir violentamente el movimiento del concepto, suspender el proceso diale? ctico insistiendo en la fuerza impositiva e insuperable de los
hechos. El infortunio se desliza en el thema probandum: se utiliza 249
? ? la diale? ctica en lugar de perderse en ella. Entonces el pensar sobera namente diale? ctico retrocede al estadio pred iale? ctico : la tranquila consideracio? n de que cada cosa tiene dos caras.
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Para terminar. -El u? nico modo que au? n le queda a la filosofi? a de responsabilizarse a la vista de la desesperacio? n es intentar ver las cosas tal como aparecen desde la perspectiva de la redencio? n. El conocimiento no tiene otra luz iluminadora del mundo que la que arroja la idea de la redencio? n: todo lo dema? s se agota en reconstrucciones y se reduce a mera te? cnica. Es preciso fijar pers- pectivas en las que el mundo aparezca trastrocado, enajenado, mostrando sus grietas y desgarros, menesteroso y deforme en el grado en que aparece bajo la luz mesia? nica. Situa rse en tales perspectivas sin arbitrariedad ni violencia, desde el contacto con los objetos, so? lo le es dado al pensamie nto. Y es la cosa ma? s sencilla, porque la situacio? n misma incita perentoriamen- te a tal conocimiento, ma? s au? n, porque la negatividad consuma- da, cuando se la tiene a la vista sin recortes, compone la ima- gen invertida de 10 contrario a ella. Pero esta posicio? n representa tambie? n 10 absolutamente imposible, puesto que presupone una ubicacio? n fuera del ci? rculo ma? gico de la existencia, aunque so? lo sea en un grado mi? nimo, cuando todo conocimiento posible, para que adquiera validez no so? lo hay que extraerlo primariamente de lo que es, sino que tambie? n, y por lo mismo, esta? afectado por la deformacio? n y la precariedad mismas de las que intenta salir. Cuanto ma? s afanosamente se hermetiza el pensamiento a su ser condicio nado en aras de 10 incondicionado es cuando ma? s incons- ciente y, por ende, fatalmente sucumbe al mundo. Hasta su propia imposibilidad debe asumirla en aras de la posibilidad. Pero frente a la exigencia que de ese modo se impone, la pregunta por la realidad o irrealidad de la redencio? n misma resulta poco menos que indiferente.
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f>DVERTENCIA DEL TRADUCTOR
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D EDICATOlU A . .
Para Maree! Proust . . .
Banco pu? blico
Pez en el agua . . . . . .
Ultima claridad
<<Hace? is bien, sen? or doctor>> Anti? tesis . Tbey, the people . Si? te llaman los chicos malos . Sobre todo una cosa, hijo mio . Separados unidos . . . . . .
Mesa y cama
Inter pares . . . . Proteccio? n, ayuda y consejo
Le bourgeois revcnant
Le nouvel avare . ,.
Sobre la diale? ctica del tacto Propiedad reservada
Asilo para desamparados . No llamar . .
Struwwelpe ter
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PRIMERA PARTE 1944
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Breves disquisiciones . .
Muerte de la inmortalidad . . , Moral y estilo
Gazuza.
Me? lange
Exceso por exceso .
Hombres que te miran
Gente corriente . . . . . .
Opinio? n de diletante . Pseudo? menos
Segunda cosecha
Desviacio? n
Mamut . .
Fria albergue
Cena de gala
Subasta
Entre las montan? as
Intellcctus sacrificium intellectus
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English spoken
On parle irancais . ,
Paysage
Frutillas
Pro domo nostro
Gato por liebre
Los salvajes no son mejores Lejos del fuego Hans-Guck-i? n-die-l. ui t
Vuelta a la cultura . . ,
La salud para la muerte . Aquende el principio del placer Invitacio? n al vals . .
El Yo es el Ello
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-c-Libertad de pensamiento . . . . . , . . ,
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Diagno? stico
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