Pero desde que se
expurgo?
Adorno-Theodor-Minima-Moralia
c-Sobre la decadencia del movimiento obrero es ilustrativo el optimismo de sus militantes.
Este parece acrecen- tarse con la firme consolidacio?
n del mundo capitalista.
Los inicia- dores nunca consideraron su e?
xito garantizado, y por eso se guar- daron durante toda su vida de decir inconveniencias a las organi- zaciones obreras.
Actualmente, como la posicio?
n del adversario y su poder sobre la conciencia de las masas se han fortalecido infinitamente, se considera reaccionaria toda tentativa de modifi-
se Impuso en otros di? as: el de que no era posible esperar. Con- ~ian~o en el estado de la te? cnica se concebi? a el cambio como algo mmmeme, como posibilidad ma? s inmediata. Las concepciones que implicaban largos peri? odos de tiempo, cautelas y medidas pedago? - gicas para la poblaci6n se haci? an sospechosas de abandono de la meta que teni? an propuesta. La voluntad auto? noma habla encon- trado entonces su expresio? n en un optimismo equivalente al des- precio de la muerte. De todo ello s610 ha quedado la envoltura,
112
113
? ? ? la fe en el poder y la grandeza de la organizacio? n en si? , sin dis- posicio? n a actu ar y, adema? s, impregnada de la conviccio? n destr uc- tiva de que la espontaneidad ya no es posible, aunque al final vencera? el eje? rcito rojo. El persistente control de que todos mani- fiesten su confianza en que las cosas saldra? n bien, hace a los infle- xibles sospechosos de derrotistas y renegados. En los cuentos, los adivinos que surgi? an de lo desconocido eran nuncios de las ma- yates venturas. Hoy, cuando el abandono de la utopi? a se parece a su realizacio? n tamo como el Anticristo al Para? clito, la palabra agorero se ha convertido en insulto hasta entre los que esta? n abajo. El optimismo de izquierda repite la insidiosa supersticio? n burguesa de que no hay que atraer al demonio, sino atender a lo positivo. <<l Al sen? or no le gusta el mundo? Pues que busque otro mejor>> - tal es el lenguaje del realismo socialista.
74
circulaba por los
parques zoolo? gicos, de tan variados inquilinos, de las grandes ciudades europeas produzcan efectos degenerativos: ma? s de dos elefantes, dos jirafas o un hipopo? tamo es perjudicial. Nada se arre- gla con las instalaciones de Hagenbeck a base de fosos y con eli- minacio? n de rejas, que traicionan el modelo del arca proponiendo una salvacio? n que so? lo el Ararat puede prometer , Niegan la liber- tad de la criatura tanto ma? s perfectamente cuanto ma? s invisibles hacen los encierros cuya vista pudiera encender elansia del espacio abierto. Son respecto a unos zoos aceptables lo que los jardines bota? nicos respecto a las selvas tropicales. Cuanto ma? s puramente la civilizacio? n conserva y trasplanta la naturaleza, ma? s inexorable- mente queda e? sta dominada. Puede permitirse abarcar zonas na- turales cada vez mayores y dejarlas, dentro de sus contornos, apa- rentemente intactas, mientras que ames la eleccio? n y la explota- cio? n de trozos aislados daban testimonio de la necesidad de impo- nerse a la naturaleza. El tigre que sin parar va de un lado a otro de su jaula refleja au? n de forma negativa con su paso inquieto algo de humanidad, pero no el que retoza al otro lado de los fosos insalvables. La cla? sica belleza de la vida animal de Brehm radica en el hecho de que describe a todos los animales tal como se muestran a trave? s de las rejas de los parques zoolo? gicos, e incluso se acrecienta cuando cita las descripciones de la vida animal en su estado salvaje procedentes de naturalistas imaginativos. Mas tam- bie? n la verdad de que el animal en la jaula sufre ma? s que en las instalaciones libres, de que Hagenbeck represente de hecho un progreso en humanidad, dice algo sobre la inevitebilidad del en- cierro. Este es una consecuencia de la historia. Los parques zoolo? - gicos son en su aute? ntica configuracio? n productos del imperialismo colonial del siglo XIX. Comenzaron a prosperar a rai? z de la coloni- zacio? n de regiones salvajes de ACrica y Asia Central, que pagaban tributos simbo? licos con formas animales. El valor del rrfburo se medi? a por lo exo? tico, por lo difi? cil de encontrar. El desarrollo de la te? cnica acabo? con ello eliminando lo exo? tico. El leo? n criado en una granja esta? tan domesticado como el caballo, sometido hace tiempo a un control de natalidad . Pero el milenio au? n no ha llegado. So? lo en la propia irracionalidad de la cultura, en los rin- cones y los muros, a los que adema? s hay que an? adir las vallas, torres y bastiones de los parques zoolo? gicos dispersos por ciuda- des, puede conservarse la naturaleza. La racionalizacio? n de la cul- tura, que abre sus ventanas a la naturaleza, la absorbe por entero eliminando junto con la diferencia el principio mismo de la cul-
M amu t . - Hace
canos la noticia del hallazgo de un dinosaurio conservado entere en el estado de Utah. Se afirmaba que el ejemplar habi? a sobre. vivido a los de su ge? nero y era millones de an? os ma? s joven que Jos hasta ahora conocidos. Este tipo de noticias, igual que la inso- portable moda humori? stica del monstruo del lago Ness y la peli? cula King-Kong, es una proyeccio? n colectiva del monstruoso estado toralista. La colectividad se prepara para afrontar sus horrores ha- bitua? ndose a figuras gigantescas. En la absurda inclinacio? n a acep- tarlas intenta desesperadamente la humanidad cai? da en la impo- tencia incorporar a la experiencia lo que se burla de toda expe- riencia. Pero la representacio? n de animales primitivos vivos o ex- tinguidos hace pocos millones de an? os no acaba ahi? . La esperanza que anhela la actualidad de lo ma? s remoto apunta al convenci- miento de que los seres de la creacio? n puedan superar el agravio que les ha hecho el hombre, si no a e? ste mismo, y surja una es- pecie mejor que al fin lo consiga. De esta misma esperanza sur- gieron los parques zoolo? gicos. Estos vienen dispuestos conforme al modelo del arca de Noe? , pues desde que existen la clase bur- guesa espera el diluvio. La utilidad de los parques zoolo? gicos para el entretenimiento y la ensen? anza parece un flojo pretexto. Estos son alegori? as del ejemplar o la pareja que se resiste al"destino que a la especie en cuanto especie le esta? deparado. De ahi? que los
unos an? os
perio? di cos
ameri-
114
tura, la posibilidad de la reconciliacio? n.
115
. (,1' \11. 1,\ "1" . . . . . r . , - ' l . ? "ItTU 1T"1". \""":" ;j Iu;t! -,i? I? i'o? ;;, \1 ~ 1. :n~,I;;.
. ~. ,~ J)~'" 111"'j'r,\'l~
? ? ? 75
Fri? o albergue. - El romanticismo de la desilusio? n de Schubert eligio? lleno de presentimientos, en el ciclo cuyo lugar central lo ocupan las palabras <<He acabado con lodos los suen? os>>, el nomo bre de posada ya so? lo para el cementerio. La l ata morgafl? ? del pai? s de Jauja esta? afectada de la rigidez cadave? rica. Hue? spedes y patro? n esta? n embrujados. Los primeros tienen prisa. Por ellos
ni se quitari? an el sombrero. Sobre inco? modos asientos se les con- mina, pasa? ndoles la nota y cediendo a la presio? n moral de los que esperan detra? s. a abandonar cuanto antes el local. que para mayor burla se sigue llamando cafe? . Pero el patro? n, con todos sus cola. botadores, no lo es ya propiamente hablando. sino un empleado. P robablemente la decadencia de la hospederi? a da ta de la disolucio? n de la antigua unidad de albergue y burdel, cuyo recuerdo pervive nosta? lgico en cada mirada que se echa a la camarera puesta para ser vista y a los gestos dclatedorcs de las doncellas.
Pero desde que se expurgo? al oficio hostelero, la ma? s digna profesio? n de la es- fera de la circulaci o? n, de la u? ltima ambigu? edad, como la que au? n guarda la palabra tra? fico, las cosas han empeorado. Paso a paso, y siempre con argumentos irrebatibles, los medios aniquilan el fin.
La divisio? n del trabajo, el sistema de funciones automatizadas, tiene por efecto el que a nadie le importe nada el bienestar del cliente. Nadie puede ya leer en su rostro lo que le apetece, dado que el camarero ya no conoce los platos, y si se le ocurre reco- mendar alguna cosa debe cargar con los reproches de haberse exce- dido en sus competencias. Nadie se apresura a servir al cliente que espera largo rato cuando el que le atiende esta? ocupado: el cuidado de la institucio? n, que culmina en el caso de la prisio? n, se parece al que existe en la cli? nica alrededor del sujeto, que es admi- nistrado como un objeto. Es comprensible que el restaurante este? separado del hotel. del estuche vado de las habitaciones, por hos- tiles abismos, como no lo son menos las limitaciones del tiempo en la comida y en el insufrible room seroice, de donde se huye
hacia el drugstore, el ostentoso establecimiento tras de cuyo inhos- pitalario mostrador un malabarista de huevos fritos, lonchas de jamo? n y bolas de helado se presenta como u? ltimo resto de hospita- lidad. Pero en el hotel toda pregunta imprevista es respondida por el mismo portero sen? alando parsimoniosamente otro mostrador casi siempre abandonado. La objecio? n de que en todo esto no hay que ver sino una rezongantc laudatio temporis acti? no es convin-
cente. ? Q uie? n no preferid a el Blauer Srem de Praga o el Os/erro? ? cbi? scber Ha! de Salzburgo aunque tuviera que recorrer el pasillo para ir al ban? o y no le despertase a primera hora la infalible ca- lefaccio? n central? Cuanto ma? s nos acercamos a la esfera de la exis- tencia inmediata, corpo? rea, ma? s cuestionable se hace el progreso, pi? rrica victoria de la produccio? n fetichizada. A veces tal progreso se horroriza de si? mismo y trata de devolver la unidad, si bien de manera puramente simbo? lica, a las funciones del trabajo separadas de forma calculada. Entonces surgen figuras como la hOJteJI, es- pecie de patrona sinte? tica. Como e? sta en realidad no se cuida de nada, no reu? ne mediante ninguna disposicio? n real las funciones es- cindidas y enfriadas, sino que se limita a los vanos gestos de bien-
venida y en todo caso al control de los empleados, su aspecto es el de una mujer marchita fastidiosamente guapa, tiesamente es- belta y foreedamenre juvenil. Su verdadero fin es el de velar por que el d iente que entra ni siquiera pueda escoger e? l mismo su mesa, puesto que el negocio esta? por encima de e? l. Su encanto es el reverso de la gravedad que osten~a el encargado de la expulsio? n.
76
Cena de gala. --Co? mo se ensamblan hoy el progreso y la re- gresio? n, lo vemos en el concepto de las posibilidades te? cnicas. los procedimientos meca? nicos de reproduccio? n se han desarrollado y establecido independientemente de lo que se reproduce. Estos pasan por progresistas, y lo que no participa de ellos por reaccio- nario y provinciano. Semejante creencia es fomentada con tanto mayor empen? o cuando los superaparatos, si por cualquier motivo pierden utilidad, amenazan con convertirse en una mala inversio? n. Pero como su desarrollo afecta de forma esencial a lo que bajo el liberalismo se llamaba presentacio? n, y a la vez su propio peso aplasta al producto mismo - a l que despue? s de IOdo el aparato le es algo externo-e-, la adecuacio? n de las necesidades al aparato
tiene por consecuencia la muerte de las exigencias materiales. El celo fascinado con que se consume cada nuevo procedimiento no so? lo crea indiferencia hada lo producido, sino que tambie? n favo- rece la trasteri? a estacionaria y la idiotez calculada. Es la revalida- cio? n en nuevas para? frasis de la vieja cursileri? a como haute nou- veaute? . El progreso te? cnico responde al terco y estu? pido deseo de no adquirir nunca baraturas, de no quedar de espaldas al proceso
116
117
/
? ? ? ? \
de produccio? n desatado sin importar cua? l sea el sentido de lo pro- ducido. En todas partes la concurrencia, la congestio? n, las colas de espera sustituyen a toda necesidad en alguna medida racional. Ape- nas es menor la aversio? n hacia una composid o? n de cara? cter radical o demasiado moderna que la aversio? n hada una peli? cula con so? lo
tres meses en cartel, prefirie? ndose a cualquier precio la ma? s re- dente, aunque en nada se diferencie de la anterior. Como la clientela de la sociedad de masas desea estar inmediatamente a la u? ltima, no puede dejar escapar nada. Asi? como el aficionado del siglo XIX era capaz de asistir so? lo a un acto de la o? pera
por su actitud un tanto ba? rbara de no permitir que ningu? n espec- ta? culo pudiera acortar el disfrute de su cena, con el tiempo la barbarie actual, a la que se le ha privado del recurso a la cena, no puede de ningu? n modo saciarse con su cultura. Todo programa debe seguirse hasta el final, todo bes/ selle, debe leerse y toda proyeccio? n ha de presenciarse, mientras dure en la brecha, en las salas principales. La abundancia de las cosas consumidas indiscri- minadamente se vuelve funesta. Hace imposible orientarse en ella, y asi? como en los monstruosos almacenes hay que buscarse un gui? a, tambie? n la poblacio? n, ahogada en ofertas, espera al suyo.
77
Subasta. -La te? cnica desencadenada elimina el lujo, pero no porque conceda privilegio a los derechos del hombre, sino porque con su elevacio? n general del standard amputa la posibilidad de encontrar satisfaccio? n. El tren ra? pido que atraviesa el contienente en dos di? as y tres noches es un milagro, pero el viaje en e? l nada tiene del extinto esplendor del train bleu. Lo que constitui? a el placer de viajar, empezando por las sen? ales de desped ida a t rave? s de la ventanilla abierta y continuando por la atenta solicitud de los que recibi? an las propinas, el ceremonial de la comida y la sen- sacio? n constante de estar gozando de un privilegio que nada quita a nadie, todo eso ha desaparecido juntamente con la gente elegante que antes de la partida solla pasear por los perrons y que ahora es inu? til buscar en los bali? s de los ma? s distinguidos ho-
teles. El acto de plegar las escalerillas del tren significa, aun para el pasajero del expreso ma? s caro, que debe ajustarse como un prisionero a las ordenanzas de la compan? i? a. Ciertamente e? sta le devuelve en servicios el valor exactamente calculado de su dinero,
pero no le concede nada que no venga establecido como un de- rech~ . mi? nimo. ? A quie? n se le ocurrid a, conociendo semejantes condiciones, hacer como antan? o un viaje con su amada de Pari? s a Niza? Sin embargo, no es posible liberarse de la sospecha de
que, por otra parte, el lujo disidente, ruidosamente anunciado Il. e,va siemp~e. anejo un elemento de veleidad, de artificial ostenta: Clan. S,u misi o? n es antes la de permitir a los adinerados, segu? n la teona de Veblen, convencerse a si? mismos y a los dema? s de su J/a/UJ que la de satisfacer sus cada vez ma? s indiferenciadas neces! dades. Si el . Ca. dillac debe aventajar al Chevroler porque cues- ta m~s: tal superioridad procede, sin embargo, a diferencia de la del vrejo Rolls Royce, de un plan general establecido que astuta-
~ente emplea alla? me! o. res cilindros, tuercas y accesorios que aqui? sm ~u. e el esquema b a? sico de la produccio? n en masa haya variado u. n aprce: so? lo se necesitari? an unos ligeros cambios en la produc- cio? n para transformar el Chevroler en un Cadillac. De ese modo, el lu~o queda socavado. Porque en medio de la fungibilidad gene- ra~ sl~ue latl~do sin excepcio? n la felicidad de lo no fungible.
Ningu? n empeno de la humanidad, ningu? n razonamiento formal puede impedir que el fastuoso vestido de una lo deban llevar
118
119
veinte ~
que ? ebldo a su diferencia y singularidad no desaparece entre las relaciones de cambio dominantes- se acoge al cara? cter fetichista. Pero esa pr~~esa. de feJjcid~d que contiene el lujo presupone a su vez el ptlvlleglo y la deslgualdad econo? mica, justo una socie- dad basada en la fun gibilidad . De ese modo, lo cualitativo mis- mo se torna un . caso particular de la cuantificacio? n, lo no fungi- ble se hace . funglb~e, el lujo se convierte en confort y al final en un gad~e~ sm se~tldo. En semejante circulo, el principio del lujo sucumbiri? a aun Sin la tendencia a la nivelacio? n propia de la socle-
d~d de masas, de la que los reaccionarios sentimentalmente se in- dignan. La consis. te? ~ia i? ntima del lujo no es indiferente a Jo que l,e. acontece ~ lo inu? til con su total integracio? n en el reino de lo u?
se Impuso en otros di? as: el de que no era posible esperar. Con- ~ian~o en el estado de la te? cnica se concebi? a el cambio como algo mmmeme, como posibilidad ma? s inmediata. Las concepciones que implicaban largos peri? odos de tiempo, cautelas y medidas pedago? - gicas para la poblaci6n se haci? an sospechosas de abandono de la meta que teni? an propuesta. La voluntad auto? noma habla encon- trado entonces su expresio? n en un optimismo equivalente al des- precio de la muerte. De todo ello s610 ha quedado la envoltura,
112
113
? ? ? la fe en el poder y la grandeza de la organizacio? n en si? , sin dis- posicio? n a actu ar y, adema? s, impregnada de la conviccio? n destr uc- tiva de que la espontaneidad ya no es posible, aunque al final vencera? el eje? rcito rojo. El persistente control de que todos mani- fiesten su confianza en que las cosas saldra? n bien, hace a los infle- xibles sospechosos de derrotistas y renegados. En los cuentos, los adivinos que surgi? an de lo desconocido eran nuncios de las ma- yates venturas. Hoy, cuando el abandono de la utopi? a se parece a su realizacio? n tamo como el Anticristo al Para? clito, la palabra agorero se ha convertido en insulto hasta entre los que esta? n abajo. El optimismo de izquierda repite la insidiosa supersticio? n burguesa de que no hay que atraer al demonio, sino atender a lo positivo. <<l Al sen? or no le gusta el mundo? Pues que busque otro mejor>> - tal es el lenguaje del realismo socialista.
74
circulaba por los
parques zoolo? gicos, de tan variados inquilinos, de las grandes ciudades europeas produzcan efectos degenerativos: ma? s de dos elefantes, dos jirafas o un hipopo? tamo es perjudicial. Nada se arre- gla con las instalaciones de Hagenbeck a base de fosos y con eli- minacio? n de rejas, que traicionan el modelo del arca proponiendo una salvacio? n que so? lo el Ararat puede prometer , Niegan la liber- tad de la criatura tanto ma? s perfectamente cuanto ma? s invisibles hacen los encierros cuya vista pudiera encender elansia del espacio abierto. Son respecto a unos zoos aceptables lo que los jardines bota? nicos respecto a las selvas tropicales. Cuanto ma? s puramente la civilizacio? n conserva y trasplanta la naturaleza, ma? s inexorable- mente queda e? sta dominada. Puede permitirse abarcar zonas na- turales cada vez mayores y dejarlas, dentro de sus contornos, apa- rentemente intactas, mientras que ames la eleccio? n y la explota- cio? n de trozos aislados daban testimonio de la necesidad de impo- nerse a la naturaleza. El tigre que sin parar va de un lado a otro de su jaula refleja au? n de forma negativa con su paso inquieto algo de humanidad, pero no el que retoza al otro lado de los fosos insalvables. La cla? sica belleza de la vida animal de Brehm radica en el hecho de que describe a todos los animales tal como se muestran a trave? s de las rejas de los parques zoolo? gicos, e incluso se acrecienta cuando cita las descripciones de la vida animal en su estado salvaje procedentes de naturalistas imaginativos. Mas tam- bie? n la verdad de que el animal en la jaula sufre ma? s que en las instalaciones libres, de que Hagenbeck represente de hecho un progreso en humanidad, dice algo sobre la inevitebilidad del en- cierro. Este es una consecuencia de la historia. Los parques zoolo? - gicos son en su aute? ntica configuracio? n productos del imperialismo colonial del siglo XIX. Comenzaron a prosperar a rai? z de la coloni- zacio? n de regiones salvajes de ACrica y Asia Central, que pagaban tributos simbo? licos con formas animales. El valor del rrfburo se medi? a por lo exo? tico, por lo difi? cil de encontrar. El desarrollo de la te? cnica acabo? con ello eliminando lo exo? tico. El leo? n criado en una granja esta? tan domesticado como el caballo, sometido hace tiempo a un control de natalidad . Pero el milenio au? n no ha llegado. So? lo en la propia irracionalidad de la cultura, en los rin- cones y los muros, a los que adema? s hay que an? adir las vallas, torres y bastiones de los parques zoolo? gicos dispersos por ciuda- des, puede conservarse la naturaleza. La racionalizacio? n de la cul- tura, que abre sus ventanas a la naturaleza, la absorbe por entero eliminando junto con la diferencia el principio mismo de la cul-
M amu t . - Hace
canos la noticia del hallazgo de un dinosaurio conservado entere en el estado de Utah. Se afirmaba que el ejemplar habi? a sobre. vivido a los de su ge? nero y era millones de an? os ma? s joven que Jos hasta ahora conocidos. Este tipo de noticias, igual que la inso- portable moda humori? stica del monstruo del lago Ness y la peli? cula King-Kong, es una proyeccio? n colectiva del monstruoso estado toralista. La colectividad se prepara para afrontar sus horrores ha- bitua? ndose a figuras gigantescas. En la absurda inclinacio? n a acep- tarlas intenta desesperadamente la humanidad cai? da en la impo- tencia incorporar a la experiencia lo que se burla de toda expe- riencia. Pero la representacio? n de animales primitivos vivos o ex- tinguidos hace pocos millones de an? os no acaba ahi? . La esperanza que anhela la actualidad de lo ma? s remoto apunta al convenci- miento de que los seres de la creacio? n puedan superar el agravio que les ha hecho el hombre, si no a e? ste mismo, y surja una es- pecie mejor que al fin lo consiga. De esta misma esperanza sur- gieron los parques zoolo? gicos. Estos vienen dispuestos conforme al modelo del arca de Noe? , pues desde que existen la clase bur- guesa espera el diluvio. La utilidad de los parques zoolo? gicos para el entretenimiento y la ensen? anza parece un flojo pretexto. Estos son alegori? as del ejemplar o la pareja que se resiste al"destino que a la especie en cuanto especie le esta? deparado. De ahi? que los
unos an? os
perio? di cos
ameri-
114
tura, la posibilidad de la reconciliacio? n.
115
. (,1' \11. 1,\ "1" . . . . . r . , - ' l . ? "ItTU 1T"1". \""":" ;j Iu;t! -,i? I? i'o? ;;, \1 ~ 1. :n~,I;;.
. ~. ,~ J)~'" 111"'j'r,\'l~
? ? ? 75
Fri? o albergue. - El romanticismo de la desilusio? n de Schubert eligio? lleno de presentimientos, en el ciclo cuyo lugar central lo ocupan las palabras <<He acabado con lodos los suen? os>>, el nomo bre de posada ya so? lo para el cementerio. La l ata morgafl? ? del pai? s de Jauja esta? afectada de la rigidez cadave? rica. Hue? spedes y patro? n esta? n embrujados. Los primeros tienen prisa. Por ellos
ni se quitari? an el sombrero. Sobre inco? modos asientos se les con- mina, pasa? ndoles la nota y cediendo a la presio? n moral de los que esperan detra? s. a abandonar cuanto antes el local. que para mayor burla se sigue llamando cafe? . Pero el patro? n, con todos sus cola. botadores, no lo es ya propiamente hablando. sino un empleado. P robablemente la decadencia de la hospederi? a da ta de la disolucio? n de la antigua unidad de albergue y burdel, cuyo recuerdo pervive nosta? lgico en cada mirada que se echa a la camarera puesta para ser vista y a los gestos dclatedorcs de las doncellas.
Pero desde que se expurgo? al oficio hostelero, la ma? s digna profesio? n de la es- fera de la circulaci o? n, de la u? ltima ambigu? edad, como la que au? n guarda la palabra tra? fico, las cosas han empeorado. Paso a paso, y siempre con argumentos irrebatibles, los medios aniquilan el fin.
La divisio? n del trabajo, el sistema de funciones automatizadas, tiene por efecto el que a nadie le importe nada el bienestar del cliente. Nadie puede ya leer en su rostro lo que le apetece, dado que el camarero ya no conoce los platos, y si se le ocurre reco- mendar alguna cosa debe cargar con los reproches de haberse exce- dido en sus competencias. Nadie se apresura a servir al cliente que espera largo rato cuando el que le atiende esta? ocupado: el cuidado de la institucio? n, que culmina en el caso de la prisio? n, se parece al que existe en la cli? nica alrededor del sujeto, que es admi- nistrado como un objeto. Es comprensible que el restaurante este? separado del hotel. del estuche vado de las habitaciones, por hos- tiles abismos, como no lo son menos las limitaciones del tiempo en la comida y en el insufrible room seroice, de donde se huye
hacia el drugstore, el ostentoso establecimiento tras de cuyo inhos- pitalario mostrador un malabarista de huevos fritos, lonchas de jamo? n y bolas de helado se presenta como u? ltimo resto de hospita- lidad. Pero en el hotel toda pregunta imprevista es respondida por el mismo portero sen? alando parsimoniosamente otro mostrador casi siempre abandonado. La objecio? n de que en todo esto no hay que ver sino una rezongantc laudatio temporis acti? no es convin-
cente. ? Q uie? n no preferid a el Blauer Srem de Praga o el Os/erro? ? cbi? scber Ha! de Salzburgo aunque tuviera que recorrer el pasillo para ir al ban? o y no le despertase a primera hora la infalible ca- lefaccio? n central? Cuanto ma? s nos acercamos a la esfera de la exis- tencia inmediata, corpo? rea, ma? s cuestionable se hace el progreso, pi? rrica victoria de la produccio? n fetichizada. A veces tal progreso se horroriza de si? mismo y trata de devolver la unidad, si bien de manera puramente simbo? lica, a las funciones del trabajo separadas de forma calculada. Entonces surgen figuras como la hOJteJI, es- pecie de patrona sinte? tica. Como e? sta en realidad no se cuida de nada, no reu? ne mediante ninguna disposicio? n real las funciones es- cindidas y enfriadas, sino que se limita a los vanos gestos de bien-
venida y en todo caso al control de los empleados, su aspecto es el de una mujer marchita fastidiosamente guapa, tiesamente es- belta y foreedamenre juvenil. Su verdadero fin es el de velar por que el d iente que entra ni siquiera pueda escoger e? l mismo su mesa, puesto que el negocio esta? por encima de e? l. Su encanto es el reverso de la gravedad que osten~a el encargado de la expulsio? n.
76
Cena de gala. --Co? mo se ensamblan hoy el progreso y la re- gresio? n, lo vemos en el concepto de las posibilidades te? cnicas. los procedimientos meca? nicos de reproduccio? n se han desarrollado y establecido independientemente de lo que se reproduce. Estos pasan por progresistas, y lo que no participa de ellos por reaccio- nario y provinciano. Semejante creencia es fomentada con tanto mayor empen? o cuando los superaparatos, si por cualquier motivo pierden utilidad, amenazan con convertirse en una mala inversio? n. Pero como su desarrollo afecta de forma esencial a lo que bajo el liberalismo se llamaba presentacio? n, y a la vez su propio peso aplasta al producto mismo - a l que despue? s de IOdo el aparato le es algo externo-e-, la adecuacio? n de las necesidades al aparato
tiene por consecuencia la muerte de las exigencias materiales. El celo fascinado con que se consume cada nuevo procedimiento no so? lo crea indiferencia hada lo producido, sino que tambie? n favo- rece la trasteri? a estacionaria y la idiotez calculada. Es la revalida- cio? n en nuevas para? frasis de la vieja cursileri? a como haute nou- veaute? . El progreso te? cnico responde al terco y estu? pido deseo de no adquirir nunca baraturas, de no quedar de espaldas al proceso
116
117
/
? ? ? ? \
de produccio? n desatado sin importar cua? l sea el sentido de lo pro- ducido. En todas partes la concurrencia, la congestio? n, las colas de espera sustituyen a toda necesidad en alguna medida racional. Ape- nas es menor la aversio? n hacia una composid o? n de cara? cter radical o demasiado moderna que la aversio? n hada una peli? cula con so? lo
tres meses en cartel, prefirie? ndose a cualquier precio la ma? s re- dente, aunque en nada se diferencie de la anterior. Como la clientela de la sociedad de masas desea estar inmediatamente a la u? ltima, no puede dejar escapar nada. Asi? como el aficionado del siglo XIX era capaz de asistir so? lo a un acto de la o? pera
por su actitud un tanto ba? rbara de no permitir que ningu? n espec- ta? culo pudiera acortar el disfrute de su cena, con el tiempo la barbarie actual, a la que se le ha privado del recurso a la cena, no puede de ningu? n modo saciarse con su cultura. Todo programa debe seguirse hasta el final, todo bes/ selle, debe leerse y toda proyeccio? n ha de presenciarse, mientras dure en la brecha, en las salas principales. La abundancia de las cosas consumidas indiscri- minadamente se vuelve funesta. Hace imposible orientarse en ella, y asi? como en los monstruosos almacenes hay que buscarse un gui? a, tambie? n la poblacio? n, ahogada en ofertas, espera al suyo.
77
Subasta. -La te? cnica desencadenada elimina el lujo, pero no porque conceda privilegio a los derechos del hombre, sino porque con su elevacio? n general del standard amputa la posibilidad de encontrar satisfaccio? n. El tren ra? pido que atraviesa el contienente en dos di? as y tres noches es un milagro, pero el viaje en e? l nada tiene del extinto esplendor del train bleu. Lo que constitui? a el placer de viajar, empezando por las sen? ales de desped ida a t rave? s de la ventanilla abierta y continuando por la atenta solicitud de los que recibi? an las propinas, el ceremonial de la comida y la sen- sacio? n constante de estar gozando de un privilegio que nada quita a nadie, todo eso ha desaparecido juntamente con la gente elegante que antes de la partida solla pasear por los perrons y que ahora es inu? til buscar en los bali? s de los ma? s distinguidos ho-
teles. El acto de plegar las escalerillas del tren significa, aun para el pasajero del expreso ma? s caro, que debe ajustarse como un prisionero a las ordenanzas de la compan? i? a. Ciertamente e? sta le devuelve en servicios el valor exactamente calculado de su dinero,
pero no le concede nada que no venga establecido como un de- rech~ . mi? nimo. ? A quie? n se le ocurrid a, conociendo semejantes condiciones, hacer como antan? o un viaje con su amada de Pari? s a Niza? Sin embargo, no es posible liberarse de la sospecha de
que, por otra parte, el lujo disidente, ruidosamente anunciado Il. e,va siemp~e. anejo un elemento de veleidad, de artificial ostenta: Clan. S,u misi o? n es antes la de permitir a los adinerados, segu? n la teona de Veblen, convencerse a si? mismos y a los dema? s de su J/a/UJ que la de satisfacer sus cada vez ma? s indiferenciadas neces! dades. Si el . Ca. dillac debe aventajar al Chevroler porque cues- ta m~s: tal superioridad procede, sin embargo, a diferencia de la del vrejo Rolls Royce, de un plan general establecido que astuta-
~ente emplea alla? me! o. res cilindros, tuercas y accesorios que aqui? sm ~u. e el esquema b a? sico de la produccio? n en masa haya variado u. n aprce: so? lo se necesitari? an unos ligeros cambios en la produc- cio? n para transformar el Chevroler en un Cadillac. De ese modo, el lu~o queda socavado. Porque en medio de la fungibilidad gene- ra~ sl~ue latl~do sin excepcio? n la felicidad de lo no fungible.
Ningu? n empeno de la humanidad, ningu? n razonamiento formal puede impedir que el fastuoso vestido de una lo deban llevar
118
119
veinte ~
que ? ebldo a su diferencia y singularidad no desaparece entre las relaciones de cambio dominantes- se acoge al cara? cter fetichista. Pero esa pr~~esa. de feJjcid~d que contiene el lujo presupone a su vez el ptlvlleglo y la deslgualdad econo? mica, justo una socie- dad basada en la fun gibilidad . De ese modo, lo cualitativo mis- mo se torna un . caso particular de la cuantificacio? n, lo no fungi- ble se hace . funglb~e, el lujo se convierte en confort y al final en un gad~e~ sm se~tldo. En semejante circulo, el principio del lujo sucumbiri? a aun Sin la tendencia a la nivelacio? n propia de la socle-
d~d de masas, de la que los reaccionarios sentimentalmente se in- dignan. La consis. te? ~ia i? ntima del lujo no es indiferente a Jo que l,e. acontece ~ lo inu? til con su total integracio? n en el reino de lo u?