a,
perturbaban
las clases, y que, sin embargo, ya en sus di?
Adorno-Theodor-Minima-Moralia
a el hijo
de un liberto.
Esdifi? cil imaginar que los hombres muy malos mueran.
Decir nosotros queriendo decir yo es una de las humillaciones ma? s escogidas.
Entre <<yo son? e? ", y <<me puse a son? ar- se inscriben todas las edades del mundo. ? Pero que? es ma? s verdad? Cuantos menos sue- n? os envi? an los espi? ritus, menos es el yo que suen? a.
Con motivo del ochenta y cinco cumplean? os de un hombre en todos los aspectos muy bien atendido, pregunte? en suen? os que? le podri? a regalar para darle realmente una alegri? a. Y en seguida me vino la respuesta: un gui? a para adentrarse en el mundo de las sombras.
Que Lcporello tenga que quejarse de la escasa comida y el pocodinero, deja dudas sobre la existencia de Don Juan.
Muy pronto en mi infancia vi por vez primera a los barrende- ros quitando la nieve con unas ropas delgadas y raidas. Cuando pregunte? se me contesto? que eran hombres sin trabajo a los que se les daba esa ocupacio? n para que se ganaran el pan. . . Bien esta? entonces que se pongan a quitar la nieve>>, exclame? furioso, y al pronto rompi? a llorar desconsoladamente.
El amor es la capacidad de percibir lo semejante en lo dese. mcjante.
? HORACIO. Carmi? na,lib. III. [N. delr. l 191
? ? ? ? ? ? ? ? ? Propaganda de un circo en Pari? s antes de la segunda guerra: Plus sport que le tbe? stre, plus ui? oant que le cin e? ma.
Quiza? una peli? cula que cumpliera rigurosamente con el code de la Hays DI/ice podrfa llegar a ser una gran obra, pero no en un mundo donde existe una HaysOflice.
Verlaine: el pecado mortal perdonable.
BridesheaJ Reoisited de Evelyn Waugh: el esnobismo socia-
lizado.
Zille azota a la miseria en el trasero. Scheler: Le bouJoir dans la pbilosopbie.
En un poema de Liliencron se describe la musrca militar. El comienzo dice: <<y por la esquina irrumpe atronadora, cual trorn- peta del Juicio Final>>; y concluye: <<? Alguna mariposa multico- lor, / chin, chin, bum, doblo? la esquina? >>. Filosofi? a poe? tica de la violencia en la historia, con el Di? a del Ju icio al comienzo y el lepi- d o? ptero al final.
En el Entlang de Trakl se encuentra este verso: <<Dime desde cua? ndo estamos muertos>>; y en los Gotdene Soneue de naubler: . . Que? cierto es que todos hace tiempo que hemos rnuerro. >> La uni- dad del expresionismo esta? en la expresio? n de la realidad de unos hombres totalmente extran? os unos a Otros, a los que la vida abandono? y que por eso se convirtieron en muertos.
Entre las formas que ensayo? Borchardt no faltan reelaboraclo- nes de la cancio? n popular. Teme decir . . en tono popular>> y en su lugar dice <<en el tono de! pueblo. . . Peto esto suena como <<en nombre de la ley>>. El poeta recuperador acabo? de polida pru- siano.
De las tareas que el pensamiento tiene por delante, no es la u? ltima la de poner todos los argumentos reaccionarios contra la cultura occcidental al servido de la ilustracio? n progresista.
So? lo son verdaderos los pensamientos que no se comprenden a si? mismos.
Cuando la viejecita arrastraba la len? a para la hoguera, exclame? Hus: [sancta simpli? citas! ? Pero cua? l fue la causa de su sacrificio? ? la comunio? n de las dos formas? Toda reflexio? n parece ingenua a otra ma? s alta, y no hay nada que sea simple, porque todo se torna simple en la desesperada huida que es el olvido.
So? lo sera? s amado donde puedas mostrarte de? bil sm provocar la fuerza.
123
El mal compan? ero. --Ciertamente tendri? a que poder deducir el fascismo de los recuerdos de mi infancia. Como un conquistador en las provincias ma? s lejanas, el fascismo habi? a enviado alli? a sus emisarios mucho antes de aparecer e? l: e? stos eran mis compan? eros de ~olegio. Si la clase burguesa abrigaba ya desde tiempo inme. mortal el suen? o de la ruda comunidad del pueblo, de la opresio? n de todos por todos, han sido nin? os, nin? os que de nombre se lla. maban Horst y ]u? rgcn y de apellido Bergcnroeh, Bojunga y Eck- hardt , los que han escenificado e! suen? o antes de que los adultos estuvieran hist o? ricamente maduros para hacerlo realidad. Yo senti? la violencia de las figuras terribles a que aspiraban ser con tal evidencia, que toda posterior fortuna me ha parecido como prcvi-
sional o falsa. La irrupcio? n del Tercer Reich cogio? por sorpresa a mis opiniones poli? ticas, pero no a mis temores inconscientes. To- dos los motivos de aquella permanente cata? strofe los habi? a vivido tan de cerca, tan indelebles estaban en mi? las marcas de fuego del despertar alema? n, que luego pude reconocerlos en los rasgos de la dictadura hitleriana; y en mi loco espanto a menudo me pareci? a como si el Estado total se hubiese inventado expresa. mente contra mi, para hacerme despue? s aquello de lo que en mi nin? ez, en mi prehistoria, estaba temporalmente eximido. Los cinco patriotas que se abalanzaron sobre un compan? ero solo y lo apa.
learon, y cuando se quejo? al profesor 10 acusaron de chivato, ? no son los mismos que torturaron a los prisioneros para desmentir a los extranjeros, que hablaban de que aque? llos eran torturados? Su voceri? o no teni? a fin cuando el primero de la clase fallaba - ? no eran los mismos que, entre sorprendidos y sarca? sticos, rodearon al judi? o retenido para mofarse de e? l cuando, con poca habilidad, in-
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[93
? ? ? ? ? ? tento? ahorcarse? Los que no sabi? an formar una frase correcta, pero encontraban las mi? as demasiado largas -r-e? no eran los que acabaron con la literatura alemana sustituye? ndola por sus procla- mas? Algunos cubri? an su pecho de insignias enigma? ticas y queri? an ser oficiales de marina tierra adentro, cuando hada tiempo que no habi? a marina: se hari? an jefes de batallo? n y portaestandartes, legi- timistas de la ilegitimidad. Aquellos forzados inteligentes que en la clase tuvieron tan escaso e? xito como bajo el liberalismo el efi? - donado capaz, pero sin relaciones; que por eso se dedicaron para agradar a sus padres a labores de marqueteri? a o, para su propio solaz, a pasar largas tardes ante el tablero haciendo complicados dibujos con tintas de colores. todos ellos ofrecieron al Tercer Reicb sus siniestras aptitudes para resultar otra vez engan? ados. Pero
aquellos que de continuo se rebelaban contra el profesor y, como bien deci?
a, perturbaban las clases, y que, sin embargo, ya en sus di? as, o mejor horas, de Bachillerato formaron una alianza con los mismos profesores en la misma mesa y con la misma cerveza, llegari? an a convertirse en secuaces, rebeldes en cuyos im- pacientes pun? etazos sobre la mesa resonaba la adoraci6n por los amos. Les bastaba con estar sentados para adelantar a los que habi? an superado el curso y vengarse asi? de ellos. Desde que sur- gieron de entre los suen? os como funcionarios y candidatos de la muerte ya visibles y me desposeyeron de mi vida pasada y de mi lengua, no necesito ya son? ar con ellos. En el fascismo la pesadilla de la nin? ez ha vuelto a si.
1935
124
feroglifico. - La razo? n de por que? , a pesar de la evolucio? n histo? rica este? concluyendo en la oligarqui? a, los trabajadores sepan cada vez menos que lo son, puede con todo adivinarse partiendo de algunas observaciones. Cuando las relaciones del propietario y el productor con el aparato de la produccio? n se afianzan objetiva- mente de modo cada vez ma? s ri? gido, tanto ma? s fluctuante se vuel- ve la pertenencia subjetiva a una clase. Esta situacio? n viene pro- piciada por el desarrollo econo? mico mismo. La estructura orga? nica del capital exige, como a menudo se ha constatado, un control a cargo de organizadores te? cnicos antes que de los propietarios de las fa? bricas. Estos eran en cierto modo la parte opuesta al trabajo
vivo; aque? llos representan la participacio? n de las ma? quinas en el capital. Pero la cuantificacio? n de los procesos te? cnicos, su descorn- posicio? n en operaciones ma? s pequen? as y en gran medida indepen- dientes de la formacio? n y la experiencia hace de las habilidades de aquellos directores de nuevo estilo en considerable medida una mera ilusio? n tras de la cual se esconde el privilegio de ser admi- tido. El hecho de que el desarrollo te? cnico haya alcanzado un es- tadio que permite a todos desempen? ar todas las funciones es un elemento socialista-inmanente del progreso que bajo el industrialis- mo tardi? o aparece travestido. Formar parte de la e? lire es algo que a todos les parece asequible. No hay ma? s que esperar a la co-op- cio? n. La idoneidad consiste en la afinidad, desde la ocupacio? n libi- dinosa que constituye todo manejar hasta la fresca y alegre R~al- polilik pasando por la sana conviccio? n tecnocra? tica. Expertos so? lo lo son en cuanto expertos en el control. Que todo el mundo pue- da ser uno de ellos no ha conducido a su extincio? n, sino a que to- dos puedan ser llamados. El preferido es el que mejor encaja. Es cierto que los elegidos forman una i? nfima minori? a, pero la posibi- lidad estructural basta para asegurar con e? xito dentro del sistema la apariencia de la igualdad de oportunidades que la libre compe- tencia, que vivi? a de aquella apariencia, habia eliminado. El hecho de que las fuerzas te? cnicas permitan una situacio? n de ausencia de privilegios lo atribuyen todos tendenci? almenre, incluso los que esta? n en la sombra, a las relaciones sociales que la impiden. En general, la pertenencia subjetiva a una clase muestra hoy una movi- lidad que hace olvidar la rigidez del propio orden econo? mico: lo ri? gido siempre es a la vez dislocable. Hasta la impotencia del indi- viduo para calcular su destino econo? mico contribuye a esa canfor. mnte movilidad. No es la falta de habilidad la que decide su ruina, sino una trama opaca y jerarquizada en la que nadie, ni aun los que esta? n en la cu? spide, puede sentirse seguro. Es la igualdad en la amenaza. Cuando en la peli? cula de mayor e? xito que se pro- yecto? cierto an? o el heroico capita? n de aviacio? n regresa para dejarse zarandear como un dregstore jerk por caricaturas de pequen? os bur- gueses, no so? lo da satisfaccio? n a la inconsciente malignidad de los espectadores, sino que adema? s los confirma en su conciencia de que todos los hombres son hermanos. La extrema injusticia se con- vierte en imagen engan? osa de la justicia, y la descalificacio? n de los hombres en la de su igualdad. Pero los socio? logos se ven enfren- tados a una desconcertante adivinanza: ? do? nde esta? el proleta- riado?
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? ? ? ? 125
Ol~t. -En Europa el pasado preburgue? s habi? a sobrevivido en la vergu? enza de dejarse pagar por servidos o favores personales. De esto nada sabe ya el Nuevo Continente. Cierto que en el viejo nadie haci? a nada sin compensacio? n, pero eso mismo se senti? a como una herid a. Sin duda la nobleza, que no deriva de nada mejor que el monopolio del sucio, era ideologi? a. Pero penetraba los caracteres
tan profundamente, que era suficiente para no hacer a los sujetos doblar la cerviz ante el mercado. La capa dominante alemana tenia prohibido hasta bien entrado el siglo xx obtener dinero de otra manera que de los privilegios o del control sobre la produccio? n. Lo que para artistas y literatos suponi? a un descre? dito, y contra lo que ellos mismos casi siempre se rebelaban, era la remuneracio? n, y asi? el preceptor Holderli? n, como todavi? a el pianista Liszt, tuvie-
ron aquellas experiencias que luego se transformari? an en anti? tesis suyas. en conciencia dominante. De entonces hasta nuestros di? as, lo que crudamente ha ido determinando la pertenencia de un hom- bre a la clase superior o a la inferior es el hecho de ganar o no dinero. En ocasiones la altivez se transformaba en critica consci? en- te. Todos los nin? os de la clase alta europea enrojeci? an cuando sus
parientes les regalaban dinero, y aunque el predominio de la utili- dad burguesa atajo? tales reacciones compensa? ndolas, au? n quedaba despierta la duda sobre si el hombre habla sido creado para el in- tercambio. En la conciencia europea, los restos de lo antiguo fue- ron los fermentos de lo nuevo. En cambio en Ame? rica ningu? n nin? o de padres bien situados tiene escru? pulos que le impidan ganar un par de centavos repartiendo perio? dicos. y esa falta de reparos ha cristalizado en los adultos en un ha? bito. De ahi? que al europeo
no avisado le parezcan todos los americanos gente sin dignidad, dispuesta a realizar servicios recompensados, asi? como, al contra- tia e? stos tiendan a considerar al europeo como un vagabundo e imitador de pri? ncipes. La ma? xima sobreentendida de que el trabajo no deshonra, la candorosa ausencia de todo esnobismo respecto a lo contrario al honor - e n el sentido feudal- de las rcleci? oncs de mercado y la democracia del principio adquisitivo contribuyen a la perpetuacio? n del elemento anri? democre? rico por excelencia, de la injusticia econo? mica, de la degradacio? n humana. A nadie se le ocu- rre pensar que pcdrfa hacer alguna cosa no expresable en valor de cambio. Este es el presupuesto real del triunfo de aquella razo? n subjetiva incapaz de concebir siquiera algo verdadero y valioso en
si. percibie? ndolo siempre como siendo para arra, como intercam- biable. Si alla? la ideologi? a era orgullo, aqul lo es el abastecimiento al cliente. Esto vale igual para los productos del espi? ritu objetivo. El beneficio inmediato y particular en el acto del cambio, lo ma? s limitado subjetivamente, prohi? be la expresio? n subjetiva. La explo- tabilidad --el a priori de la produccio? n consecuentemente ajustada al mercado- no permite que en absoluto aparezca la necesidad esponta? nea de aque? lla, de la cosa misma. Hasta los productos de la cultura exhibidos y repartidos por el mundo con la mayor osten- tacio? n repiten, aunque sea por obra de una maquinaria impenetra- ble, los gestos del mu? sico de restaurante. que mira de soslayo al platillo sobre el piano mientras ejecuta las melodi? as favoritas de sus favorecedores. Los presupuestos de la industria cultural se cuentan en miles de millones, pero la ley formal de sus producci? o- nes es la propina. Lo excesivamente reluciente e higie? nicamente limpio de la cultura industrializada es el u? nico rudimento que queda de aquella vergu? enza, una imagen evocadora comparable a
los [raes de los altos managers de hotel, que, para no confundirse con los maures, sobrepasan en elegancia a los aristo? cratas, de suero
te que acaban confundie? ndolos con los mal/res.
126
e. l. -Las formas de conducta adecuadas a cada estadio ma? s avanzado del desarrollo te? cnico no se limitan a los sectores donde con ma? s razo? n se exigen. Asi?
de un liberto.
Esdifi? cil imaginar que los hombres muy malos mueran.
Decir nosotros queriendo decir yo es una de las humillaciones ma? s escogidas.
Entre <<yo son? e? ", y <<me puse a son? ar- se inscriben todas las edades del mundo. ? Pero que? es ma? s verdad? Cuantos menos sue- n? os envi? an los espi? ritus, menos es el yo que suen? a.
Con motivo del ochenta y cinco cumplean? os de un hombre en todos los aspectos muy bien atendido, pregunte? en suen? os que? le podri? a regalar para darle realmente una alegri? a. Y en seguida me vino la respuesta: un gui? a para adentrarse en el mundo de las sombras.
Que Lcporello tenga que quejarse de la escasa comida y el pocodinero, deja dudas sobre la existencia de Don Juan.
Muy pronto en mi infancia vi por vez primera a los barrende- ros quitando la nieve con unas ropas delgadas y raidas. Cuando pregunte? se me contesto? que eran hombres sin trabajo a los que se les daba esa ocupacio? n para que se ganaran el pan. . . Bien esta? entonces que se pongan a quitar la nieve>>, exclame? furioso, y al pronto rompi? a llorar desconsoladamente.
El amor es la capacidad de percibir lo semejante en lo dese. mcjante.
? HORACIO. Carmi? na,lib. III. [N. delr. l 191
? ? ? ? ? ? ? ? ? Propaganda de un circo en Pari? s antes de la segunda guerra: Plus sport que le tbe? stre, plus ui? oant que le cin e? ma.
Quiza? una peli? cula que cumpliera rigurosamente con el code de la Hays DI/ice podrfa llegar a ser una gran obra, pero no en un mundo donde existe una HaysOflice.
Verlaine: el pecado mortal perdonable.
BridesheaJ Reoisited de Evelyn Waugh: el esnobismo socia-
lizado.
Zille azota a la miseria en el trasero. Scheler: Le bouJoir dans la pbilosopbie.
En un poema de Liliencron se describe la musrca militar. El comienzo dice: <<y por la esquina irrumpe atronadora, cual trorn- peta del Juicio Final>>; y concluye: <<? Alguna mariposa multico- lor, / chin, chin, bum, doblo? la esquina? >>. Filosofi? a poe? tica de la violencia en la historia, con el Di? a del Ju icio al comienzo y el lepi- d o? ptero al final.
En el Entlang de Trakl se encuentra este verso: <<Dime desde cua? ndo estamos muertos>>; y en los Gotdene Soneue de naubler: . . Que? cierto es que todos hace tiempo que hemos rnuerro. >> La uni- dad del expresionismo esta? en la expresio? n de la realidad de unos hombres totalmente extran? os unos a Otros, a los que la vida abandono? y que por eso se convirtieron en muertos.
Entre las formas que ensayo? Borchardt no faltan reelaboraclo- nes de la cancio? n popular. Teme decir . . en tono popular>> y en su lugar dice <<en el tono de! pueblo. . . Peto esto suena como <<en nombre de la ley>>. El poeta recuperador acabo? de polida pru- siano.
De las tareas que el pensamiento tiene por delante, no es la u? ltima la de poner todos los argumentos reaccionarios contra la cultura occcidental al servido de la ilustracio? n progresista.
So? lo son verdaderos los pensamientos que no se comprenden a si? mismos.
Cuando la viejecita arrastraba la len? a para la hoguera, exclame? Hus: [sancta simpli? citas! ? Pero cua? l fue la causa de su sacrificio? ? la comunio? n de las dos formas? Toda reflexio? n parece ingenua a otra ma? s alta, y no hay nada que sea simple, porque todo se torna simple en la desesperada huida que es el olvido.
So? lo sera? s amado donde puedas mostrarte de? bil sm provocar la fuerza.
123
El mal compan? ero. --Ciertamente tendri? a que poder deducir el fascismo de los recuerdos de mi infancia. Como un conquistador en las provincias ma? s lejanas, el fascismo habi? a enviado alli? a sus emisarios mucho antes de aparecer e? l: e? stos eran mis compan? eros de ~olegio. Si la clase burguesa abrigaba ya desde tiempo inme. mortal el suen? o de la ruda comunidad del pueblo, de la opresio? n de todos por todos, han sido nin? os, nin? os que de nombre se lla. maban Horst y ]u? rgcn y de apellido Bergcnroeh, Bojunga y Eck- hardt , los que han escenificado e! suen? o antes de que los adultos estuvieran hist o? ricamente maduros para hacerlo realidad. Yo senti? la violencia de las figuras terribles a que aspiraban ser con tal evidencia, que toda posterior fortuna me ha parecido como prcvi-
sional o falsa. La irrupcio? n del Tercer Reich cogio? por sorpresa a mis opiniones poli? ticas, pero no a mis temores inconscientes. To- dos los motivos de aquella permanente cata? strofe los habi? a vivido tan de cerca, tan indelebles estaban en mi? las marcas de fuego del despertar alema? n, que luego pude reconocerlos en los rasgos de la dictadura hitleriana; y en mi loco espanto a menudo me pareci? a como si el Estado total se hubiese inventado expresa. mente contra mi, para hacerme despue? s aquello de lo que en mi nin? ez, en mi prehistoria, estaba temporalmente eximido. Los cinco patriotas que se abalanzaron sobre un compan? ero solo y lo apa.
learon, y cuando se quejo? al profesor 10 acusaron de chivato, ? no son los mismos que torturaron a los prisioneros para desmentir a los extranjeros, que hablaban de que aque? llos eran torturados? Su voceri? o no teni? a fin cuando el primero de la clase fallaba - ? no eran los mismos que, entre sorprendidos y sarca? sticos, rodearon al judi? o retenido para mofarse de e? l cuando, con poca habilidad, in-
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? ? ? ? ? ? tento? ahorcarse? Los que no sabi? an formar una frase correcta, pero encontraban las mi? as demasiado largas -r-e? no eran los que acabaron con la literatura alemana sustituye? ndola por sus procla- mas? Algunos cubri? an su pecho de insignias enigma? ticas y queri? an ser oficiales de marina tierra adentro, cuando hada tiempo que no habi? a marina: se hari? an jefes de batallo? n y portaestandartes, legi- timistas de la ilegitimidad. Aquellos forzados inteligentes que en la clase tuvieron tan escaso e? xito como bajo el liberalismo el efi? - donado capaz, pero sin relaciones; que por eso se dedicaron para agradar a sus padres a labores de marqueteri? a o, para su propio solaz, a pasar largas tardes ante el tablero haciendo complicados dibujos con tintas de colores. todos ellos ofrecieron al Tercer Reicb sus siniestras aptitudes para resultar otra vez engan? ados. Pero
aquellos que de continuo se rebelaban contra el profesor y, como bien deci?
a, perturbaban las clases, y que, sin embargo, ya en sus di? as, o mejor horas, de Bachillerato formaron una alianza con los mismos profesores en la misma mesa y con la misma cerveza, llegari? an a convertirse en secuaces, rebeldes en cuyos im- pacientes pun? etazos sobre la mesa resonaba la adoraci6n por los amos. Les bastaba con estar sentados para adelantar a los que habi? an superado el curso y vengarse asi? de ellos. Desde que sur- gieron de entre los suen? os como funcionarios y candidatos de la muerte ya visibles y me desposeyeron de mi vida pasada y de mi lengua, no necesito ya son? ar con ellos. En el fascismo la pesadilla de la nin? ez ha vuelto a si.
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feroglifico. - La razo? n de por que? , a pesar de la evolucio? n histo? rica este? concluyendo en la oligarqui? a, los trabajadores sepan cada vez menos que lo son, puede con todo adivinarse partiendo de algunas observaciones. Cuando las relaciones del propietario y el productor con el aparato de la produccio? n se afianzan objetiva- mente de modo cada vez ma? s ri? gido, tanto ma? s fluctuante se vuel- ve la pertenencia subjetiva a una clase. Esta situacio? n viene pro- piciada por el desarrollo econo? mico mismo. La estructura orga? nica del capital exige, como a menudo se ha constatado, un control a cargo de organizadores te? cnicos antes que de los propietarios de las fa? bricas. Estos eran en cierto modo la parte opuesta al trabajo
vivo; aque? llos representan la participacio? n de las ma? quinas en el capital. Pero la cuantificacio? n de los procesos te? cnicos, su descorn- posicio? n en operaciones ma? s pequen? as y en gran medida indepen- dientes de la formacio? n y la experiencia hace de las habilidades de aquellos directores de nuevo estilo en considerable medida una mera ilusio? n tras de la cual se esconde el privilegio de ser admi- tido. El hecho de que el desarrollo te? cnico haya alcanzado un es- tadio que permite a todos desempen? ar todas las funciones es un elemento socialista-inmanente del progreso que bajo el industrialis- mo tardi? o aparece travestido. Formar parte de la e? lire es algo que a todos les parece asequible. No hay ma? s que esperar a la co-op- cio? n. La idoneidad consiste en la afinidad, desde la ocupacio? n libi- dinosa que constituye todo manejar hasta la fresca y alegre R~al- polilik pasando por la sana conviccio? n tecnocra? tica. Expertos so? lo lo son en cuanto expertos en el control. Que todo el mundo pue- da ser uno de ellos no ha conducido a su extincio? n, sino a que to- dos puedan ser llamados. El preferido es el que mejor encaja. Es cierto que los elegidos forman una i? nfima minori? a, pero la posibi- lidad estructural basta para asegurar con e? xito dentro del sistema la apariencia de la igualdad de oportunidades que la libre compe- tencia, que vivi? a de aquella apariencia, habia eliminado. El hecho de que las fuerzas te? cnicas permitan una situacio? n de ausencia de privilegios lo atribuyen todos tendenci? almenre, incluso los que esta? n en la sombra, a las relaciones sociales que la impiden. En general, la pertenencia subjetiva a una clase muestra hoy una movi- lidad que hace olvidar la rigidez del propio orden econo? mico: lo ri? gido siempre es a la vez dislocable. Hasta la impotencia del indi- viduo para calcular su destino econo? mico contribuye a esa canfor. mnte movilidad. No es la falta de habilidad la que decide su ruina, sino una trama opaca y jerarquizada en la que nadie, ni aun los que esta? n en la cu? spide, puede sentirse seguro. Es la igualdad en la amenaza. Cuando en la peli? cula de mayor e? xito que se pro- yecto? cierto an? o el heroico capita? n de aviacio? n regresa para dejarse zarandear como un dregstore jerk por caricaturas de pequen? os bur- gueses, no so? lo da satisfaccio? n a la inconsciente malignidad de los espectadores, sino que adema? s los confirma en su conciencia de que todos los hombres son hermanos. La extrema injusticia se con- vierte en imagen engan? osa de la justicia, y la descalificacio? n de los hombres en la de su igualdad. Pero los socio? logos se ven enfren- tados a una desconcertante adivinanza: ? do? nde esta? el proleta- riado?
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Ol~t. -En Europa el pasado preburgue? s habi? a sobrevivido en la vergu? enza de dejarse pagar por servidos o favores personales. De esto nada sabe ya el Nuevo Continente. Cierto que en el viejo nadie haci? a nada sin compensacio? n, pero eso mismo se senti? a como una herid a. Sin duda la nobleza, que no deriva de nada mejor que el monopolio del sucio, era ideologi? a. Pero penetraba los caracteres
tan profundamente, que era suficiente para no hacer a los sujetos doblar la cerviz ante el mercado. La capa dominante alemana tenia prohibido hasta bien entrado el siglo xx obtener dinero de otra manera que de los privilegios o del control sobre la produccio? n. Lo que para artistas y literatos suponi? a un descre? dito, y contra lo que ellos mismos casi siempre se rebelaban, era la remuneracio? n, y asi? el preceptor Holderli? n, como todavi? a el pianista Liszt, tuvie-
ron aquellas experiencias que luego se transformari? an en anti? tesis suyas. en conciencia dominante. De entonces hasta nuestros di? as, lo que crudamente ha ido determinando la pertenencia de un hom- bre a la clase superior o a la inferior es el hecho de ganar o no dinero. En ocasiones la altivez se transformaba en critica consci? en- te. Todos los nin? os de la clase alta europea enrojeci? an cuando sus
parientes les regalaban dinero, y aunque el predominio de la utili- dad burguesa atajo? tales reacciones compensa? ndolas, au? n quedaba despierta la duda sobre si el hombre habla sido creado para el in- tercambio. En la conciencia europea, los restos de lo antiguo fue- ron los fermentos de lo nuevo. En cambio en Ame? rica ningu? n nin? o de padres bien situados tiene escru? pulos que le impidan ganar un par de centavos repartiendo perio? dicos. y esa falta de reparos ha cristalizado en los adultos en un ha? bito. De ahi? que al europeo
no avisado le parezcan todos los americanos gente sin dignidad, dispuesta a realizar servicios recompensados, asi? como, al contra- tia e? stos tiendan a considerar al europeo como un vagabundo e imitador de pri? ncipes. La ma? xima sobreentendida de que el trabajo no deshonra, la candorosa ausencia de todo esnobismo respecto a lo contrario al honor - e n el sentido feudal- de las rcleci? oncs de mercado y la democracia del principio adquisitivo contribuyen a la perpetuacio? n del elemento anri? democre? rico por excelencia, de la injusticia econo? mica, de la degradacio? n humana. A nadie se le ocu- rre pensar que pcdrfa hacer alguna cosa no expresable en valor de cambio. Este es el presupuesto real del triunfo de aquella razo? n subjetiva incapaz de concebir siquiera algo verdadero y valioso en
si. percibie? ndolo siempre como siendo para arra, como intercam- biable. Si alla? la ideologi? a era orgullo, aqul lo es el abastecimiento al cliente. Esto vale igual para los productos del espi? ritu objetivo. El beneficio inmediato y particular en el acto del cambio, lo ma? s limitado subjetivamente, prohi? be la expresio? n subjetiva. La explo- tabilidad --el a priori de la produccio? n consecuentemente ajustada al mercado- no permite que en absoluto aparezca la necesidad esponta? nea de aque? lla, de la cosa misma. Hasta los productos de la cultura exhibidos y repartidos por el mundo con la mayor osten- tacio? n repiten, aunque sea por obra de una maquinaria impenetra- ble, los gestos del mu? sico de restaurante. que mira de soslayo al platillo sobre el piano mientras ejecuta las melodi? as favoritas de sus favorecedores. Los presupuestos de la industria cultural se cuentan en miles de millones, pero la ley formal de sus producci? o- nes es la propina. Lo excesivamente reluciente e higie? nicamente limpio de la cultura industrializada es el u? nico rudimento que queda de aquella vergu? enza, una imagen evocadora comparable a
los [raes de los altos managers de hotel, que, para no confundirse con los maures, sobrepasan en elegancia a los aristo? cratas, de suero
te que acaban confundie? ndolos con los mal/res.
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e. l. -Las formas de conducta adecuadas a cada estadio ma? s avanzado del desarrollo te? cnico no se limitan a los sectores donde con ma? s razo? n se exigen. Asi?