s viejas
amenazadas
por las primeras fases de la Ilus tracio?
Adorno-Theodor-Minima-Moralia
modos, Todos los juicios cuentan con la aprobacio?
n de los amigos, todos los argumentos los conocen
* Nombre de una veterana Y conocida editorial alemana, [N. del r ,) 208
ya ~e al". 'dem'lno. El hecho de que todos los productos de la cultu- ra, mcnn os os no conf i? st "
de di lb " d 1 orrms as, esten incorporados al mecanismo ism ucron e gran capital, de que en los pai? ses ma? s desarro-
llados un producto que no ostente el imprimatur de la prod . , en masa apenas encuentre un lector, un espectador o un u. "lon ~estadesde ,el principi~sustancia al a? nimo discrepante, Has~;e~~f:
a se ,convl:rte en pieza de inventario del estudio real uilado
volverse entre el
:a
' mdlsmos,mi'delectLflales esta? n ya tan bien asentados en lo~stable~ . . ,do esuatsaaeseraquencs '
con la firma de algu? n h'
h~no . lc~enroa,s. ~uelo que se les sirve t~ roui. ambicio? n se limita a desen- ~epertono aceptado, a encontrar la consigna ro-
rrecta El
expec;acio? :c;;~~n~s~a? ~~e~:s~~,:arado~es pura ilusio? n y mera gruesas gafas de cristales planos a I:J~:raed; e:ar~:di~idarsn? in
,
d i ' O? versal ma? s <<brillantes L . . , o e a competencia um- i ' 1 " ' >>, a precondicio? n subjetiva para la oposi-
con, e JUICIO no normado ' ,
decanta en ritual de grupos' ~ fxungue ml~ntras su conducta se
ura.
133
hAPorJaciO? n_11 labistori? adelasideas. - Enmiejemplardelzs. raJoustra del ano 1910 se encuentran al final anuncios de la edi-
tonal. Todos ellos van di rigidos a la tribu de los 1 ' - d N' sebetal l ' o. . . s e tetz-
como se a Imaginaba Alfred Kro? ner en Leipaig que debio? conocerla a fondo, e Los ideales de vida de Ad lbe S ' L L S '
para parecer ante st mismos y en el sen
para que tiren a Kafka y a v~n? ~gnhnaol:~
sltama? s que carraspear
boda h did a rt voeooa. va-
,
a encen 1 o con su obra una ah" II'ma 1'1um'madora que " <>.
ar~J? una potente luz sobre todos los problemas del inquieto cspmru lrumano y nos po ' I 1
' l i d 1 . nc e ararnente ante os ojos los aute? nti- cos reeaes ,e a razo? n, el arte y la cultura, El libro en formato grande y "lUJosamente presentado, esta? escrito del pri'ncipio al fin e~,unes~1oatra~entI' cautivador,sugerenteydida? ctico,yprodu- f,l~a un e ecro est~mu ante sobre todos los espi? ritus verdaderamente
1 re~, como un an? ~ tonificante o el aire fresco de la montan? a ,. Su rotulo: la humamdad y una hum nid d ' '
'd ' " a I a casr tan recomendable como Dnvi Pricdri? ch Srrauss <<Sobr I Z h
Zerbst Ha dos N' , e e arat ustra, por Mex Io? f 'd y da' ? "dtzsche, Uno es el universalmente conocido 'H.
oso() emoa e eslumb '
'1 'b ' rente escnror y expresivo maestro del
esn o, cuyo nom re esta ahora en todas las bocas y los ti? tulos de 209
? ? ? cuyas obras se han convertido en unos cuantos lemas mal enten- didos que han engrosado el inestable patrimonio de las personas 'cultas'. El otro Nietzsche es el abisma? tico e inagotable pensador y psico? logo, el escrutador de los grandes hombres y los valores vitales, de una fuerza espiritual y una potencia intelectual sin igual y que dominara? el i? ururo. El propo? sito de las dos conferen- cias contenidas en este librito es el de hacer comprensible este otro Nietzsche a los ma? s serios y perspicaces hombres modernos. >> Sin embargo, yo preferida al primero. Porque el otro es <<El filo? - sofo y el aristo? crata, una contribucio? n a la caracterizacio? n de Fried- rich Nietzsche debida a Meta van Salis-Marschlins. El libro atrae
por su honesta interpretacio? n de todos los sentimientos que la personalidad de Nietzsche ha despertado en un alma femenina consciente de si? misma? . No olvides el la? tigo, adverti? a Zarathustra. Otra opcio? n es e? sta: <<La filosofi? a del gozo de Maz Zerbst. El Dr. Max Zerbst parte de Nietzsche, pero intenta superar ciertas par? cialidades de Nietzsche. . . El autor no se entrega a la fri? a abstrae-
? cio? n; se traca ma? s bien de un himno, un himno filoso? fico al gozo. >> Como una chanza estudiantil. Pero no nos quedemos en parciali- dades. Mejor vayamos derechos al cielo de los ateos: <<Los cuatro Evangelios en alema? n con introduccio? n y notas del Dr. Heinrich Schmidt. Frente a la forma corrompida, repetidas veces alterada en que se nos ha transmitido el Evangelio, esta nueva edicio? n se remonta a las fuentes, por lo que sera? de un inestimable valor no so? lo para los homb res verdade ramente religiosos , sino tam bie? n para aquellos 'anticristos' que persiguen fines sociales. ? La elec- cio? n se le hace a uno dificil, pero se puede estar plenamente segu- ra de que ambas e? lites son tan compatibles como los Sino? pticos: <<El Evangelio del hombre nuevo (una si? ntesis de Nietzsche y Cristo)' po r Carl Martin . Un maravilloso devocionario. Tod o cuan-
to de la ciencia y e! arte contempora? neos ha entrado en pole? mica con los espi? ritus de! pasado, ha conseguido echar rafees y florecer en este intelecto maduro pese a su juventud. y lo ma? s notable: este hombre 'nuevo', nuevo en todos los respectos, obtiene para si? y para nosotros su to? nico elixir de un antiguo manantial: de aquel mensaje salvador cuyos ma? s puros acentos sonaron en el ser-
mo? n de la montan? a. . . Hasta en la forma hallamos la sencillez y grandeza de aquellas palabras. ? Su rotulo: cultura e? tica. El mila- gro ocurrio? hara? ya cuarenta an? os, }' tambie? n hace veinte, despue? s de que el ingenio alrededor de Nietzsche tuviera razones para decidir cortar su comunicacio? n con el mundo. No sirvio? de nada - al instante todos los eclesia? sticos y todos los exponentes de
aquella cultura e? tica organizada, que ma? s tarde en Nueva York adiestrari? a a las emigrantes que una vez fueron afortunadas para camareras, se hicieron con la herencia dejada por aquel que le horrorizaba que alguien pudiera escucharle como si estuviese can- tando <<para adentro una barcarola>>. Ya entonces la esperanza de arrojar la botella con el mensaje en la pleamar de la su? bita barba. rie era una visio? n optimista: las letras desesperadas quedaron hun- didas en e! barro de! manantial, y una banda de aristo? cratas y otros granujas las transformaron en arti? sticos pero baracas deco- rados. Desde entonces e! progreso de la comunicacio? n ha cobrado nuevos impulsos. Despue? s de todo, ? para que? irritarse contra los espi? ritus libe? rrimos cuando ya no escriben para una imaginaria posteridad, cuya familiaridad supera si cabe a la de los contem- pora? neos, sino so? lo para un Dios muerto?
134
El error de ]uvcnal. - E s difi? cil escribir una sanra No so? lo porque la situacio? n que ma? s pueda prestarse a ella se burla de toda burla. La ironi? a culpa a su objeto presenta? ndolo como algo exis- tente y midie? ndolo sin juicio alguno, ahorra? ndose en cierto modo e! sujeto que lo contempla, por su ser en si? . Lo negativo entra en ella en tanto que confronta lo positivo con la pretensio? n de positividad que hay en e? l. Y se anula a si misma en cuanto in-
cluye te? rminos interpretativos. Por otra parte da por va? lida la idea sobreentendida que originariamente no es sino la resonancia social. So? lo donde se acepta el consenso forzoso entre los indivi- duos es la reflexio? n subjetiva, la ejecucio? n de! acto intelectivo, su- perflua. El que cuenta con la aprobacio? n general no necesita pro- bar nada. Como consecuencia la sa? tira ha mantenido histo? ricamen- te durante siglos, hasta la e? poca de Voltaire, buenas relaciones con los poderosos en los que confiaba. con la autoridad. En la mayori? a de los casos estaba de parte de las capas ma?
s viejas amenazadas por las primeras fases de la Ilus tracio? n, que trataban de apuntalar su tradicionalismo con medios ilustrados: su objeto invariable era la decadencia de las costumbres. Por ello, lo que en un tiempo se manejaba como un florete aparecera? ante las nuevas generacio- nes con la forma de una tosca estaca. La ambigua espiritualiznci o? n del feno? meno desea siempre mostrar al sati? rico como un sujeto gracioso y nivelado con el progreso, pero 10 normal es que este?
210
211
? ? ? ? ? ? ? amenazado a cada momento por el progreso, que hasta tal punto se da por supuesto como ideologi? a vigente, que el feno? meno, dege- nerado, es rechazado sin que se le haga la justicia de tratarlo racio- nalmente. La comedia de Aristo? fanes, donde la obscenidad pone en ridi? culo a la lascivia, contaba como laudatio temporis acti mo- dernista con la plebe a la que denigraba. En la era cristiana, con el triunfo de la clase burguesa la funcio? n de la ironi? a se relajo? . En ocasiones se puso del lado de los oprimidos, especialmente donde en verdad ya no estaban. Y desde luego, como cautiva que era de su propia forma, nunca se deshizo totalmente de la heren- cia autoritaria, de la incontestada maliciosidad. So? lo con la deca- dencia burguesa quedo? sublimada mediante la apelacio? n a ideas de humanidad que no permiti? an ninguna reconciliacio? n con lo exis- lente y su conciencia. Mas entre esas ideas estaba lo sobrecnten- dido: ninguna duda sobre la evidencia objetivo-inmediata; ningu- na agudeza de Karl Kraus teni? a vacilaciones sobre quie? n era de. cerne y quie? n un bellaco, sobre lo que era espi? ritu y lo que era estupidez, sobre lo que era escribir y lo que era perio? dico. El po. der de sus frases era deudor de aquel estado del espi? ritu. Como su conciencia instanta? nea de la situacio? n no se deteni? a en ningu? n tipo de interrogantes, no dejaban lugar a ningu? n interrogante. Sin em- bargo, cuanto ma? s enfa? ticamente afirmaba la prosa de Kraus su humanismo como algo invariante, ma? s rasgos restauradores adqui- ri? a. Ella condenaba la corrupcio? n y la decadencia, a literatos y a Iuturisees, sin tener frente a los cclotes de la naturalidad espiri- tual otra ventaja que el conocimiento de su inferioridad. Que al final la intransigencia con Hitler se mostrase indulgente con Schu- schnigg, no es prueba de debilidad en el valiente, sino de la anti- nomia de la sa? tira. Esta necesita de algo donde poder afirmarse, y el que se llamaba a si? mismo el critico? n se pliega a su posit ividad . Hasta la denuncia del Schmock * cont iene, junto a su verdad, jun- to al elemento crit ico, algo del common smse que no puede sufrir que vaya alguien hablando por aM con tanta presuncio? n. La aver. sie? n al que quiere aparentar ma? s de 10que es, fija a e? ste a1factum de su condicio? n. La incorruptibilidad frente al que hace fort una, frente a la pretensio? n vana a la vez que comercialmente destacada del espi? ritu, desenmascara a aquellos que no lograro n iden tificarse con lo que a sus ojos representaba lo ma? s alto. Esto ma? s alto es el poder y el e? xito, y a trave? s de la malograda identificacio? n se revela
? Nombre de uso comu? n para designar al periodista carente de principios. sacado de la comedia de Gustev Freytag Die Journalislen. IN. del T. ]
como mentira. Mas al propio tiempo significa para el [aiseur la materializacio? n de la utopi? a: hasta los falsos brillantes reflejan el imposible suen? o infantil, y, con ellos, tambie? n e? ste es rechazado por su fracaso en el momento de comparecer en el foro del e? xito. Toda sa? tira es ciega para las fuerzas que se liberan con la ruina. De ahi? que la completa decadencia se haya servido del poder de la sa? tira. El u? ltimo ejemplo lo tenemos en los prebostes del Tercer Reich, un Estado cuya fuerza era puramente braquial, y su burla
de los exiliados y los poli? ticos liberales. La culpa de que la sa? tira sea hoy imposible no la tiene, como quiere el semimenralismo, el relativismo de los valores, la ausencia de normas que obliguen. Lo que sucede es que el consenso mismo, el a priori formal de la iro? ni? a , se ha convertido en un consenso universal en el contenido. Este se- ri? a como tal el u? nico objeto digno de la ironi? a, pero al mismo tiem- po deja a e? sta sin base. El medio de la ironi? a - la diferencia entre ideologi? a y realidad- ha desaparecido, y e? sta se resigna a coon? r- mar la realidad haciendo un simple duplicado de la misma. La ironi? a se expresaba de un modo caracteri? stico: si esto afirma ser asi? , es que lo es; hoy, sin embargo, el mundo, hasta en el caso de la mentira radical, simplemente declara que 10 es, y esta simple
consignacio? n para e? l coincide con el bien. No hay fisura en la roca de lo existente donde el iro? nico pueda agarrarse. El que se des- pen? a escucha la carcajada del malicioso objeto que le ha despojado de su poder. El gesto del <<asi? es>> carente de concepto es el mismo al que el mundo remite a cada una de sus vi? ctimas, y el consenso trascendental impli? cito en la ironi? a se torna ridi? culo frente al con- senso real de aquellos a los que e? sta hubiera atacado. Contra la cruenta seriedad de la sociedad total, que ha incorporado la ins- tand a que se le opone como la inu? til protesta que antan? o la iro- ni? a reprimi? a, so? lo queda la cruenta seriedad de la verdad instalada en el concepto.
135
Quebrantohuesos. -EI dictar no 5610 es ma? s co? modo no so? lo estimula la concentracio? n, sino que tiene adema? s una vemeje ma- terial. El dictado permite al escritor meter baza en el proceso de la produccio? n en la posicio? n de cri? tico. Lo que va diciendo es provisional, no lo compromete, pues se trata de simple materia! para despue? s elabora. rlo; pero tambie? n es cierto que, una vez
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? ? ? ? ? escrito, toma el cara? cter de algo ajeno y en cierta medida ob- jetivo. No tiene por que? temer en absoluto sostener algo que des- pue? s no podra? figurar, pues e? l no tiene que escribirlo: esta jugada la hace por pura responsabilidad. El riesgo de la formulacio? n ad- quiere primero la forma inofensiva del memorial redactado a la ligera, y luego la del trabajo sobre algo que ya esta? ahi? , de modo que no puede darse verdadera cuenta de su temeridad. Frente a la dificultad de cualquier exposicio? n te o? rica, capaz de llevar a la de- sesperacio? n, estas tretas son como una bendicio? n. Son medios te? c- nicos del proceder diale? ctico, que enuncia algo para a continuacio? n retirarlo y, no obstante, dejarlo sentado. Pero el que recibe el dictado se merece toda la gratitud cuando mediante la contradic- cio? n, la ironi? a, los nervios, la impaciencia y la irrespetuosidad produce sobresaltos en el escritor en el momento justo. El escri- biente se atrae todas las iras. Estas salen de las reservas de mala conciencia, con las que, de otro modo, el autor desconfiari? a de su propio producto y le hari? an aferrarse con tanta ma? s tenacidad al texto pretendidamente sagrado. El a? nimo que, desagradecido, se vuelve contra el fastidioso ayudante purifica bienhechoramente la relacio? n con el asunto.
136
Exhihicionista. -Los artistas no subliman nada. Que no satis- facen sus deseos ni tampoco los reprimen, sino que los rransfor- man en productos socialmente deseables - sus creaciones-, es una ilusio? n del psicoana? lisis; adema? s las legi? timas obras de arte son hoy, sin excepcio? n, socialmente indeseables. Los artistas ma? s bien muestran instintos arrolladores, calificadamente neuro? ticos, in-
termitentes y al mismo tiempo en colisio? n con la realidad. Hasta el suen?
* Nombre de una veterana Y conocida editorial alemana, [N. del r ,) 208
ya ~e al". 'dem'lno. El hecho de que todos los productos de la cultu- ra, mcnn os os no conf i? st "
de di lb " d 1 orrms as, esten incorporados al mecanismo ism ucron e gran capital, de que en los pai? ses ma? s desarro-
llados un producto que no ostente el imprimatur de la prod . , en masa apenas encuentre un lector, un espectador o un u. "lon ~estadesde ,el principi~sustancia al a? nimo discrepante, Has~;e~~f:
a se ,convl:rte en pieza de inventario del estudio real uilado
volverse entre el
:a
' mdlsmos,mi'delectLflales esta? n ya tan bien asentados en lo~stable~ . . ,do esuatsaaeseraquencs '
con la firma de algu? n h'
h~no . lc~enroa,s. ~uelo que se les sirve t~ roui. ambicio? n se limita a desen- ~epertono aceptado, a encontrar la consigna ro-
rrecta El
expec;acio? :c;;~~n~s~a? ~~e~:s~~,:arado~es pura ilusio? n y mera gruesas gafas de cristales planos a I:J~:raed; e:ar~:di~idarsn? in
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d i ' O? versal ma? s <<brillantes L . . , o e a competencia um- i ' 1 " ' >>, a precondicio? n subjetiva para la oposi-
con, e JUICIO no normado ' ,
decanta en ritual de grupos' ~ fxungue ml~ntras su conducta se
ura.
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hAPorJaciO? n_11 labistori? adelasideas. - Enmiejemplardelzs. raJoustra del ano 1910 se encuentran al final anuncios de la edi-
tonal. Todos ellos van di rigidos a la tribu de los 1 ' - d N' sebetal l ' o. . . s e tetz-
como se a Imaginaba Alfred Kro? ner en Leipaig que debio? conocerla a fondo, e Los ideales de vida de Ad lbe S ' L L S '
para parecer ante st mismos y en el sen
para que tiren a Kafka y a v~n? ~gnhnaol:~
sltama? s que carraspear
boda h did a rt voeooa. va-
,
a encen 1 o con su obra una ah" II'ma 1'1um'madora que " <>.
ar~J? una potente luz sobre todos los problemas del inquieto cspmru lrumano y nos po ' I 1
' l i d 1 . nc e ararnente ante os ojos los aute? nti- cos reeaes ,e a razo? n, el arte y la cultura, El libro en formato grande y "lUJosamente presentado, esta? escrito del pri'ncipio al fin e~,unes~1oatra~entI' cautivador,sugerenteydida? ctico,yprodu- f,l~a un e ecro est~mu ante sobre todos los espi? ritus verdaderamente
1 re~, como un an? ~ tonificante o el aire fresco de la montan? a ,. Su rotulo: la humamdad y una hum nid d ' '
'd ' " a I a casr tan recomendable como Dnvi Pricdri? ch Srrauss <<Sobr I Z h
Zerbst Ha dos N' , e e arat ustra, por Mex Io? f 'd y da' ? "dtzsche, Uno es el universalmente conocido 'H.
oso() emoa e eslumb '
'1 'b ' rente escnror y expresivo maestro del
esn o, cuyo nom re esta ahora en todas las bocas y los ti? tulos de 209
? ? ? cuyas obras se han convertido en unos cuantos lemas mal enten- didos que han engrosado el inestable patrimonio de las personas 'cultas'. El otro Nietzsche es el abisma? tico e inagotable pensador y psico? logo, el escrutador de los grandes hombres y los valores vitales, de una fuerza espiritual y una potencia intelectual sin igual y que dominara? el i? ururo. El propo? sito de las dos conferen- cias contenidas en este librito es el de hacer comprensible este otro Nietzsche a los ma? s serios y perspicaces hombres modernos. >> Sin embargo, yo preferida al primero. Porque el otro es <<El filo? - sofo y el aristo? crata, una contribucio? n a la caracterizacio? n de Fried- rich Nietzsche debida a Meta van Salis-Marschlins. El libro atrae
por su honesta interpretacio? n de todos los sentimientos que la personalidad de Nietzsche ha despertado en un alma femenina consciente de si? misma? . No olvides el la? tigo, adverti? a Zarathustra. Otra opcio? n es e? sta: <<La filosofi? a del gozo de Maz Zerbst. El Dr. Max Zerbst parte de Nietzsche, pero intenta superar ciertas par? cialidades de Nietzsche. . . El autor no se entrega a la fri? a abstrae-
? cio? n; se traca ma? s bien de un himno, un himno filoso? fico al gozo. >> Como una chanza estudiantil. Pero no nos quedemos en parciali- dades. Mejor vayamos derechos al cielo de los ateos: <<Los cuatro Evangelios en alema? n con introduccio? n y notas del Dr. Heinrich Schmidt. Frente a la forma corrompida, repetidas veces alterada en que se nos ha transmitido el Evangelio, esta nueva edicio? n se remonta a las fuentes, por lo que sera? de un inestimable valor no so? lo para los homb res verdade ramente religiosos , sino tam bie? n para aquellos 'anticristos' que persiguen fines sociales. ? La elec- cio? n se le hace a uno dificil, pero se puede estar plenamente segu- ra de que ambas e? lites son tan compatibles como los Sino? pticos: <<El Evangelio del hombre nuevo (una si? ntesis de Nietzsche y Cristo)' po r Carl Martin . Un maravilloso devocionario. Tod o cuan-
to de la ciencia y e! arte contempora? neos ha entrado en pole? mica con los espi? ritus de! pasado, ha conseguido echar rafees y florecer en este intelecto maduro pese a su juventud. y lo ma? s notable: este hombre 'nuevo', nuevo en todos los respectos, obtiene para si? y para nosotros su to? nico elixir de un antiguo manantial: de aquel mensaje salvador cuyos ma? s puros acentos sonaron en el ser-
mo? n de la montan? a. . . Hasta en la forma hallamos la sencillez y grandeza de aquellas palabras. ? Su rotulo: cultura e? tica. El mila- gro ocurrio? hara? ya cuarenta an? os, }' tambie? n hace veinte, despue? s de que el ingenio alrededor de Nietzsche tuviera razones para decidir cortar su comunicacio? n con el mundo. No sirvio? de nada - al instante todos los eclesia? sticos y todos los exponentes de
aquella cultura e? tica organizada, que ma? s tarde en Nueva York adiestrari? a a las emigrantes que una vez fueron afortunadas para camareras, se hicieron con la herencia dejada por aquel que le horrorizaba que alguien pudiera escucharle como si estuviese can- tando <<para adentro una barcarola>>. Ya entonces la esperanza de arrojar la botella con el mensaje en la pleamar de la su? bita barba. rie era una visio? n optimista: las letras desesperadas quedaron hun- didas en e! barro de! manantial, y una banda de aristo? cratas y otros granujas las transformaron en arti? sticos pero baracas deco- rados. Desde entonces e! progreso de la comunicacio? n ha cobrado nuevos impulsos. Despue? s de todo, ? para que? irritarse contra los espi? ritus libe? rrimos cuando ya no escriben para una imaginaria posteridad, cuya familiaridad supera si cabe a la de los contem- pora? neos, sino so? lo para un Dios muerto?
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El error de ]uvcnal. - E s difi? cil escribir una sanra No so? lo porque la situacio? n que ma? s pueda prestarse a ella se burla de toda burla. La ironi? a culpa a su objeto presenta? ndolo como algo exis- tente y midie? ndolo sin juicio alguno, ahorra? ndose en cierto modo e! sujeto que lo contempla, por su ser en si? . Lo negativo entra en ella en tanto que confronta lo positivo con la pretensio? n de positividad que hay en e? l. Y se anula a si misma en cuanto in-
cluye te? rminos interpretativos. Por otra parte da por va? lida la idea sobreentendida que originariamente no es sino la resonancia social. So? lo donde se acepta el consenso forzoso entre los indivi- duos es la reflexio? n subjetiva, la ejecucio? n de! acto intelectivo, su- perflua. El que cuenta con la aprobacio? n general no necesita pro- bar nada. Como consecuencia la sa? tira ha mantenido histo? ricamen- te durante siglos, hasta la e? poca de Voltaire, buenas relaciones con los poderosos en los que confiaba. con la autoridad. En la mayori? a de los casos estaba de parte de las capas ma?
s viejas amenazadas por las primeras fases de la Ilus tracio? n, que trataban de apuntalar su tradicionalismo con medios ilustrados: su objeto invariable era la decadencia de las costumbres. Por ello, lo que en un tiempo se manejaba como un florete aparecera? ante las nuevas generacio- nes con la forma de una tosca estaca. La ambigua espiritualiznci o? n del feno? meno desea siempre mostrar al sati? rico como un sujeto gracioso y nivelado con el progreso, pero 10 normal es que este?
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? ? ? ? ? ? ? amenazado a cada momento por el progreso, que hasta tal punto se da por supuesto como ideologi? a vigente, que el feno? meno, dege- nerado, es rechazado sin que se le haga la justicia de tratarlo racio- nalmente. La comedia de Aristo? fanes, donde la obscenidad pone en ridi? culo a la lascivia, contaba como laudatio temporis acti mo- dernista con la plebe a la que denigraba. En la era cristiana, con el triunfo de la clase burguesa la funcio? n de la ironi? a se relajo? . En ocasiones se puso del lado de los oprimidos, especialmente donde en verdad ya no estaban. Y desde luego, como cautiva que era de su propia forma, nunca se deshizo totalmente de la heren- cia autoritaria, de la incontestada maliciosidad. So? lo con la deca- dencia burguesa quedo? sublimada mediante la apelacio? n a ideas de humanidad que no permiti? an ninguna reconciliacio? n con lo exis- lente y su conciencia. Mas entre esas ideas estaba lo sobrecnten- dido: ninguna duda sobre la evidencia objetivo-inmediata; ningu- na agudeza de Karl Kraus teni? a vacilaciones sobre quie? n era de. cerne y quie? n un bellaco, sobre lo que era espi? ritu y lo que era estupidez, sobre lo que era escribir y lo que era perio? dico. El po. der de sus frases era deudor de aquel estado del espi? ritu. Como su conciencia instanta? nea de la situacio? n no se deteni? a en ningu? n tipo de interrogantes, no dejaban lugar a ningu? n interrogante. Sin em- bargo, cuanto ma? s enfa? ticamente afirmaba la prosa de Kraus su humanismo como algo invariante, ma? s rasgos restauradores adqui- ri? a. Ella condenaba la corrupcio? n y la decadencia, a literatos y a Iuturisees, sin tener frente a los cclotes de la naturalidad espiri- tual otra ventaja que el conocimiento de su inferioridad. Que al final la intransigencia con Hitler se mostrase indulgente con Schu- schnigg, no es prueba de debilidad en el valiente, sino de la anti- nomia de la sa? tira. Esta necesita de algo donde poder afirmarse, y el que se llamaba a si? mismo el critico? n se pliega a su posit ividad . Hasta la denuncia del Schmock * cont iene, junto a su verdad, jun- to al elemento crit ico, algo del common smse que no puede sufrir que vaya alguien hablando por aM con tanta presuncio? n. La aver. sie? n al que quiere aparentar ma? s de 10que es, fija a e? ste a1factum de su condicio? n. La incorruptibilidad frente al que hace fort una, frente a la pretensio? n vana a la vez que comercialmente destacada del espi? ritu, desenmascara a aquellos que no lograro n iden tificarse con lo que a sus ojos representaba lo ma? s alto. Esto ma? s alto es el poder y el e? xito, y a trave? s de la malograda identificacio? n se revela
? Nombre de uso comu? n para designar al periodista carente de principios. sacado de la comedia de Gustev Freytag Die Journalislen. IN. del T. ]
como mentira. Mas al propio tiempo significa para el [aiseur la materializacio? n de la utopi? a: hasta los falsos brillantes reflejan el imposible suen? o infantil, y, con ellos, tambie? n e? ste es rechazado por su fracaso en el momento de comparecer en el foro del e? xito. Toda sa? tira es ciega para las fuerzas que se liberan con la ruina. De ahi? que la completa decadencia se haya servido del poder de la sa? tira. El u? ltimo ejemplo lo tenemos en los prebostes del Tercer Reich, un Estado cuya fuerza era puramente braquial, y su burla
de los exiliados y los poli? ticos liberales. La culpa de que la sa? tira sea hoy imposible no la tiene, como quiere el semimenralismo, el relativismo de los valores, la ausencia de normas que obliguen. Lo que sucede es que el consenso mismo, el a priori formal de la iro? ni? a , se ha convertido en un consenso universal en el contenido. Este se- ri? a como tal el u? nico objeto digno de la ironi? a, pero al mismo tiem- po deja a e? sta sin base. El medio de la ironi? a - la diferencia entre ideologi? a y realidad- ha desaparecido, y e? sta se resigna a coon? r- mar la realidad haciendo un simple duplicado de la misma. La ironi? a se expresaba de un modo caracteri? stico: si esto afirma ser asi? , es que lo es; hoy, sin embargo, el mundo, hasta en el caso de la mentira radical, simplemente declara que 10 es, y esta simple
consignacio? n para e? l coincide con el bien. No hay fisura en la roca de lo existente donde el iro? nico pueda agarrarse. El que se des- pen? a escucha la carcajada del malicioso objeto que le ha despojado de su poder. El gesto del <<asi? es>> carente de concepto es el mismo al que el mundo remite a cada una de sus vi? ctimas, y el consenso trascendental impli? cito en la ironi? a se torna ridi? culo frente al con- senso real de aquellos a los que e? sta hubiera atacado. Contra la cruenta seriedad de la sociedad total, que ha incorporado la ins- tand a que se le opone como la inu? til protesta que antan? o la iro- ni? a reprimi? a, so? lo queda la cruenta seriedad de la verdad instalada en el concepto.
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Quebrantohuesos. -EI dictar no 5610 es ma? s co? modo no so? lo estimula la concentracio? n, sino que tiene adema? s una vemeje ma- terial. El dictado permite al escritor meter baza en el proceso de la produccio? n en la posicio? n de cri? tico. Lo que va diciendo es provisional, no lo compromete, pues se trata de simple materia! para despue? s elabora. rlo; pero tambie? n es cierto que, una vez
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? ? ? ? ? escrito, toma el cara? cter de algo ajeno y en cierta medida ob- jetivo. No tiene por que? temer en absoluto sostener algo que des- pue? s no podra? figurar, pues e? l no tiene que escribirlo: esta jugada la hace por pura responsabilidad. El riesgo de la formulacio? n ad- quiere primero la forma inofensiva del memorial redactado a la ligera, y luego la del trabajo sobre algo que ya esta? ahi? , de modo que no puede darse verdadera cuenta de su temeridad. Frente a la dificultad de cualquier exposicio? n te o? rica, capaz de llevar a la de- sesperacio? n, estas tretas son como una bendicio? n. Son medios te? c- nicos del proceder diale? ctico, que enuncia algo para a continuacio? n retirarlo y, no obstante, dejarlo sentado. Pero el que recibe el dictado se merece toda la gratitud cuando mediante la contradic- cio? n, la ironi? a, los nervios, la impaciencia y la irrespetuosidad produce sobresaltos en el escritor en el momento justo. El escri- biente se atrae todas las iras. Estas salen de las reservas de mala conciencia, con las que, de otro modo, el autor desconfiari? a de su propio producto y le hari? an aferrarse con tanta ma? s tenacidad al texto pretendidamente sagrado. El a? nimo que, desagradecido, se vuelve contra el fastidioso ayudante purifica bienhechoramente la relacio? n con el asunto.
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Exhihicionista. -Los artistas no subliman nada. Que no satis- facen sus deseos ni tampoco los reprimen, sino que los rransfor- man en productos socialmente deseables - sus creaciones-, es una ilusio? n del psicoana? lisis; adema? s las legi? timas obras de arte son hoy, sin excepcio? n, socialmente indeseables. Los artistas ma? s bien muestran instintos arrolladores, calificadamente neuro? ticos, in-
termitentes y al mismo tiempo en colisio? n con la realidad. Hasta el suen?