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Que estas nue­
ve esferas de espíritus suijan como anillos luminosos del centro
divino por una especie de propagación de ondas y, sin embargo,
siempre «permanezcan en el origen» de algún modo es algo que,
con buena           de entenderlo, puede ratificarse -con intrín­
seca coherencia y sin exaltados presupuestos doctrinarios- en con­
formidad con las convenciones de la doctrina neoplatónica de la
emanación.