n de la cul- tura, que abre sus ventanas a la naturaleza, la absorbe por entero eliminando junto con la diferencia el
principio
mismo de la cul-
M amu t .
M amu t .
Adorno-Theodor-Minima-Moralia
s nocivo: el ramo sin perfume el r~Cllerdo celebrado, matan lo permanente al querer conservarlo: El instante fugaz puede revivir en el murmullo del olvido sin ma?
s5ue recibir el rayo de luz que lohaga destellar; querer poseer
ese Instante es 'ya perderlo. El ramo opulento que por orden de 111
? ? ? la madre acarrea el nin? o a casa puede reducirse a una visio? n coti- diana, como el ramo artificial desde hace sesenta an? os, y a la pos- tre sucede como en las fotografi? as a? vidamente tomadas durante el viaje, en las que aparecen dispersos por el paisaje como trozos suyos los que nada vieron de e? l, arranca? ndole como recuerdos las vistas cai? das en la nada del olvido. Peto el que, cautivado, envi? a flores, instintivamente ira? a por aquellas de aspecto perecedero.
Tenemos que agradecer nuestra vida a la diferencia entre la trama econo? mica, el industrialismo tardi? o y la fachada poli? tica. Para la cri? tica teo? rica la diferencia es de poca monta: por todas partes puede evidenciarse el cara? cter aparente de la supuesta opi- nio? n pu? blica y el primado de la economi? a en las decisiones per- sonales. Mas para innumerables individuos es esa delgada y efi? - mera envoltura la razo? n de toda su existencia. Precisamente aque- llos de cuyo pensamiento y accio? n depende el cambio - lo u? nico esencial- deben su existencia a lo inesencial, a la apariencia, in- cluso a lo'que, en contraste con las grandes leyes de la evolucio? n histo? rica, puede parecer simple accidente. Pero ? no resulta asi? afee-
tada toda la construccio? n de esencia y apariencia? Medido por el concepto, lo individual se ha tornado de hecho algo tan perfe~- tamente nulo como anticipo? la filosofra hegeliana; pero sub specse i? ndi? ui? duatonis lo esencial es la absoluta contingencia, el sobrevivir resignado y en cierto modo anormal. El mundo es el sistema del horror, mas por lo mismo le hace demasiado honor el que 10 piensa totalmente como sistema, pues su principio unificador. . es la desunio? n, la cual logra la conciliacio? n imponiendo la lnconcilia- blllded de 10 universal y lo particular. Su esencia nVesen) es la deformidad (Un wesen); pero su apariencia, la mentira, es, en virtud de su persistencia, el asiento de la verdad.
car precipitadamente esa conciencia mediante la denuncia de la complicidad. Tocio aquel que combina la cri? tica del capitalismo con la cri? tica del proletariado ---que cada vez refleja ma? s las ten- dencias evoluri? ves del capitalismo - , se hace sospechoso. El ele- mento negativo del pensamiento es mal visto cuando se sale de las fronteras de clase. La filosofi? a del kaiser Guiller mo _ n o soporto a los pesimistass-c, se ha introducido en las filas de los mismos que aque? l quiso destruir. Al que sen? alaba el cese de toda oposicio? n
esponta? nea por parte de los trabajadores alemanes, se le replicaba que todo estaba transcurriendo de un modo que hacia imposible juicio alguno; al que no se encuentra en el preciso lugar en que se encuentran las desgraciadas vi? ctimas alemanas de la guerra ae? rea, el mismo al que e? sta le pareci? a bien mientras se dirigiera contra les otros, que no debe precipitarse y que, adema? s, son in. minenres las reformas agrarias de Rumania y Yugoslavia. Sin em- bargo, conforme va desapareciendo la expectativa racional de que
el destino de la sociedad tome realmente erro rumbo, con tanto ma? s fervor repiten los viejos te? rminos masa, solidaridad, partido, lucha de clases. Cuando ya no se mantiene entre los militantes de la plataforma de izquierda ninguna concepcio? n cri? tica de la economi? a poli? tica; cuando sus perio? dicos proclaman diariamente sin la menor idea tesis que sobrepujan a todo revisionismo, pero que carecen totalmente de significado y, por expresa indicacio? n, pueden sustituirse al di? a siguiente por otras contrarias, los oi? dos
de los adeptos a esta Ifnea muestran su aptitud musical tan pronto como suena la ma? s mi? nima nota de desconsideracio? n hacia las consignas enajenadas de la teori? a. El optimismo vocinglero es propio del patriotismo internacional. El leal tiene que decidirse por un pueblo, no importa cua? l. Pero en el concepto dogma? tico del pueblo, en el reconocimiento de la supuesta comunidad de destino entre los hombres como instancia para la accio? n se halla impli? citamente negada la idea de una sociedad emancipada de las
73 imposiciones de la naturaleza.
. El optimismo vocinglero es la perversio? n de un motivo que
Desviacio? n. c-Sobre la decadencia del movimiento obrero es ilustrativo el optimismo de sus militantes. Este parece acrecen- tarse con la firme consolidacio? n del mundo capitalista. Los inicia- dores nunca consideraron su e? xito garantizado, y por eso se guar- daron durante toda su vida de decir inconveniencias a las organi- zaciones obreras. Actualmente, como la posicio? n del adversario y su poder sobre la conciencia de las masas se han fortalecido infinitamente, se considera reaccionaria toda tentativa de modifi-
se Impuso en otros di? as: el de que no era posible esperar. Con- ~ian~o en el estado de la te? cnica se concebi? a el cambio como algo mmmeme, como posibilidad ma? s inmediata. Las concepciones que implicaban largos peri? odos de tiempo, cautelas y medidas pedago? - gicas para la poblaci6n se haci? an sospechosas de abandono de la meta que teni? an propuesta. La voluntad auto? noma habla encon- trado entonces su expresio? n en un optimismo equivalente al des- precio de la muerte. De todo ello s610 ha quedado la envoltura,
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? ? ? la fe en el poder y la grandeza de la organizacio? n en si? , sin dis- posicio? n a actu ar y, adema? s, impregnada de la conviccio? n destr uc- tiva de que la espontaneidad ya no es posible, aunque al final vencera? el eje? rcito rojo. El persistente control de que todos mani- fiesten su confianza en que las cosas saldra? n bien, hace a los infle- xibles sospechosos de derrotistas y renegados. En los cuentos, los adivinos que surgi? an de lo desconocido eran nuncios de las ma- yates venturas. Hoy, cuando el abandono de la utopi? a se parece a su realizacio? n tamo como el Anticristo al Para? clito, la palabra agorero se ha convertido en insulto hasta entre los que esta? n abajo. El optimismo de izquierda repite la insidiosa supersticio? n burguesa de que no hay que atraer al demonio, sino atender a lo positivo. <<l Al sen? or no le gusta el mundo? Pues que busque otro mejor>> - tal es el lenguaje del realismo socialista.
74
circulaba por los
parques zoolo? gicos, de tan variados inquilinos, de las grandes ciudades europeas produzcan efectos degenerativos: ma? s de dos elefantes, dos jirafas o un hipopo? tamo es perjudicial. Nada se arre- gla con las instalaciones de Hagenbeck a base de fosos y con eli- minacio? n de rejas, que traicionan el modelo del arca proponiendo una salvacio? n que so? lo el Ararat puede prometer , Niegan la liber- tad de la criatura tanto ma? s perfectamente cuanto ma? s invisibles hacen los encierros cuya vista pudiera encender elansia del espacio abierto. Son respecto a unos zoos aceptables lo que los jardines bota? nicos respecto a las selvas tropicales. Cuanto ma? s puramente la civilizacio? n conserva y trasplanta la naturaleza, ma? s inexorable- mente queda e? sta dominada. Puede permitirse abarcar zonas na- turales cada vez mayores y dejarlas, dentro de sus contornos, apa- rentemente intactas, mientras que ames la eleccio? n y la explota- cio? n de trozos aislados daban testimonio de la necesidad de impo- nerse a la naturaleza. El tigre que sin parar va de un lado a otro de su jaula refleja au? n de forma negativa con su paso inquieto algo de humanidad, pero no el que retoza al otro lado de los fosos insalvables. La cla? sica belleza de la vida animal de Brehm radica en el hecho de que describe a todos los animales tal como se muestran a trave? s de las rejas de los parques zoolo? gicos, e incluso se acrecienta cuando cita las descripciones de la vida animal en su estado salvaje procedentes de naturalistas imaginativos. Mas tam- bie? n la verdad de que el animal en la jaula sufre ma? s que en las instalaciones libres, de que Hagenbeck represente de hecho un progreso en humanidad, dice algo sobre la inevitebilidad del en- cierro. Este es una consecuencia de la historia. Los parques zoolo? - gicos son en su aute? ntica configuracio? n productos del imperialismo colonial del siglo XIX. Comenzaron a prosperar a rai? z de la coloni- zacio? n de regiones salvajes de ACrica y Asia Central, que pagaban tributos simbo? licos con formas animales. El valor del rrfburo se medi? a por lo exo? tico, por lo difi? cil de encontrar. El desarrollo de la te? cnica acabo? con ello eliminando lo exo? tico. El leo? n criado en una granja esta? tan domesticado como el caballo, sometido hace tiempo a un control de natalidad . Pero el milenio au? n no ha llegado. So? lo en la propia irracionalidad de la cultura, en los rin- cones y los muros, a los que adema? s hay que an? adir las vallas, torres y bastiones de los parques zoolo? gicos dispersos por ciuda- des, puede conservarse la naturaleza. La racionalizacio?
n de la cul- tura, que abre sus ventanas a la naturaleza, la absorbe por entero eliminando junto con la diferencia el principio mismo de la cul-
M amu t . - Hace
canos la noticia del hallazgo de un dinosaurio conservado entere en el estado de Utah. Se afirmaba que el ejemplar habi? a sobre. vivido a los de su ge? nero y era millones de an? os ma? s joven que Jos hasta ahora conocidos. Este tipo de noticias, igual que la inso- portable moda humori? stica del monstruo del lago Ness y la peli? cula King-Kong, es una proyeccio? n colectiva del monstruoso estado toralista. La colectividad se prepara para afrontar sus horrores ha- bitua? ndose a figuras gigantescas. En la absurda inclinacio? n a acep- tarlas intenta desesperadamente la humanidad cai? da en la impo- tencia incorporar a la experiencia lo que se burla de toda expe- riencia. Pero la representacio? n de animales primitivos vivos o ex- tinguidos hace pocos millones de an? os no acaba ahi? . La esperanza que anhela la actualidad de lo ma? s remoto apunta al convenci- miento de que los seres de la creacio? n puedan superar el agravio que les ha hecho el hombre, si no a e? ste mismo, y surja una es- pecie mejor que al fin lo consiga. De esta misma esperanza sur- gieron los parques zoolo? gicos. Estos vienen dispuestos conforme al modelo del arca de Noe? , pues desde que existen la clase bur- guesa espera el diluvio. La utilidad de los parques zoolo? gicos para el entretenimiento y la ensen? anza parece un flojo pretexto. Estos son alegori? as del ejemplar o la pareja que se resiste al"destino que a la especie en cuanto especie le esta? deparado. De ahi? que los
unos an? os
perio? di cos
ameri-
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tura, la posibilidad de la reconciliacio? n.
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. (,1' \11. 1,\ "1" . . . . . r . , - ' l . ? "ItTU 1T"1". \""":" ;j Iu;t! -,i? I? i'o? ;;, \1 ~ 1. :n~,I;;.
. ~. ,~ J)~'" 111"'j'r,\'l~
? ? ? 75
Fri? o albergue. - El romanticismo de la desilusio? n de Schubert eligio? lleno de presentimientos, en el ciclo cuyo lugar central lo ocupan las palabras <<He acabado con lodos los suen? os>>, el nomo bre de posada ya so? lo para el cementerio. La l ata morgafl? ? del pai? s de Jauja esta? afectada de la rigidez cadave? rica. Hue? spedes y patro? n esta? n embrujados. Los primeros tienen prisa. Por ellos
ni se quitari? an el sombrero. Sobre inco? modos asientos se les con- mina, pasa? ndoles la nota y cediendo a la presio? n moral de los que esperan detra? s. a abandonar cuanto antes el local. que para mayor burla se sigue llamando cafe? . Pero el patro? n, con todos sus cola. botadores, no lo es ya propiamente hablando. sino un empleado. P robablemente la decadencia de la hospederi? a da ta de la disolucio? n de la antigua unidad de albergue y burdel, cuyo recuerdo pervive nosta? lgico en cada mirada que se echa a la camarera puesta para ser vista y a los gestos dclatedorcs de las doncellas. Pero desde que se expurgo? al oficio hostelero, la ma? s digna profesio? n de la es- fera de la circulaci o? n, de la u? ltima ambigu? edad, como la que au? n guarda la palabra tra? fico, las cosas han empeorado. Paso a paso, y siempre con argumentos irrebatibles, los medios aniquilan el fin.
La divisio? n del trabajo, el sistema de funciones automatizadas, tiene por efecto el que a nadie le importe nada el bienestar del cliente. Nadie puede ya leer en su rostro lo que le apetece, dado que el camarero ya no conoce los platos, y si se le ocurre reco- mendar alguna cosa debe cargar con los reproches de haberse exce- dido en sus competencias. Nadie se apresura a servir al cliente que espera largo rato cuando el que le atiende esta? ocupado: el cuidado de la institucio? n, que culmina en el caso de la prisio? n, se parece al que existe en la cli? nica alrededor del sujeto, que es admi- nistrado como un objeto. Es comprensible que el restaurante este? separado del hotel. del estuche vado de las habitaciones, por hos- tiles abismos, como no lo son menos las limitaciones del tiempo en la comida y en el insufrible room seroice, de donde se huye
hacia el drugstore, el ostentoso establecimiento tras de cuyo inhos- pitalario mostrador un malabarista de huevos fritos, lonchas de jamo? n y bolas de helado se presenta como u? ltimo resto de hospita- lidad. Pero en el hotel toda pregunta imprevista es respondida por el mismo portero sen? alando parsimoniosamente otro mostrador casi siempre abandonado. La objecio? n de que en todo esto no hay que ver sino una rezongantc laudatio temporis acti? no es convin-
cente. ? Q uie? n no preferid a el Blauer Srem de Praga o el Os/erro? ? cbi? scber Ha! de Salzburgo aunque tuviera que recorrer el pasillo para ir al ban? o y no le despertase a primera hora la infalible ca- lefaccio? n central? Cuanto ma? s nos acercamos a la esfera de la exis- tencia inmediata, corpo? rea, ma? s cuestionable se hace el progreso, pi? rrica victoria de la produccio? n fetichizada. A veces tal progreso se horroriza de si? mismo y trata de devolver la unidad, si bien de manera puramente simbo? lica, a las funciones del trabajo separadas de forma calculada. Entonces surgen figuras como la hOJteJI, es- pecie de patrona sinte? tica. Como e? sta en realidad no se cuida de nada, no reu? ne mediante ninguna disposicio? n real las funciones es- cindidas y enfriadas, sino que se limita a los vanos gestos de bien-
venida y en todo caso al control de los empleados, su aspecto es el de una mujer marchita fastidiosamente guapa, tiesamente es- belta y foreedamenre juvenil. Su verdadero fin es el de velar por que el d iente que entra ni siquiera pueda escoger e? l mismo su mesa, puesto que el negocio esta? por encima de e? l. Su encanto es el reverso de la gravedad que osten~a el encargado de la expulsio? n.
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Cena de gala. --Co? mo se ensamblan hoy el progreso y la re- gresio? n, lo vemos en el concepto de las posibilidades te? cnicas. los procedimientos meca? nicos de reproduccio? n se han desarrollado y establecido independientemente de lo que se reproduce. Estos pasan por progresistas, y lo que no participa de ellos por reaccio- nario y provinciano. Semejante creencia es fomentada con tanto mayor empen? o cuando los superaparatos, si por cualquier motivo pierden utilidad, amenazan con convertirse en una mala inversio? n. Pero como su desarrollo afecta de forma esencial a lo que bajo el liberalismo se llamaba presentacio? n, y a la vez su propio peso aplasta al producto mismo - a l que despue? s de IOdo el aparato le es algo externo-e-, la adecuacio? n de las necesidades al aparato
tiene por consecuencia la muerte de las exigencias materiales. El celo fascinado con que se consume cada nuevo procedimiento no so? lo crea indiferencia hada lo producido, sino que tambie? n favo- rece la trasteri? a estacionaria y la idiotez calculada. Es la revalida- cio? n en nuevas para? frasis de la vieja cursileri? a como haute nou- veaute? . El progreso te? cnico responde al terco y estu? pido deseo de no adquirir nunca baraturas, de no quedar de espaldas al proceso
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de produccio? n desatado sin importar cua? l sea el sentido de lo pro- ducido. En todas partes la concurrencia, la congestio? n, las colas de espera sustituyen a toda necesidad en alguna medida racional. Ape- nas es menor la aversio? n hacia una composid o? n de cara? cter radical o demasiado moderna que la aversio? n hada una peli? cula con so? lo
tres meses en cartel, prefirie? ndose a cualquier precio la ma? s re- dente, aunque en nada se diferencie de la anterior.
ese Instante es 'ya perderlo. El ramo opulento que por orden de 111
? ? ? la madre acarrea el nin? o a casa puede reducirse a una visio? n coti- diana, como el ramo artificial desde hace sesenta an? os, y a la pos- tre sucede como en las fotografi? as a? vidamente tomadas durante el viaje, en las que aparecen dispersos por el paisaje como trozos suyos los que nada vieron de e? l, arranca? ndole como recuerdos las vistas cai? das en la nada del olvido. Peto el que, cautivado, envi? a flores, instintivamente ira? a por aquellas de aspecto perecedero.
Tenemos que agradecer nuestra vida a la diferencia entre la trama econo? mica, el industrialismo tardi? o y la fachada poli? tica. Para la cri? tica teo? rica la diferencia es de poca monta: por todas partes puede evidenciarse el cara? cter aparente de la supuesta opi- nio? n pu? blica y el primado de la economi? a en las decisiones per- sonales. Mas para innumerables individuos es esa delgada y efi? - mera envoltura la razo? n de toda su existencia. Precisamente aque- llos de cuyo pensamiento y accio? n depende el cambio - lo u? nico esencial- deben su existencia a lo inesencial, a la apariencia, in- cluso a lo'que, en contraste con las grandes leyes de la evolucio? n histo? rica, puede parecer simple accidente. Pero ? no resulta asi? afee-
tada toda la construccio? n de esencia y apariencia? Medido por el concepto, lo individual se ha tornado de hecho algo tan perfe~- tamente nulo como anticipo? la filosofra hegeliana; pero sub specse i? ndi? ui? duatonis lo esencial es la absoluta contingencia, el sobrevivir resignado y en cierto modo anormal. El mundo es el sistema del horror, mas por lo mismo le hace demasiado honor el que 10 piensa totalmente como sistema, pues su principio unificador. . es la desunio? n, la cual logra la conciliacio? n imponiendo la lnconcilia- blllded de 10 universal y lo particular. Su esencia nVesen) es la deformidad (Un wesen); pero su apariencia, la mentira, es, en virtud de su persistencia, el asiento de la verdad.
car precipitadamente esa conciencia mediante la denuncia de la complicidad. Tocio aquel que combina la cri? tica del capitalismo con la cri? tica del proletariado ---que cada vez refleja ma? s las ten- dencias evoluri? ves del capitalismo - , se hace sospechoso. El ele- mento negativo del pensamiento es mal visto cuando se sale de las fronteras de clase. La filosofi? a del kaiser Guiller mo _ n o soporto a los pesimistass-c, se ha introducido en las filas de los mismos que aque? l quiso destruir. Al que sen? alaba el cese de toda oposicio? n
esponta? nea por parte de los trabajadores alemanes, se le replicaba que todo estaba transcurriendo de un modo que hacia imposible juicio alguno; al que no se encuentra en el preciso lugar en que se encuentran las desgraciadas vi? ctimas alemanas de la guerra ae? rea, el mismo al que e? sta le pareci? a bien mientras se dirigiera contra les otros, que no debe precipitarse y que, adema? s, son in. minenres las reformas agrarias de Rumania y Yugoslavia. Sin em- bargo, conforme va desapareciendo la expectativa racional de que
el destino de la sociedad tome realmente erro rumbo, con tanto ma? s fervor repiten los viejos te? rminos masa, solidaridad, partido, lucha de clases. Cuando ya no se mantiene entre los militantes de la plataforma de izquierda ninguna concepcio? n cri? tica de la economi? a poli? tica; cuando sus perio? dicos proclaman diariamente sin la menor idea tesis que sobrepujan a todo revisionismo, pero que carecen totalmente de significado y, por expresa indicacio? n, pueden sustituirse al di? a siguiente por otras contrarias, los oi? dos
de los adeptos a esta Ifnea muestran su aptitud musical tan pronto como suena la ma? s mi? nima nota de desconsideracio? n hacia las consignas enajenadas de la teori? a. El optimismo vocinglero es propio del patriotismo internacional. El leal tiene que decidirse por un pueblo, no importa cua? l. Pero en el concepto dogma? tico del pueblo, en el reconocimiento de la supuesta comunidad de destino entre los hombres como instancia para la accio? n se halla impli? citamente negada la idea de una sociedad emancipada de las
73 imposiciones de la naturaleza.
. El optimismo vocinglero es la perversio? n de un motivo que
Desviacio? n. c-Sobre la decadencia del movimiento obrero es ilustrativo el optimismo de sus militantes. Este parece acrecen- tarse con la firme consolidacio? n del mundo capitalista. Los inicia- dores nunca consideraron su e? xito garantizado, y por eso se guar- daron durante toda su vida de decir inconveniencias a las organi- zaciones obreras. Actualmente, como la posicio? n del adversario y su poder sobre la conciencia de las masas se han fortalecido infinitamente, se considera reaccionaria toda tentativa de modifi-
se Impuso en otros di? as: el de que no era posible esperar. Con- ~ian~o en el estado de la te? cnica se concebi? a el cambio como algo mmmeme, como posibilidad ma? s inmediata. Las concepciones que implicaban largos peri? odos de tiempo, cautelas y medidas pedago? - gicas para la poblaci6n se haci? an sospechosas de abandono de la meta que teni? an propuesta. La voluntad auto? noma habla encon- trado entonces su expresio? n en un optimismo equivalente al des- precio de la muerte. De todo ello s610 ha quedado la envoltura,
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? ? ? la fe en el poder y la grandeza de la organizacio? n en si? , sin dis- posicio? n a actu ar y, adema? s, impregnada de la conviccio? n destr uc- tiva de que la espontaneidad ya no es posible, aunque al final vencera? el eje? rcito rojo. El persistente control de que todos mani- fiesten su confianza en que las cosas saldra? n bien, hace a los infle- xibles sospechosos de derrotistas y renegados. En los cuentos, los adivinos que surgi? an de lo desconocido eran nuncios de las ma- yates venturas. Hoy, cuando el abandono de la utopi? a se parece a su realizacio? n tamo como el Anticristo al Para? clito, la palabra agorero se ha convertido en insulto hasta entre los que esta? n abajo. El optimismo de izquierda repite la insidiosa supersticio? n burguesa de que no hay que atraer al demonio, sino atender a lo positivo. <<l Al sen? or no le gusta el mundo? Pues que busque otro mejor>> - tal es el lenguaje del realismo socialista.
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circulaba por los
parques zoolo? gicos, de tan variados inquilinos, de las grandes ciudades europeas produzcan efectos degenerativos: ma? s de dos elefantes, dos jirafas o un hipopo? tamo es perjudicial. Nada se arre- gla con las instalaciones de Hagenbeck a base de fosos y con eli- minacio? n de rejas, que traicionan el modelo del arca proponiendo una salvacio? n que so? lo el Ararat puede prometer , Niegan la liber- tad de la criatura tanto ma? s perfectamente cuanto ma? s invisibles hacen los encierros cuya vista pudiera encender elansia del espacio abierto. Son respecto a unos zoos aceptables lo que los jardines bota? nicos respecto a las selvas tropicales. Cuanto ma? s puramente la civilizacio? n conserva y trasplanta la naturaleza, ma? s inexorable- mente queda e? sta dominada. Puede permitirse abarcar zonas na- turales cada vez mayores y dejarlas, dentro de sus contornos, apa- rentemente intactas, mientras que ames la eleccio? n y la explota- cio? n de trozos aislados daban testimonio de la necesidad de impo- nerse a la naturaleza. El tigre que sin parar va de un lado a otro de su jaula refleja au? n de forma negativa con su paso inquieto algo de humanidad, pero no el que retoza al otro lado de los fosos insalvables. La cla? sica belleza de la vida animal de Brehm radica en el hecho de que describe a todos los animales tal como se muestran a trave? s de las rejas de los parques zoolo? gicos, e incluso se acrecienta cuando cita las descripciones de la vida animal en su estado salvaje procedentes de naturalistas imaginativos. Mas tam- bie? n la verdad de que el animal en la jaula sufre ma? s que en las instalaciones libres, de que Hagenbeck represente de hecho un progreso en humanidad, dice algo sobre la inevitebilidad del en- cierro. Este es una consecuencia de la historia. Los parques zoolo? - gicos son en su aute? ntica configuracio? n productos del imperialismo colonial del siglo XIX. Comenzaron a prosperar a rai? z de la coloni- zacio? n de regiones salvajes de ACrica y Asia Central, que pagaban tributos simbo? licos con formas animales. El valor del rrfburo se medi? a por lo exo? tico, por lo difi? cil de encontrar. El desarrollo de la te? cnica acabo? con ello eliminando lo exo? tico. El leo? n criado en una granja esta? tan domesticado como el caballo, sometido hace tiempo a un control de natalidad . Pero el milenio au? n no ha llegado. So? lo en la propia irracionalidad de la cultura, en los rin- cones y los muros, a los que adema? s hay que an? adir las vallas, torres y bastiones de los parques zoolo? gicos dispersos por ciuda- des, puede conservarse la naturaleza. La racionalizacio?
n de la cul- tura, que abre sus ventanas a la naturaleza, la absorbe por entero eliminando junto con la diferencia el principio mismo de la cul-
M amu t . - Hace
canos la noticia del hallazgo de un dinosaurio conservado entere en el estado de Utah. Se afirmaba que el ejemplar habi? a sobre. vivido a los de su ge? nero y era millones de an? os ma? s joven que Jos hasta ahora conocidos. Este tipo de noticias, igual que la inso- portable moda humori? stica del monstruo del lago Ness y la peli? cula King-Kong, es una proyeccio? n colectiva del monstruoso estado toralista. La colectividad se prepara para afrontar sus horrores ha- bitua? ndose a figuras gigantescas. En la absurda inclinacio? n a acep- tarlas intenta desesperadamente la humanidad cai? da en la impo- tencia incorporar a la experiencia lo que se burla de toda expe- riencia. Pero la representacio? n de animales primitivos vivos o ex- tinguidos hace pocos millones de an? os no acaba ahi? . La esperanza que anhela la actualidad de lo ma? s remoto apunta al convenci- miento de que los seres de la creacio? n puedan superar el agravio que les ha hecho el hombre, si no a e? ste mismo, y surja una es- pecie mejor que al fin lo consiga. De esta misma esperanza sur- gieron los parques zoolo? gicos. Estos vienen dispuestos conforme al modelo del arca de Noe? , pues desde que existen la clase bur- guesa espera el diluvio. La utilidad de los parques zoolo? gicos para el entretenimiento y la ensen? anza parece un flojo pretexto. Estos son alegori? as del ejemplar o la pareja que se resiste al"destino que a la especie en cuanto especie le esta? deparado. De ahi? que los
unos an? os
perio? di cos
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ni se quitari? an el sombrero. Sobre inco? modos asientos se les con- mina, pasa? ndoles la nota y cediendo a la presio? n moral de los que esperan detra? s. a abandonar cuanto antes el local. que para mayor burla se sigue llamando cafe? . Pero el patro? n, con todos sus cola. botadores, no lo es ya propiamente hablando. sino un empleado. P robablemente la decadencia de la hospederi? a da ta de la disolucio? n de la antigua unidad de albergue y burdel, cuyo recuerdo pervive nosta? lgico en cada mirada que se echa a la camarera puesta para ser vista y a los gestos dclatedorcs de las doncellas. Pero desde que se expurgo? al oficio hostelero, la ma? s digna profesio? n de la es- fera de la circulaci o? n, de la u? ltima ambigu? edad, como la que au? n guarda la palabra tra? fico, las cosas han empeorado. Paso a paso, y siempre con argumentos irrebatibles, los medios aniquilan el fin.
La divisio? n del trabajo, el sistema de funciones automatizadas, tiene por efecto el que a nadie le importe nada el bienestar del cliente. Nadie puede ya leer en su rostro lo que le apetece, dado que el camarero ya no conoce los platos, y si se le ocurre reco- mendar alguna cosa debe cargar con los reproches de haberse exce- dido en sus competencias. Nadie se apresura a servir al cliente que espera largo rato cuando el que le atiende esta? ocupado: el cuidado de la institucio? n, que culmina en el caso de la prisio? n, se parece al que existe en la cli? nica alrededor del sujeto, que es admi- nistrado como un objeto. Es comprensible que el restaurante este? separado del hotel. del estuche vado de las habitaciones, por hos- tiles abismos, como no lo son menos las limitaciones del tiempo en la comida y en el insufrible room seroice, de donde se huye
hacia el drugstore, el ostentoso establecimiento tras de cuyo inhos- pitalario mostrador un malabarista de huevos fritos, lonchas de jamo? n y bolas de helado se presenta como u? ltimo resto de hospita- lidad. Pero en el hotel toda pregunta imprevista es respondida por el mismo portero sen? alando parsimoniosamente otro mostrador casi siempre abandonado. La objecio? n de que en todo esto no hay que ver sino una rezongantc laudatio temporis acti? no es convin-
cente. ? Q uie? n no preferid a el Blauer Srem de Praga o el Os/erro? ? cbi? scber Ha! de Salzburgo aunque tuviera que recorrer el pasillo para ir al ban? o y no le despertase a primera hora la infalible ca- lefaccio? n central? Cuanto ma? s nos acercamos a la esfera de la exis- tencia inmediata, corpo? rea, ma? s cuestionable se hace el progreso, pi? rrica victoria de la produccio? n fetichizada. A veces tal progreso se horroriza de si? mismo y trata de devolver la unidad, si bien de manera puramente simbo? lica, a las funciones del trabajo separadas de forma calculada. Entonces surgen figuras como la hOJteJI, es- pecie de patrona sinte? tica. Como e? sta en realidad no se cuida de nada, no reu? ne mediante ninguna disposicio? n real las funciones es- cindidas y enfriadas, sino que se limita a los vanos gestos de bien-
venida y en todo caso al control de los empleados, su aspecto es el de una mujer marchita fastidiosamente guapa, tiesamente es- belta y foreedamenre juvenil. Su verdadero fin es el de velar por que el d iente que entra ni siquiera pueda escoger e? l mismo su mesa, puesto que el negocio esta? por encima de e? l. Su encanto es el reverso de la gravedad que osten~a el encargado de la expulsio? n.
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Cena de gala. --Co? mo se ensamblan hoy el progreso y la re- gresio? n, lo vemos en el concepto de las posibilidades te? cnicas. los procedimientos meca? nicos de reproduccio? n se han desarrollado y establecido independientemente de lo que se reproduce. Estos pasan por progresistas, y lo que no participa de ellos por reaccio- nario y provinciano. Semejante creencia es fomentada con tanto mayor empen? o cuando los superaparatos, si por cualquier motivo pierden utilidad, amenazan con convertirse en una mala inversio? n. Pero como su desarrollo afecta de forma esencial a lo que bajo el liberalismo se llamaba presentacio? n, y a la vez su propio peso aplasta al producto mismo - a l que despue? s de IOdo el aparato le es algo externo-e-, la adecuacio? n de las necesidades al aparato
tiene por consecuencia la muerte de las exigencias materiales. El celo fascinado con que se consume cada nuevo procedimiento no so? lo crea indiferencia hada lo producido, sino que tambie? n favo- rece la trasteri? a estacionaria y la idiotez calculada. Es la revalida- cio? n en nuevas para? frasis de la vieja cursileri? a como haute nou- veaute? . El progreso te? cnico responde al terco y estu? pido deseo de no adquirir nunca baraturas, de no quedar de espaldas al proceso
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de produccio? n desatado sin importar cua? l sea el sentido de lo pro- ducido. En todas partes la concurrencia, la congestio? n, las colas de espera sustituyen a toda necesidad en alguna medida racional. Ape- nas es menor la aversio? n hacia una composid o? n de cara? cter radical o demasiado moderna que la aversio? n hada una peli? cula con so? lo
tres meses en cartel, prefirie? ndose a cualquier precio la ma? s re- dente, aunque en nada se diferencie de la anterior.