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Tan pronto como se consolidó el eje neo-
occidental entre Roma y Aquisgrán, aparte de débiles protestas pro­
venientes del Este (sólo en el año 812 se dignó Bizancio reconocer
el segundo imperio occidental como magnitud y autoridad subor­
dinada: en analogía con la graduación de Diocleciano entre empe­
radores plenos, los Augustos, y emperadores suplementarios, los
Césares), y           de que se hubiera conformado un complejo te­
rritorial en suelo europeo noroccidental, cuyo dominio podría ser
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interesante para una institución teocrática, el papado -tras su recu­
peración de la «pomocracia» noble-romana del siglo X- hubo de
preparar su segundo golpe para compensar con fuerzas propias la
humillación bizantina.